lunes, 30 de diciembre de 2013

MANERAS DE DESCRIBIR A UN AUTOR

MANERAS DE DESCRIBIR A UN AUTOR: Le debo al escritor alemán Clemens Meyer el soplo sobre un compatriota suyo, novelista y "relatista" al que yo ni siquiera conocía: JÖRG FAUSER, que falleció en Múnich, atropellado por un camión, con tan solo 43 años (1944-1987). Aproveché mi último viaje a Berlín para hacerme con algunos de sus interesantes libros. No voy a hablar ahora de ellos, de su radicalidad y su dureza, sino de la curiosa manera en la que el prologuista de sus relatos (el escritor Helmut Krausser) describe a Fauser, al narrar un viejo primer encuentro con él en el bar cercano a una librería: "Fauser sah auf den ersten Blick aus wie ein Bankangestellter, das stimmt, aber auf den zweiten Blick sah er aus wie ein Bankangestellter, der abends ins Casino geht, und auf den dritten Blick ging er abends ins Casino mit dem Geld seiner Bank" (Fauser, a primera vista, tenía el aspecto de un empleado de banco. Es cierto, pero en un segundo vistazo parecía un empleado de banco que va al casino al caer la tarde. Y en un tercer vistazo iba por la tarde al casino con el dinero de su banco".
 

