lunes, 16 de diciembre de 2013

El "Agua dura" de Sergi Bellver


El Agua dura de Sergi Bellver

(Agua dura. Ediciones del Viento, 2013)
No tarda mucho el lector en percibir la prosa de largo aliento y las imágenes potentes de Sergi Bellver en esta colección de doce relatos que lleva por título Agua dura. Basta la imagen de una mujer hermosa que ve aproximarse una tormenta en un páramo, o la descripción del automóvil en mal estado en el viajan (huyen) sus dos protagonistas (en “Propiedad privada”) para ponernos sobre aviso de que aquí se trata de contar buenas historias y de impresionar/sorprender a quien haya apostado por leerlas. “Entre el paraguas y el vestido, negros los dos, la piel de Diana se ilumina como un milagro (…) Es un coche viejo. Grande, rojo y tan viejo que el óxido y la pintura se confunden como sangre fresca sobre sangre seca”. Es San Lorenzo, o la búsqueda de San Lorenzo. Es un territorio perdido de sierras y desierto y esos dos hermanos (¿en fuga? –aún no sabemos-) recuerdan modernos jinetes de Rulfo, ahora motorizados, pero que tal vez compartan la misma desesperación de aquellos que cruzaban otras tierras o recibían unas que eran estafa o puro pedregal. El paisaje impresiona en su carencia y el propio cuerpo de la chica que hace castings publicitarios será lugar de cobijo para una instantánea rana que salta hacia la ventanilla y se posa en su pierna. Más tarde será territorio breve para el beso de otra mujer o para la lluvia obstinada que cala vestidos y huesos. Se adivina una herencia de una madre que no los quiso, una finca con caserón medio abandonado de la que él guarda borroso recuerdo de niño… Emergen a lo largo de este primer relato figuras amenazantes que son señales que inquietan: esa loba que se cruza en la carretera, animales agonizantes, extraños visitantes que invaden la propiedad en mitad de la noche para hacer fiestas, o un fanático religioso alcoholizado que, al encontrarlo en la puerta, “pareciera haber estado esperándole desde siempre, ahí, impasible como un juez bíblico”. La pálida belleza de Diana, su desnudez desinhibida, asoma como el único contrapunto hermoso frente a ese paisaje de muertos y desolación que la figura materna parece haberles legado. A ese precipicio nos asoma Bellver como si fuera un mero mirador, con el solo apunte, dejando en el aire, o sólo enunciados, elementos concretos, porque quizá, lejos de la concreción o el fácil psicoanálisis de padres ausentes al que la historia podría remitir, prefiere que percibamos la pura orfandad, la soledad extrema, la quiebra y la huida de esta pareja de hermanos para los que no parece haber reposo o buena tierra sobre la que les sea posible habitar. Bellver, como sus “héroes”, es sólo un nómada al que sólo le cabe por equipaje la sobriedad narrativa, pues ni adorna, ni edulcora, ni cree en un mundo edulcorado. Sabe que el hielo puede quebrarse bajo nuestro peso y que ese es el estado del hombre en el mundo. Así sabe mostrarlo “El nudo de Koen”, esa historia de los dos duplicados hermanos Koen: uno de ellos, un prometedor y exacto hermano, fallecido diez años atrás, ahogado en un canal, un Wunderkind, un niño prodigio, el preferido de sus padres. La casa ya vuelta sólo mausoleo en su memoria, injusticia permanente con el hermano vivo, siempre medido y comparado. Bellver nos habla de la imposibilidad de estar a la altura, del dolor de no ser más que una réplica. “Me recuerdan que soy un segundo intento y yo no quiero ser tú”. De nuevo la ausencia de hogar propio, de nuevo la negación de un lugar estable en el mundo. El relato tiene el aire espejeante de una buena parábola borgiana, donde también la orfandad está presente y ese no haber casa posible. Que lo más inhumano lo perpetre un ser