martes, 29 de octubre de 2013

Las "Pequeñas biografías por encargo" de JAVIER MORALES ORTIZ


 
 
Pequeñas biografías por encargo

JAVIER MORALES ORTIZ

Huerga y  Fierro editores. Madrid, 2013

 

Sigo la pista de Javier Morales Ortiz  (o mejor: la de sus libros y la de su manera de narrar) desde que leí su breve colección de relatos “Lisboa”, impresionado por los destellos y  atmósferas que era capaz de lograr en unos y otros lugares de aquellos cinco textos, valiéndose de una técnica directa y austera donde la sinceridad y la cercanía del narrador también nos ganaban, tanto por lo que contaba como por lo que dejaba apuntado y sólo sugerido en beneficio del lector. Porque Javier Morales (Plasencia, 1968) no es escritor de dejar los asuntos cerrados y con moraleja de fábrica o taller, sino un tipo que está en el mundo y al que le gusta relatarnos la complejidad y ambigüedad de la propia vida y de las relaciones personales: el calor de una pareja apasionada, pero también el frío insufrible y cotidiano que rebosa en el alma de quienes ya no se entienden o cuyos proyectos de vida común quebraron y dieron lugar a rupturas, o a rutinas que se sobrellevan. Vuelve a acertar ahora en esta novela que lleva por título “Pequeñas biografías por encargo”, donde no sólo es fiel a lo mejor de sus anteriores escritos, sino que crece, toma altura e incluso juega al despiste con el lector, cambiado de registro según los tramos, y presentando su historia, la historia del protagonista, Samuel, a partir de tres momentos concretos de su vida: 1999, 1982 y 2010. Ese tríptico permite ver al final el sentido del conjunto, al recomponer su personaje atendiendo a su origen (humilde, gente esforzada de campo)  y a lo que finalmente ha llegado a ser. La anécdota inicial (ese inverosímil/verosímil Samuel, periodista con un don para redactar biografías, que recibe, en la primavera de 1999, el encargo de seguir los pasos de David Blount, un ciudadano británico afincado desde su juventud en un pueblo extremeño) tiñe la narración de un logrado aire detectivesco, que en el caso de Morales se vuelve todo un homenaje a un  género que admira. La misión se la encomienda un caro bufete de abogados madrileño. El Madrid contemporáneo, ruidoso, crispado, caótico pero amado al tiempo, nos lo entrega el autor con las notas de quien de veras lo conoce. Es el espacio elegido por Samuel para vivir, el espacio que afirma, incluso ahora que vive el distanciamiento personal y geográfico de su pareja, Sonia, cooperante internacional, que en estos momentos se encuentra en Perú. Inverosímil, nos damos cuenta, “poder mantenerse gracias a perfiles biográficos”, pero la buena inverosimilitud la abraza uno pronto cuando funciona, como es el caso. Como en los relatos de “Lisboa”, también aquí Morales se muestra, en principio, directo, ágil y veloz. Este es sólo un registro: nos encontraremos también un escritor con gusto en demorarse y detallar en esa parte troncal del libro dedicada al verano de 1982, donde alcanza un aire landeriano a través de esas figuras humildes y repletas de afán que eran los padres de Samuel en la plantación y secadero de tabaco, donde el hijo y sus hermanos dejaron también parte de su infancia y adolescencia). El perfil del británico Blount (solitario y hermético, un científico brillante que devino fanático de la agricultura ecológica) se va acrecentando con la acumulación de testimonios de los que lo conocieron en La Comarca: desde la Guardia Civil a los miembros de la cooperativa, alguna antigua amante, o esa profesora bien trazada y de increíble nombre, Luz Verde, que ahora reside en Portugal. La reacción del científico Blount contra las trampas de un mundo tecnologizado y con frecuencia inhumano, no lo lleva por los derroteros  de un personaje reciente de Piglia (esa especie de terrorista Unabomber que aparece en “El camino de Ida”) sino más bien hacia la figura del eremita, “habitual de los caminos”, el hombre reservado en el que “había una puerta que nunca podías traspasar”, pero, a la vez, es el insumiso, el comprometido con su comunidad y sensible a los problemas de su región, entre ellos la despoblación del mundo rural, la “paulatina degradación de La Comarca”. Morales sabe dar las notas de un mundo muy español y rabiosamente contemporáneo, en el que los alcaldes pueden ser promotores inmobiliarios de campos de golf, chalets y hoteles construidos en reservas naturales. La certera descripción del alcalde no deja lugar a dudas: “Bardón es un hombre atildado, con destellos horteras, alto, fondón y mirada herrumbrosa. El pelo esmaltado, la pose enhiesta”.  Parece que lo hemos visto, o que acabaremos viéndolo, en la crónica de tribunales de un telediario en el apartado habitual de corruptos contemporáneos. La identidad personal, las raíces propias, quedan, para el autor, tremendamente ligadas al paisaje, al lugar sagrado que se debería respetar: el “vínculo con la tierra”. El huraño Blount no carecía de su lado humano y sociable. Un testimonio, que escucha nuestro “detective”, lo prueba: “Otras veces me acompañaba a carear el ganado. Cuando hacía buen tiempo, por la noche nos sentábamos a contemplar las estrellas, con un poco de queso de cabra y una botella de vino. Me hacía compañía porque aquí arriba uno se siente muy solo, sobre todo cuando hay tormentas”. El Blount opaco, que no malgasta palabras, cobra a veces el aspecto del profeta visionario que nos advierte de la necesidad de un cambio urgente, planetario, de nuestro modelo de vida.

