martes, 21 de enero de 2014

ESCRIBIR LA VIDA. Eloy Tizón


Escribir la vida. Eloy Tizón
 

Muchos registros y maneras de contar contienen las “Técnicas de iluminación” de ELOY TIZÓN. Esa es una de sus muchas riquezas: que, en esta colección de relatos, su autor ha medido de modo paciente el cómo y el desde dónde quería acercarse a cada uno de los asuntos, con el tratamiento personal y literario que parecía corresponder en cada caso.  Es la adecuación del pintor no precipitado, que da un paso atrás y medita, sabiendo que las prisas o las expectativas propias y ajenas arruinarían, en este caso, no uno, sino diez lienzos: las diez historias en las que Tizón se embarca en estas Técnicas, que consiguen iluminar al final del camino. Bien saben los que meditan que nunca se parte de la iluminación, sino que la iluminación,  de haberla, se encuentra en todo caso al final del camino. De ahí que la visión del mundo que subyace y emerge en estas páginas proviene de un autor tan ambicioso (implacablemente exigente consigo mismo)  como humilde, al que sólo le interesa el hallazgo esforzado de la buena literatura, sin presunciones,  ruidos adjuntos,  o filigranas trilladas de escuela que recuerden a ese mismo traje de temporada demasiadas veces visto en los escaparates de ciudades tan parecidas, ese que se presenta una y otra vez como novedad. Así, en Fotosíntesis, primero de los textos, entramos suavemente en la particular mirada del escritor como obedeciendo a una invitación cordial porque él había dejado la puerta de casa abierta. Y enseguida acompañamos el caminar nómada de Robert Walser, acompasando nuestros pasos a los suyos (“Uno lleva el sendero en la sangre, nació con ello”). La verdadera vida es movimiento, se dice ahí. Y circundamos el mundo y los temas de Walser (la soledad extrema, la posibilidad/ imposibilidad de ser felices) desde la voz y la mirada poética de un narrador amigo, un admirador que también añora su ausencia y el hueco que dejó al morir. Sentimos con él la orfandad y la magnitud de una pérdida semejante, como una grieta que se abre en el suelo nevado de un camino imposible o demasiado grande para los hombres. Walser era un caminante, un Wanderer schubertiano, y también el asunto del caminar sin descanso (del perderse y del escapar sin saber si se va o se regresa, por paisajes vivos, o desolados como zonas de guerra y pesadilla) ocupa las páginas de la segunda pieza, “Merecía ser domingo”, evocación con notas surrealistas y líneas de fuga del mejor César Aira (pues también hay un Aira “malo”,  estéril o fallido) en torno a los complejos de adolescencia, a la timidez y el temor al ridículo por el modo propio de ser o de vestir. Tizón describe con viveza esa particular soledad aprendida en esos años, que tal vez nos acompaña ya para siempre. En medio de la prosa, como flores raras que son hallazgos reflexivos y verbales, emergen esas consideraciones que parecen confesiones personales en el oído del lector: “Y yo ya no puedo retroceder en el tiempo para defenderme y decirles que no, que yo no era tan impresentable, os lo juro (…) Busco una cabina de teléfono con línea directa al pasado. Si levanto el auricular, escucharé hablar en latín”. En esa inquietante región de la desemejanza, algunos lugares parecen manifestarse con signo cambiado: un bosque en el que los árboles se hayan vuelto, para los protagonistas en fuga, barrotes de jaula. Uno de los grandes cuentos es, sin duda, Ciudad dormitorio, con esa chica sola en un tren de cercanías yendo y regresando de su trabajo. Parece atravesar, de paso, las entrañas mismas de la propia ciudad y sus suburbios de droga, violencia y sueños que vienen demasiados grandes. En medio de la seriedad de la historia (el misterio sobre lo que ocurrió en un centro comercial que ve cada día a lo lejos, y en el que ella trabajó), desliza Tizón un humor landeriano: “La megafonía del tren estaba mal sincronizada, por lo que anunciaba a destiempo nombres de estaciones que ya habíamos dejado atrás, otras que correspondían a una línea distinta, o bien anticipaba con énfasis la llegada de destinos inexistentes, con nombres que parecían inventados por humoristas: Surtidor, Limonares, República”. Hay una “mirada social” en este relato de Tizón, una capacidad, a pie de calle, para saber qué tipo de personas pueden habitar calles y vagones de metro a ciertas horas, sus usos y sus costumbres, sus destinos arrastrados como pesadas cargas. Nos conmueve la soledad extrema del desdichado señor Toler, asomándonos a una insignificante tarde de domingo en su domicilio: “limpiando con un trapito húmedo el mando a distancia del televisor”. Y junto a esa percepción fina de la realidad, se superpone con frecuencia una hiperpercepción expresada en raras imágenes al otro lado de la ventanilla: masas de bosques de “violenta espuma verde” donde encontramos verosímil que los árboles hiervan o eructen pájaros. En el purgatorio urbano del mundo, resulta coherente la firme convicción de su protagonista: “Cuando nosotras nacimos, todo el amor del planeta se había gastado ya. Liquidado. Exhausto. Exprimido (…) El poco amor que quedaba estaba dicho en los libros, en las películas, en los telefilmes…” Y si se habla aquí de realidad e hiperrealidad funcionando juntas sin descarrilamientos, habría que atender a todo lo que surge y crece dentro de las narraciones de Eloy Tizón: el despliegue de las ocurrencias desborda y revienta las costuras del texto escueto o de su lograda técnica. Es entonces cuando, además de hacer literatura, el libro entero proclama vida literaria. El misterio de la trama puede quedar esbozado, difuminado, sugerido, como pendiente de resolución, porque el despliegue (el trayecto por el que Tizón nos ha conducido) era ya suficiente premio y narración poderosa. Otra gran pieza es “La calidad del aire”, con el deseo de perderse y desprenderse de todo de su protagonista, tras abandonar una fiesta en la que hubo un incidente (sólo apuntado) del que salió con los nudillos rojos y doloridos. Su deriva por la ciudad nos conduce a reflexionar acerca de la precariedad y la insignificancia del ser humano una vez que pierde sus objetos y posesiones. Tanto en Los horarios cambiados como en Manchas solares reflexiona el autor con lucidez sobre las incomprensiones de pareja, aunque de un modo bien distinto: en el primer caso aborda más bien el asunto del hastío de pareja una vez que todo parece dicho y hecho y todas las manías y rutinas confluyen en un insufrible conocimiento mutuo que suma cero: el “agotamiento de los actores en su décima toma”, agrediéndose verbalmente de continuo en discusiones estériles. Este relato propicia fértiles hallazgos descriptivos y enumerativos. En el segundo, en Manchas solares, nos coloca ante el estupor del marido abandonado que encuentra una nota de despedida de su pareja. Se trata ahora de cómo rehacer la vida, una vez que ésta nos sitúa de repente, sin avisos previos, en una posición en la que nos sentimos ridículos (y Tizón sabe explorar también la parte cómica del asunto). Es el no entender nada y tener que salir adelante, es también la puesta a prueba de convicciones y estatus que creíamos inamovibles. Hermoso y doloroso el choque entre expectativas y realidad en Volver a Oz. Un abismo que también está presente en la mujer trastornada (o lo que queda de ella tras ser fagocitada por una poderosa galerista de arte) de El cielo en casa. Difícil quedarse con un relato, digamos como “favorito”, pero a mí me arrastró, por encima de todas, esa evocación -que tanto tiene de despedida de un tiempo y de un modo de vida- llamada Alrededor de la boda. Gran cuento, tan humorístico como conmovedor y triste (y rebosante de fuerza expresiva) en el que se narra el viaje de tres amigos para la boda en provincias de una alocada compañera de universidad. Pocas veces se habrá enunciado de forma tan lúcida la frontera o el paso definitivo a una nueva vida, la ilusión y la preocupación por un nuevo estado de cosas en gran parte incontrolable: “Dio unos pasos para irse, pero al momento cambió de idea y volvió, porque casarse era, podía ser, un lugar oscuro e intimidante, sin traducción simultánea, un vértigo o una caída, algo incomprensible como esa silla de ahí, no, mejor como aquella otra”. También ese “nosotros”, esa voz coral que desglosa esta historia, parece estar disfrutando de una alegría, un amor y una última luz inmerecida (“de un lila suave, casi alienígena”) antes de ingresar en la seriedad de lo que vendrá en el futuro: esa vida absolutamente complicada de Manchas solares o Nautilus (con su desolado científico Almeyda y la pérdida de un hijo), la edad madura donde las lecciones apenas se aprenden o sirven de utilidad, porque todo se resume en una especie de valeroso “acto de fe” exclusivamente humano y en una improvisación, un ir “tocando de oído” mientras se vive.