lunes, 16 de diciembre de 2013

El "Agua dura" de Sergi Bellver


El Agua dura de Sergi Bellver

(Agua dura. Ediciones del Viento, 2013)
No tarda mucho el lector en percibir la prosa de largo aliento y las imágenes potentes de Sergi Bellver en esta colección de doce relatos que lleva por título Agua dura. Basta la imagen de una mujer hermosa que ve aproximarse una tormenta en un páramo, o la descripción del automóvil en mal estado en el viajan (huyen) sus dos protagonistas (en “Propiedad privada”) para ponernos sobre aviso de que aquí se trata de contar buenas historias y de impresionar/sorprender a quien haya apostado por leerlas. “Entre el paraguas y el vestido, negros los dos, la piel de Diana se ilumina como un milagro (…) Es un coche viejo. Grande, rojo y tan viejo que el óxido y la pintura se confunden como sangre fresca sobre sangre seca”. Es San Lorenzo, o la búsqueda de San Lorenzo. Es un territorio perdido de sierras y desierto y esos dos hermanos (¿en fuga? –aún no sabemos-) recuerdan modernos jinetes de Rulfo, ahora motorizados, pero que tal vez compartan la misma desesperación de aquellos que cruzaban otras tierras o recibían unas que eran estafa o puro pedregal. El paisaje impresiona en su carencia y el propio cuerpo de la chica que hace castings publicitarios será lugar de cobijo para una instantánea rana que salta hacia la ventanilla y se posa en su pierna. Más tarde será territorio breve para el beso de otra mujer o para la lluvia obstinada que cala vestidos y huesos. Se adivina una herencia de una madre que no los quiso, una finca con caserón medio abandonado de la que él guarda borroso recuerdo de niño… Emergen a lo largo de este primer relato figuras amenazantes que son señales que inquietan: esa loba que se cruza en la carretera, animales agonizantes, extraños visitantes que invaden la propiedad en mitad de la noche para hacer fiestas, o un fanático religioso alcoholizado que, al encontrarlo en la puerta, “pareciera haber estado esperándole desde siempre, ahí, impasible como un juez bíblico”. La pálida belleza de Diana, su desnudez desinhibida, asoma como el único contrapunto hermoso frente a ese paisaje de muertos y desolación que la figura materna parece haberles legado. A ese precipicio nos asoma Bellver como si fuera un mero mirador, con el solo apunte, dejando en el aire, o sólo enunciados, elementos concretos, porque quizá, lejos de la concreción o el fácil psicoanálisis de padres ausentes al que la historia podría remitir, prefiere que percibamos la pura orfandad, la soledad extrema, la quiebra y la huida de esta pareja de hermanos para los que no parece haber reposo o buena tierra sobre la que les sea posible habitar. Bellver, como sus “héroes”, es sólo un nómada al que sólo le cabe por equipaje la sobriedad narrativa, pues ni adorna, ni edulcora, ni cree en un mundo edulcorado. Sabe que el hielo puede quebrarse bajo nuestro peso y que ese es el estado del hombre en el mundo. Así sabe mostrarlo “El nudo de Koen”, esa historia de los dos duplicados hermanos Koen: uno de ellos, un prometedor y exacto hermano, fallecido diez años atrás, ahogado en un canal, un Wunderkind, un niño prodigio, el preferido de sus padres. La casa ya vuelta sólo mausoleo en su memoria, injusticia permanente con el hermano vivo, siempre medido y comparado. Bellver nos habla de la imposibilidad de estar a la altura, del dolor de no ser más que una réplica. “Me recuerdan que soy un segundo intento y yo no quiero ser tú”. De nuevo la ausencia de hogar propio, de nuevo la negación de un lugar estable en el mundo. El relato tiene el aire espejeante de una buena parábola borgiana, donde también la orfandad está presente y ese no haber casa posible. Que lo más inhumano lo perpetre un ser humano, es también el núcleo central de “Los ojos de Sarah”, de ahí la pertinencia de la cita inicial de “El corazón de las tinieblas” que Bellver selecciona. Ahora estamos en Sâo Paulo a bordo de un Volkswagen escarabajo, donde Sarah y Abel (él, de niño, un superviviente de los campos, un conejillo de Indias que pudo salir adelante como un animal herido) van a la búsqueda del nazi Mengele. Celebrar el Estado de Israel se hace difícil cuando hay tanto por llorar: “lloraban a los muertos que no podrían ver la Tierra Prometida. Lloraban también a mis padres y hermanos, cuyos rostros a duras penas conseguía ya entonces recordar”. La belleza femenina, esta vez la de Sarah, es de nuevo una isla, lo único admirable en este paisaje de bestias, pagos y venganzas imposibles, fantasmas que escapan y aún parecen burlarse de nosotros. Hermosa Sarah bajo el diluvio mientras va ovillada y descalza en el asiento del copiloto y hermosa cada mañana al levantarse: “Cuando ella despierta, sabes que la Tierra gira porque Sarah lo ha decidido así durante su viaje, y que ha regresado dispuesta a ello -siempre se levanta como si brotara de una burbuja- a una tarea que no puede aplazarse ni un minuto más”. Hay en este libro otros relatos más “ligeros” que se enredan con el puro divertimento o con mostrar la pincelada de un signo de los tiempos. Puro divertimento experimental hay en “La muerte de Edmund Blackadder”, un cuento-hipótesis narrado desde la crónica futura de un periódico alemán en 2014: un atentado islamista con la noria del London Eye rodando a sus anchas por la ciudad para matar entre otros al intérprete de Mr. Bean en plenos Juegos Olímpicos. Relatos “signo de los tiempos” serían “Banana Dream” (invasión de museos a cargo de un pintoresco comando), “Deseo de ser Dimitri” (ambientado en la Atenas de las protestas sociales contra un modelo de mundo y su lenguaje perverso) y “La manada” (que sabe hablarnos de la precariedad contemporánea –y de nuevo de la falta de hogar propio- a través de ese portero de inmueble, Cervera). Más insustancial me parece “Señales de vida”, pero potente y bien definido resulta “Pájaros que llegan a Moscú”, historia de la forja de un matón, con el recuerdo difuso de una tal Irina, que nos narra un testimonio de supervivencia en la capital rusa y la búsqueda de calor y de un lugar en el mundo, tema bellveriano donde los haya. En su desarrollo, curiosas apreciaciones como esta retienen la atención del lector: “Así van a la deriva los moscovitas (…) les arrastra alguna otra cosa, se pierden en algo más grande, se olvidan de que una vez fueron bosque y ahora son poco más que un ejército de árboles muertos en retirada”. Y a veces no es sólo la soledad extrema, la falta de casa o de lugar, el límite del padecimiento, puede que incluso se lancen a arrebatarte lo poco que tienes o tuviste: una casa desvencijada y la vieja furgoneta de la que fue tu madre (así son las herencias posibles en el mundo bellveriano). Es el caso de un cuento intenso como “En la boca del otro”, donde se narra con viveza la destrucción, la lucha por la vida hasta el agotamiento extremo, literalmente hasta la última fuerza o gota de sangre, contra un jabalí rabioso o contra los semejantes, vecinos de región, que vienen a ser lo mismo, al fin y al cabo manada, del mismo modo cegados en su brutalidad. Interesante el duelo de culturistas, también hasta la extenuación, del relato “Mala hierba”. Pero para mí, el texto entre los textos de esta colección es la pieza final: “Islandia”, gran y evocador cuento que surge del triste viaje de un hombre (pescadero en Madrid) para recoger las cenizas de su hermano, perdido desde hace años en Reikiavik. Elige bien Bellver este lugar gélido para volver a desgranar incomunicaciones, familias escurridizas y fratrías imposibles. Incluso el lenguaje extranjero es impedimento en esta travesía donde los ojos de los otros “le desafían con el brillo de la grava cuando se moja”. Cartas durante años sin abrir que ahora despliegan confianza y señales asombradas de maravillas del paisaje, que llegan demasiado tarde, “cuánta vida, hermano”. Porque el agua dura -nos advierte Sergi Bellver- es “metáfora oscura”, un líquido que corroe todo a su paso, que obstruye las cañerías e impide que las cosas y los sentimientos puedan fluir. La felicidad se perfila entre estos hielos como una breve posesión, una percepción buscada que vuelve a escaparse o que demasiado pronto termina. Y, sin embargo, parece sugerir el autor, merece la pena ser libre e intentarlo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