            Nos gana desde el inicio Samuel, el protagonista, el biógrafo, el investigador: es sereno, escucha bien, es bienhumorado y con los pies en la tierra. Una tierra a la que respeta tanto como para deslumbrarnos con la segunda parte de este libro, esa fascinante exploración de las raíces propias (sus progenitores y la labor del campo) que es el “SEGUNDO MOMENTO. Verano de 1982” y que siendo el núcleo y el fuste de este libro, podría funcionar también, y sin perder brillo, como texto autónomo, como un relato largo que se cierra sobre sí mismo dejando atónito al lector por su autenticidad y su potencia (incluido su explosivo final, que Morales deja caer sin tremendismos, como una nota más de la partitura). El escritor salta atrás, a aquellos años infantiles y adolescentes, de Renaults 8 y Seats 131. Nos lleva a la plantación de tabaco en la que toda su familia se deja la vida mientras los demás niños disfrutaban de vacaciones y novietas, o conocían el mar y las piscinas. Nos regala la perplejidad del niño que fue, su mirada hacia las gentes sacrificadas del campo en una espléndida recreación de época. Sabe describirnos la insatisfacción en los ojos azules del capataz Julian Kreutzer, las mujeres en torno a un fogón, o los azulejos ribeteados con mosaicos de una cantina perdida en medio de la nada, mientras –se dice- “la adolescencia se quema en aquellas tierras de labranza que ni siquiera son vuestras”. Hay un poderoso “tú” con el que el narrador se dirige al niño que fue, desde la distancia, como si quisiera desde tan lejos interpelarlo para comprenderse, en lo que fue, en lo que aprendió, en las oportunidades que no tuvo y que quedaban aplazadas en un difuso y desesperante “Habrá tiempo”, conocerse en el niño lector de biografías que terminaría escribiéndolas también. Hay mucho de purificación personal en esta parte del libro. Samuel nos resulta ahí conmovedor como nos suena tan cercano en el Madrid de su buhardilla mientras sabemos de su distanciamiento de Sonia o del buen detalle de su vida de amistades y noviazgos, sus discusiones de pareja “pseudoideológicas, que sólo escondían nuestro fracaso emocional”. Es un hombre práctico que nos hace a menudo reír: “Estaba dispuesto a sacrificar a muchos de los ídolos de la tribu capitalista, excepto el coche”. A veces bordea las paradojas de la revolución y los supuestos revolucionarios en una óptica cercana a la del mexicano (reconvertido madrileño) Federico Guzmán. Así, nos dice Morales de un personaje: “Entonces tenía veinte o veinticinco años y mientras empuñaba el fusil se prometió que si la revolución no llegaba antes de que cumpliera los treinta, se haría rico, como de hecho ocurrió”. Un gran salto adelante nos conduce a 2010, a Barcelona, a una tal Judith, muchos años después de aquella inicial Sonia. Los padres de Samuel ya fallecidos (a los que el narrador homenajea como gente sencilla capaz de haber fundado “una familia humilde, pero no vulgar”). Es invierno también en la relación con Judith, ambos adoradores de un hijo en común, pero agotados de su propia convivencia, “apenas compañeros de piso mal avenidos”, “tierra quemada”, tanto, que habrá un imposible y fantasmal regreso a Isla, al lugar de la infancia, donde reaparecerá el espectro de una antigua amante. El recuerdo de los últimos días del padre en un hospital de Madrid llena los últimos compases de la obra de compasión: “Francisco está ingresado en una habitación con vistas al Parque del Oeste, en Madrid. Al otro lado de la ventana, un sol invernal invita a salir, a dejarse acariciar por una luz suave y discreta, inalcanzable ya para él”. El cuidado del enfermo en las últimas horas de vida, la impotencia con la que abordar esa tarea, propicia la lucidez extrema del protagonista. El infierno -comprende- tal vez no era un decorado de fuego sino la desoladora sala de una unidad de cuidados intensivos.

Y puede que aún reste un regreso imposible a la tierra de la infancia, al espacio de la plantación, al amor de juventud encarnado en Virginia o en lo que hoy en día ha llegado a ser. Morales lo propone de modo brillante. A veces uno consigue convocar a los fantasmas y puede incluso que ellos nos golpeen en plena cara como intrusos.

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Autores de los que me ocupé en la Revista "Quimera" entre 2001 y 2006

  • Álvaro Pombo, W. G. Sebald, Günter Grass, Paul Theroux, A.S. Byatt, David Leavitt, Marcos Giralt, Martin Amis, Ian McEwan

Colaboraciones con "Nueva Revista" 2001-2002

  • Traducción del alemán del artículo de Richard Herzinger El consumo como meta (Endziel Konsum, Die Zeit, 2-11-00) que en Nueva Revista aparece como La americanización del globo, pp. 47-55 (mayo-junio 2001)
  • Traducción del alemán del discurso anual berlinés (Berliner Rede) del presidente alemán Johannes Rau, dedicado a los límites de la biopolítica, que tiene por título ¿Irá todo bien? Por un progreso a escala humana. (Wird alles gut? Für einen Fortschrift nach menschlichem Mass). Nueva Revista, pp. 46-64 (julio-agosto 2001)
  • Artículo publicado en la sección Literatura, titulado: Álvaro Pombo: la exaltación y el Reino. pp. 131-137 (Sep-Oct. 2001)
  • Traducción del alemán del relato de E.T.A Hoffmann titulado Haimatochare. Nueva Revista, pp. 158-171 (julio-agosto 2002)

Colaboración en Revista de Occidente (Oct. 2007)

  • Artículo titulado "Lo que el corazón lleva", acerca de la novela de Luis Mateo Díez "La piedra en el corazón"(Galaxia Gutemberg, Círculo de lectores. Barcelona, 2006)