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Autores de los que me ocupé en la Revista "Quimera" entre 2001 y 2006

  • Álvaro Pombo, W. G. Sebald, Günter Grass, Paul Theroux, A.S. Byatt, David Leavitt, Marcos Giralt, Martin Amis, Ian McEwan

Colaboraciones con "Nueva Revista" 2001-2002

  • Traducción del alemán del artículo de Richard Herzinger El consumo como meta (Endziel Konsum, Die Zeit, 2-11-00) que en Nueva Revista aparece como La americanización del globo, pp. 47-55 (mayo-junio 2001)
  • Traducción del alemán del discurso anual berlinés (Berliner Rede) del presidente alemán Johannes Rau, dedicado a los límites de la biopolítica, que tiene por título ¿Irá todo bien? Por un progreso a escala humana. (Wird alles gut? Für einen Fortschrift nach menschlichem Mass). Nueva Revista, pp. 46-64 (julio-agosto 2001)
  • Artículo publicado en la sección Literatura, titulado: Álvaro Pombo: la exaltación y el Reino. pp. 131-137 (Sep-Oct. 2001)
  • Traducción del alemán del relato de E.T.A Hoffmann titulado Haimatochare. Nueva Revista, pp. 158-171 (julio-agosto 2002)

Colaboración en Revista de Occidente (Oct. 2007)

  • Artículo titulado "Lo que el corazón lleva", acerca de la novela de Luis Mateo Díez "La piedra en el corazón"(Galaxia Gutemberg, Círculo de lectores. Barcelona, 2006)