miércoles, 15 de abril de 2009

Desarraigarse es fácil


Estampa antigua de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia

Sólidas raíces. Tener o echar sólidas raíces. Eso debería esperarse de uno, formar parte de una identidad fuera de dudas. Tarde de viento, lluvia y frío en la Playa de la Malvarrosa hace sólo unos días, estos días atrás de Semana Santa. Allí, el comentario de una persona cercana teñido de extrañeza: "¿Pero cómo? Todos estos años he pensado que eras valenciano. Qué decepción. Así que naciste en Madrid". Me veo y siento absurdo en el acto de justificarme, defendiendo una supuesta "valencianidad" básica, un origen, apelando a mi abuelo y padre, ambos como yo Ernestos Calabuig. Mi abuelo, de Xativa, toda mi familia valenciana por parte de padre, allí mismo, habitantes de aquellas tierras desde hace siglos, seres reales, contemporáneos al alcance de la mano, personas de carne y hueso a las que se puede visitar, vivos y difuntos, el recuerdo de tantos veraneos incesantes y semanas santas de mi infancia en aquel apartamento de Cullera... ¿Y qué? ¿Cuánto suman? Yo ya nací en Madrid, soy gato, castizo, efecto de una deriva, consecuencia del traslado de mi abuelo desde la Telefónica de Valencia a la de Madrid en tiempos de posguerra franquista. Dejé de oír el valenciano con continuidad cuando mi abuelo falleció, yo tenía unos diez años. El valenciano es ahora sólo un sonsonete familiar, querido, una lengua-souvenir que yo no hablo, de la que sólo he retenido algunas expresiones y palabras, y que sólo la buena memoria o mi buen oído me permiten imitar. Uno puede imaginar y evocar generaciones consecutivas de valencianos de interior, familiares míos que tal vez hasta "perchaban" en la Albufera y encontraban dificultoso "parlar castellà", pero el comentario del otro día en plena Malvarrosa me vuelve consciente de mi desarraigo y de la perplejidad, el vértigo, de que basten una o dos generaciones y un cierto grado de azar para soltar amarras y ser, por completo, otro.

5 comentarios:

  1. Mi querido amigo: en estos días 'santos' regresé a mi pueblo, Sotillo de la Adrada, en la provincia de Ávila (aunque mucho más cerca de Madrid que de la ciudad amurallada). Por diversas historias familiares, no voy mucho. Pero este fin de semana traté de encontrar eso que tú llamas "sólidas raíces", revisé historia personal, recorrí calles antiguas, recordé viejas escenas... En realidad, ahora que me siento -más que nunca- ciudadana del mundo me encontré bien en este lugar en el que nací (pero únicamente viví mis primeros siete meses), no sé decir si encontré un mayor arraigo o no, pero sí tuve claro que, para continuar adelante, para elegir o recorrer otros caminos vitales, había que retroceder hasta el origen. Aunque sólo fuera por un día...

    Bueno, perdón por esta verborrea. Sólo quería decirte que tu entrada de hoy me emocionó mucho, trata de temas muy cercanos para mí, eso de sentirse o no parte de un lugar aunque no 'se sea' de ahí... Te mando un beso muy grande

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  2. Hay paisajes que pasan a formar parte de uno, como una impronta genética, y uno se reconoce en ellos, aunque esté lejos. Te acompañan, te consuelan, te fortalecen. Son las raíces. Luego están los fanáticos que convierten esas raíces en un arma. Por eso quizá, hasta cierto punto, está bien desarraigarse...

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  3. Gracias, María. Tienes razón. Supongo que perder unas raíces es, además, ganar otras. Y que las antiguas conforman ese paisaje de fondo que, como tú dices, aunque lejano, siempre "acompaña, consuela, fortalece". Un beso.

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  4. Hola,
    nos alegra mucho poder leer lo que escribes tanto en el blog (como ves los blogs sirven además de para ordenar ideas para muchas otras cosas) como en tu libro (que nos trae muchos recuerdos).
    Besos de tus primos desde Guanajuato (México).

    Raquel y Jose

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  5. Queridos primos Raquel y Jose Manuel, me habeis dado una gran alegría con esta aparición sorpresa en el blog. Aunque ya me habían contado que os gustó "Un mortal sin pirueta". Os recuerdo con todo el cariño. Un abrazo muy fuerte. Ernesto.

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