En el "Bulevar" de Javier Sáez de Ibarra

De regreso ya en Madrid tras una breve escapada de unos pocos días en Berlín, fui ayer por la tarde/noche a la presentación de la colección de relatos "Bulevar", de Javier Sáez de Ibarra, publicados en Editorial Páginas de Espuma, y presentados en la madrileña librería Cervantes y compañía. Cuando dos autores se conocen tan bien como Miguel Ángel Muñoz (presentador) y el propio Javier, la conversación fluye sin más, cercana, alegre, sin necesidad de sujetarse a apuntes o guiones prefabricados. Se habló de la "prehistoria" y larga gestación de este libro. Y también del realismo, de sus límites y ampliaciones. Sáez de Ibarra es un autor que no se conforma con contar de oficio una historia, quiere llegar a algún tipo de verdad agazapada en alguna capa o recoveco del alma humana, por eso se exige como pocos antes de dar por buena una obra. De todo esto se habló ayer, y ahora seguro nos hablará a todos el propio "Bulevar".
 
 
 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Berlín, diciembre y el pasado

El intento de reparación del pasado por parte de los alemanes no se quedó en aquel célebre arrodillarse de Willy Brandt. Años y años de culpa arrastrada y arrepentimiento. Estos mismos días/noches (a las cuatro ya no hay luz natural) me encuentro en el frío Berlín con ese otro hermoso gesto delante de la Puerta de Brandenburgo. Como decía Günter Grass al final de su novela "Im Krebsgang": "Das hört nicht auf. Nie hört das auf" (Esto no termina. Nunca se termina).

martes, 29 de octubre de 2013

Las "Pequeñas biografías por encargo" de JAVIER MORALES ORTIZ


 
 
Pequeñas biografías por encargo

JAVIER MORALES ORTIZ

Huerga y  Fierro editores. Madrid, 2013

 

