martes, 14 de septiembre de 2010

Venecia y el último Ishiguro


Hablar de "sutileza" o de "elegancia" para referirnos al modo de escribir de Kazuo Ishiguro es casi un lugar común. Quien leyera su célebre "The Remains of the Day" (o viera en su día la espléndida película a la que dio lugar, "Lo que queda del día") sabe hasta qué punto es Ishiguro un maestro del decir y del mostrar, del limitarse a asomarnos a la vida de unos personajes permitiendo que saquemos nuestras propias conclusiones. Así lo hacía también en la terrible fantasía futurista "Nunca me abandones", por mucho que  aquella historia apocalíptica se prestara de sobra a moralinas. Ishiguro  respeta al lector, lo tiene tan en cuenta (1) como para contarle una buena historia y (2) como para escribir dejando ver,  quitándose de en medio, sin pontificar. Una muestra de honradez, pues toda sutileza (y falta de remache aseverativo y prédica) corre el riesgo de pasar desapercibida para el lector "grueso", para ese lector que Edith Warthon calificaba ya en 1903 como "lector mecánico" y que oponía al "lector nato". Yo no creo que las líneas divisorias entre buenos y malos estén tan claras, pero me pregunto cómo podrían interesar los textos de Ishiguro (un rey del low key y de la contención) a un lector tiramillas contemporáneo que identifique la literatura con planetarias cruzadas, héroes templarios, leches de códigos descifrables/códigos de barras de la leche, y socorridas herejías cátaras.
Estaba yo en Venecia este verano y, por una pura casualidad, sólo unas semanas antes había leído los cinco relatos de Ishiguro contenidos en Nocturnos, que el autor presenta como "Cinco historias de música y crepúsculo" y en los que Venecia y los músicos de los célebres cafés de la Plaza de San Marco (el Quadri, Lavena, Florian...) tienen tanto protagonismo... Se trata de cinco historias diferentes, pero con personajes (Lindy Gardner) y escenarios (como la propia Plaza de San Marco) capaces de colarse y reaparecer en uno u otro texto. La unidad la proporcionan también algunos temas comunes: el don del talento musical, las carreras artísticas que prometen o se estancan o llegan a su fin... Si hablábamos de la prodigiosa capacidad del escritor anglojaponés para asomarnos a otras vidas sin tomar partido, el tercero de los cuentos, "Malvern Hills", esa historia fugaz de un guitarrista joven inglés, espectador casual de la crisis matrimonial de una pareja de entusiastas suizos de mediana edad, es una buena muestra, como lo es también la buena peripecia con la que arranca el libro: "El cantante melódico". En "Violonchelistas", última de las piezas, Ishiguro despliega, en la conmovedora relación entre Tibor y Eloise McCormack, su gran talento, en una brillante, sugerida y sugerente  historia de desajustes e imposiblidades. Quizá la más floja de las piezas que componen el libro sea "Nocturno", que se queda en una disparatada y caricaturesca historia de idas y venidas por un hotel de lujo, aunque los dos personajes, especialmente la extravagante señora Gardner y sus peculiares giros del ánimo y del habla, estén bien definidos. Para el final de esta entrada reservo unas palabras para el espléndido relato "Come Rain or Come Shine", segundo del libro, pues si el Ishiguro de "Los restos del día" sabía emocionarnos y hasta hacernos llorar con los sentimientos inexpresados entre un mayordomo y un ama de llaves, en Come Rain or Come Shine, es capaz de hacernos reír con la misma intensidad, a través de la cadena de absurdos y el fuego cruzado que tiene que soportar Raymond, el amigo al que un matrimonio en pie de guerra invita a su casa de Londres. Sólo un maestro de la literatura puede conseguir que uno de los relatos más divertidos que uno haya leído en muchos años sea a la vez, y de fondo, una historia tan triste.

2 comentarios:

  1. Gracias por este análisis que haces del libro de Ishiguro.
    Me reí a carcajadas con Raymond. El violonchelista me recordó un cuento de Hoffmann sobre un maravilloso profesor de violín del que acabamos por descubrir que no sabe tocarlo, aunque él sea capaz de escucharse tocar maravillosamente. Es cierto que el de Ishiguro se centra más en cómo nosotros mismos nos imposibilitamos.
    Un beso
    PS: menudo veranito que te has pegado!!

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  2. Tomo nota, Ernesto. "Lo que queda del día" me encantó, así que habrá que leer esos relatos que tan bien pintas (y pintan).
    Abrazos

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