Sigo la pista de Javier Morales Ortiz  (o mejor: la de sus libros y la de su manera de narrar) desde que leí su breve colección de relatos “Lisboa”, impresionado por los destellos y  atmósferas que era capaz de lograr en unos y otros lugares de aquellos cinco textos, valiéndose de una técnica directa y austera donde la sinceridad y la cercanía del narrador también nos ganaban, tanto por lo que contaba como por lo que dejaba apuntado y sólo sugerido en beneficio del lector. Porque Javier Morales (Plasencia, 1968) no es escritor de dejar los asuntos cerrados y con moraleja de fábrica o taller, sino un tipo que está en el mundo y al que le gusta relatarnos la complejidad y ambigüedad de la propia vida y de las relaciones personales: el calor de una pareja apasionada, pero también el frío insufrible y cotidiano que rebosa en el alma de quienes ya no se entienden o cuyos proyectos de vida común quebraron y dieron lugar a rupturas, o a rutinas que se sobrellevan. Vuelve a acertar ahora en esta novela que lleva por título “Pequeñas biografías por encargo”, donde no sólo es fiel a lo mejor de sus anteriores escritos, sino que crece, toma altura e incluso juega al despiste con el lector, cambiado de registro según los tramos, y presentando su historia, la historia del protagonista, Samuel, a partir de tres momentos concretos de su vida: 1999, 1982 y 2010. Ese tríptico permite ver al final el sentido del conjunto, al recomponer su personaje atendiendo a su origen (humilde, gente esforzada de campo)  y a lo que finalmente ha llegado a ser. La anécdota inicial (ese inverosímil/verosímil Samuel, periodista con un don para redactar biografías, que recibe, en la primavera de 1999, el encargo de seguir los pasos de David Blount, un ciudadano británico afincado desde su juventud en un pueblo extremeño) tiñe la narración de un logrado aire detectivesco, que en el caso de Morales se vuelve todo un homenaje a un  género que admira. La misión se la encomienda un caro bufete de abogados madrileño. El Madrid contemporáneo, ruidoso, crispado, caótico pero amado al tiempo, nos lo entrega el autor con las notas de quien de veras lo conoce. Es el espacio elegido por Samuel para vivir, el espacio que afirma, incluso ahora que vive el distanciamiento personal y geográfico de su pareja, Sonia, cooperante internacional, que en estos momentos se encuentra en Perú. Inverosímil, nos damos cuenta, “poder mantenerse gracias a perfiles biográficos”, pero la buena inverosimilitud la abraza uno pronto cuando funciona, como es el caso. Como en los relatos de “Lisboa”, también aquí Morales se muestra, en principio, directo, ágil y veloz. Este es sólo un registro: nos encontraremos también un escritor con gusto en demorarse y detallar en esa parte troncal del libro dedicada al verano de 1982, donde alcanza un aire landeriano a través de esas figuras humildes y repletas de afán que eran los padres de Samuel en la plantación y secadero de tabaco, donde el hijo y sus hermanos dejaron también parte de su infancia y adolescencia). El perfil del británico Blount (solitario y hermético, un científico brillante que devino fanático de la agricultura ecológica) se va acrecentando con la acumulación de testimonios de los que lo conocieron en La Comarca: desde la Guardia Civil a los miembros de la cooperativa, alguna antigua amante, o esa profesora bien trazada y de increíble nombre, Luz Verde, que ahora reside en Portugal. La reacción del científico Blount contra las trampas de un mundo tecnologizado y con frecuencia inhumano, no lo lleva por los derroteros  de un personaje reciente de Piglia (esa especie de terrorista Unabomber que aparece en “El camino de Ida”) sino más bien hacia la figura del eremita, “habitual de los caminos”, el hombre reservado en el que “había una puerta que nunca podías traspasar”, pero, a la vez, es el insumiso, el comprometido con su comunidad y sensible a los problemas de su región, entre ellos la despoblación del mundo rural, la “paulatina degradación de La Comarca”. Morales sabe dar las notas de un mundo muy español y rabiosamente contemporáneo, en el que los alcaldes pueden ser promotores inmobiliarios de campos de golf, chalets y hoteles construidos en reservas naturales. La certera descripción del alcalde no deja lugar a dudas: “Bardón es un hombre atildado, con destellos horteras, alto, fondón y mirada herrumbrosa. El pelo esmaltado, la pose enhiesta”.  Parece que lo hemos visto, o que acabaremos viéndolo, en la crónica de tribunales de un telediario en el apartado habitual de corruptos contemporáneos. La identidad personal, las raíces propias, quedan, para el autor, tremendamente ligadas al paisaje, al lugar sagrado que se debería respetar: el “vínculo con la tierra”. El huraño Blount no carecía de su lado humano y sociable. Un testimonio, que escucha nuestro “detective”, lo prueba: “Otras veces me acompañaba a carear el ganado. Cuando hacía buen tiempo, por la noche nos sentábamos a contemplar las estrellas, con un poco de queso de cabra y una botella de vino. Me hacía compañía porque aquí arriba uno se siente muy solo, sobre todo cuando hay tormentas”. El Blount opaco, que no malgasta palabras, cobra a veces el aspecto del profeta visionario que nos advierte de la necesidad de un cambio urgente, planetario, de nuestro modelo de vida.

            Nos gana desde el inicio Samuel, el protagonista, el biógrafo, el investigador: es sereno, escucha bien, es bienhumorado y con los pies en la tierra. Una tierra a la que respeta tanto como para deslumbrarnos con la segunda parte de este libro, esa fascinante exploración de las raíces propias (sus progenitores y la labor del campo) que es el “SEGUNDO MOMENTO. Verano de 1982” y que siendo el núcleo y el fuste de este libro, podría funcionar también, y sin perder brillo, como texto autónomo, como un relato largo que se cierra sobre sí mismo dejando atónito al lector por su autenticidad y su potencia (incluido su explosivo final, que Morales deja caer sin tremendismos, como una nota más de la partitura). El escritor salta atrás, a aquellos años infantiles y adolescentes, de Renaults 8 y Seats 131. Nos lleva a la plantación de tabaco en la que toda su familia se deja la vida mientras los demás niños disfrutaban de vacaciones y novietas, o conocían el mar y las piscinas. Nos regala la perplejidad del niño que fue, su mirada hacia las gentes sacrificadas del campo en una espléndida recreación de época. Sabe describirnos la insatisfacción en los ojos azules del capataz Julian Kreutzer, las mujeres en torno a un fogón, o los azulejos ribeteados con mosaicos de una cantina perdida en medio de la nada, mientras –se dice- “la adolescencia se quema en aquellas tierras de labranza que ni siquiera son vuestras”. Hay un poderoso “tú” con el que el narrador se dirige al niño que fue, desde la distancia, como si quisiera desde tan lejos interpelarlo para comprenderse, en lo que fue, en lo que aprendió, en las oportunidades que no tuvo y que quedaban aplazadas en un difuso y desesperante “Habrá tiempo”, conocerse en el niño lector de biografías que terminaría escribiéndolas también. Hay mucho de purificación personal en esta parte del libro. Samuel nos resulta ahí conmovedor como nos suena tan cercano en el Madrid de su buhardilla mientras sabemos de su distanciamiento de Sonia o del buen detalle de su vida de amistades y noviazgos, sus discusiones de pareja “pseudoideológicas, que sólo escondían nuestro fracaso emocional”. Es un hombre práctico que nos hace a menudo reír: “Estaba dispuesto a sacrificar a muchos de los ídolos de la tribu capitalista, excepto el coche”. A veces bordea las paradojas de la revolución y los supuestos revolucionarios en una óptica cercana a la del mexicano (reconvertido madrileño) Federico Guzmán. Así, nos dice Morales de un personaje: “Entonces tenía veinte o veinticinco años y mientras empuñaba el fusil se prometió que si la revolución no llegaba antes de que cumpliera los treinta, se haría rico, como de hecho ocurrió”. Un gran salto adelante nos conduce a 2010, a Barcelona, a una tal Judith, muchos años después de aquella inicial Sonia. Los padres de Samuel ya fallecidos (a los que el narrador homenajea como gente sencilla capaz de haber fundado “una familia humilde, pero no vulgar”). Es invierno también en la relación con Judith, ambos adoradores de un hijo en común, pero agotados de su propia convivencia, “apenas compañeros de piso mal avenidos”, “tierra quemada”, tanto, que habrá un imposible y fantasmal regreso a Isla, al lugar de la infancia, donde reaparecerá el espectro de una antigua amante. El recuerdo de los últimos días del padre en un hospital de Madrid llena los últimos compases de la obra de compasión: “Francisco está ingresado en una habitación con vistas al Parque del Oeste, en Madrid. Al otro lado de la ventana, un sol invernal invita a salir, a dejarse acariciar por una luz suave y discreta, inalcanzable ya para él”. El cuidado del enfermo en las últimas horas de vida, la impotencia con la que abordar esa tarea, propicia la lucidez extrema del protagonista. El infierno -comprende- tal vez no era un decorado de fuego sino la desoladora sala de una unidad de cuidados intensivos.

Y puede que aún reste un regreso imposible a la tierra de la infancia, al espacio de la plantación, al amor de juventud encarnado en Virginia o en lo que hoy en día ha llegado a ser. Morales lo propone de modo brillante. A veces uno consigue convocar a los fantasmas y puede incluso que ellos nos golpeen en plena cara como intrusos.

martes, 22 de octubre de 2013

El futuro de la novela

Cansado de quienes dan la extrema unción a la novela desde hace decenios con la seriedad y el luto del sacerdote. Cansado de quienes se dicen cansados de la ficción. Las malas novelas nacieron muertas, las grandes novelas explotan de vida ante los ojos del lector, se publicasen ayer o hace unos cuantos siglos. Comunican inteligencia, talento y vida. Son, como dirían los alemanes (en el contexto de la salud de los niños) "gesund, lebendig und munter" (saludables, vivas y despiertas).

miércoles, 9 de octubre de 2013

Maneras de decir

Uno de los disfrutes de un crítico de literatura hispanoamericana, más allá del gusto por unas u otras novelas o relatos, es el descubrimiento y redescubrimiento de otras maneras de hablar nuestra propia lengua. Esta semana, por ejemplo (en la nueva novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez, "Las reputaciones" (Alfaguara), que se pondrá en unos días a la venta) leo, y vuelvo a sorprenderme: "Era un tipo grande, su papá, un tipo ACUERPADO (...) pasando DE AGACHE por una puerta bajita".

viernes, 4 de octubre de 2013

De la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto

Con Patricia Ratto y Fabián Lebenglik (dcha.) al comienzo del acto
Unas imágenes de la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto, que llegó desde Argentina con el equipo de Adriana Hidalgo Editora y que continuará viaje hacia Frankfurt y Colonia. Un público participativo, que había leído el libro a conciencia, hizo que el acto fuese de verdad un diálogo entre todos en el que fuimos dando vueltas a los temas y modos de interpretar el libro. Rendimos nuestro pequeño homenaje a aquella joven tripulación de submarino (protagonista de la obra) arrojada inútilmente al infierno de las Malvinas.




El acto tuvo lugar en la librería Tipos Infames, de Madrid (2 de Oct. 2013)
 



miércoles, 25 de septiembre de 2013

Del último Ricardo Piglia

Así describe PIGLIA en El camino de Ida a una chica joven (Nancy Culler), de pelo azul, piercings, tatuaje japonés en el cuello y falda corta, estudiante de literatura comparada, a la que el cincuentón profesor protagonista lleva en su coche en un momento de la narración: "Hablaba así, corto y epigramático, como si escribiera grafitis en la pared de la mente (...) Era una chica moderna, hablaba con bloques de palabras, no con frases (...) Tenía algo de chica cyberpunk, de niña hacker".

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Presentación de "Allende en el recuerdo", de Óscar Soto

Con Óscar Soto (Fotografía de Antonio Calabuig)
 Hoy se cumplen 40 años de uno de los momentos más salvajes y terribles del pasado siglo XX: el bombardeo del Palacio de la Moneda donde pereció el presidente legítimo de Chile, Salvador Allende, y, por muchos años, la posibilidad de democracia y libertad para ese país americano y tal vez para todo el continente sur. Los verdugos: el general Augusto Pinochet al mando del ejército golpista (con el apoyo de años de la política Nixon-Kissinger-CIA-Democracia Cristiana chilena al servicio de la extrema derecha, etc.) Las víctimas, torturados, desaparecidos, exiliados... realmente incontables. Ayer presentamos en la madrileña librería Rafael Alberti "Allende en el recuerdo", un libro fundamental, evocador y riguroso del Dr. Óscar Soto, médico personal de Allende, que convivió con el presidente a lo largo de cuatro años y combatió hasta el último momento en La Moneda. Hace unos años publicó el ya célebre "El último día de Salvador Allende". La librería estaba abarrotada, los libros se agotaron, la conversación pausada y emocionada con Óscar Soto llenó el espacio de datos y anécdotas. Participó también el editor, Ramiro Domínguez (Silex ediciones), pero, lamentablemente, no dispongo de su fotografía. Estas que adjunto son del final del acto.
(Fotografía tomada por Antonio Calabuig)

Allende en el recuerdo. Silex ediciones

miércoles, 14 de agosto de 2013

Mañana los amores serán rocas. Isabel Cienfuegos

 
 
 
Tres de los seis relatos que componen el libro de Isabel Cienfuegos "Mañana los amores serán rocas" (Ed. Cuadernos del Vigía, 2012),  me han interesado mucho en estos días del verano de 2013.  De esa primera estampa titulada "Ratas", su lenguaje directo y sin adornos, el buen ojo de quien sabe estar a pie de calle para detallar la vida precaria en la que se mueve el biólogo protagonista, recién licenciado, que firma un primer contrato (beca de investigación) igualmente insegura e inestable. Siguiendo las anotaciones de su diario, la voz joven del becario acota el campo de lo que le está permitido esperar: sus amistades, sus lugares y citas posibles, la penuria económica, esa verosímil novia okupa ataviada con piercings y grandes botas... La experiencia caótica del laboratorio corre en paralelo con la vida desquiciada que la actual España puede brindarle. "Mañana los amores serán rocas" (cuarto relato, que da título al conjunto) es un cuento medido, poético e impactante acerca del final de la infancia para dos hermanas, entre el infierno de las discusiones paternas y la disolución de los que fueron objetos y rutinas protectoras. Nos sitúa justo en un límite, en una certeza expresada en la página 39, allá donde ya "No se puede retroceder. A nuestras espaldas hay salvajes. La vida no vale nada para ellos". El descubrimiento del amor y la sexualidad coincide con el adiós a un mundo encantado y autosuficiente, como esa naturaleza acogedora que rodea la casa y se vuelve repentinamente desafiante. Por último, el texto "Tan fácil", parece casi una pincelada, un apunte breve, en el que nos permite asomarnos, a propósito de la noticia de la muerte de un viejo amigo, a la evocación del viaje de un grupo de médicos a Agadir tiempo atrás. Isabel Cienfuegos se ocupa de que el exotismo y el erotismo invadan al lector desde la desnudez de Helena bajo un vestido ligero y holgado en una oscura tienda de alfombras y los efectos que su belleza y cercanía causan en el narrador. No me han interesado especialmente el micro titulado Adiós, esa breve sentencia que es Pigmalión, o ese cuento de aire kipliniano de viejos lobos y cacerías llamado Ceremonial. Pero las tres piezas destacadas arriba, con su intensidad y su inteligente enfoque narrativo, merecen ya el recorrido por el mundo de esta narradora madrileña.

sábado, 3 de agosto de 2013

Maneras de decir (II)

De verdad que hay que ser un autor cubano para no hablar de un coche aparcado sino de un "carro parqueado". De verdad que hay que ser un autor cubano -como Leonardo Padura- para describir a alguien diciendo que era "flaco como vara de tumbar gatos".

jueves, 1 de agosto de 2013

Maneras de decir

Me encanta la manera natural y llena de gracia como dos cubanos pueden llegar a saludarse sin que nadie se ofenda. Leo en la que será la nueva novela de Leonardo Padura: "Coño, man, tienes tremenda cara de mierda".