humano, es también el núcleo central de “Los ojos de Sarah”, de ahí la pertinencia de la cita inicial de “El corazón de las tinieblas” que Bellver selecciona. Ahora estamos en Sâo Paulo a bordo de un Volkswagen escarabajo, donde Sarah y Abel (él, de niño, un superviviente de los campos, un conejillo de Indias que pudo salir adelante como un animal herido) van a la búsqueda del nazi Mengele. Celebrar el Estado de Israel se hace difícil cuando hay tanto por llorar: “lloraban a los muertos que no podrían ver la Tierra Prometida. Lloraban también a mis padres y hermanos, cuyos rostros a duras penas conseguía ya entonces recordar”. La belleza femenina, esta vez la de Sarah, es de nuevo una isla, lo único admirable en este paisaje de bestias, pagos y venganzas imposibles, fantasmas que escapan y aún parecen burlarse de nosotros. Hermosa Sarah bajo el diluvio mientras va ovillada y descalza en el asiento del copiloto y hermosa cada mañana al levantarse: “Cuando ella despierta, sabes que la Tierra gira porque Sarah lo ha decidido así durante su viaje, y que ha regresado dispuesta a ello -siempre se levanta como si brotara de una burbuja- a una tarea que no puede aplazarse ni un minuto más”. Hay en este libro otros relatos más “ligeros” que se enredan con el puro divertimento o con mostrar la pincelada de un signo de los tiempos. Puro divertimento experimental hay en “La muerte de Edmund Blackadder”, un cuento-hipótesis narrado desde la crónica futura de un periódico alemán en 2014: un atentado islamista con la noria del London Eye rodando a sus anchas por la ciudad para matar entre otros al intérprete de Mr. Bean en plenos Juegos Olímpicos. Relatos “signo de los tiempos” serían “Banana Dream” (invasión de museos a cargo de un pintoresco comando), “Deseo de ser Dimitri” (ambientado en la Atenas de las protestas sociales contra un modelo de mundo y su lenguaje perverso) y “La manada” (que sabe hablarnos de la precariedad contemporánea –y de nuevo de la falta de hogar propio- a través de ese portero de inmueble, Cervera). Más insustancial me parece “Señales de vida”, pero potente y bien definido resulta “Pájaros que llegan a Moscú”, historia de la forja de un matón, con el recuerdo difuso de una tal Irina, que nos narra un testimonio de supervivencia en la capital rusa y la búsqueda de calor y de un lugar en el mundo, tema bellveriano donde los haya. En su desarrollo, curiosas apreciaciones como esta retienen la atención del lector: “Así van a la deriva los moscovitas (…) les arrastra alguna otra cosa, se pierden en algo más grande, se olvidan de que una vez fueron bosque y ahora son poco más que un ejército de árboles muertos en retirada”. Y a veces no es sólo la soledad extrema, la falta de casa o de lugar, el límite del padecimiento, puede que incluso se lancen a arrebatarte lo poco que tienes o tuviste: una casa desvencijada y la vieja furgoneta de la que fue tu madre (así son las herencias posibles en el mundo bellveriano). Es el caso de un cuento intenso como “En la boca del otro”, donde se narra con viveza la destrucción, la lucha por la vida hasta el agotamiento extremo, literalmente hasta la última fuerza o gota de sangre, contra un jabalí rabioso o contra los semejantes, vecinos de región, que vienen a ser lo mismo, al fin y al cabo manada, del mismo modo cegados en su brutalidad. Interesante el duelo de culturistas, también hasta la extenuación, del relato “Mala hierba”. Pero para mí, el texto entre los textos de esta colección es la pieza final: “Islandia”, gran y evocador cuento que surge del triste viaje de un hombre (pescadero en Madrid) para recoger las cenizas de su hermano, perdido desde hace años en Reikiavik. Elige bien Bellver este lugar gélido para volver a desgranar incomunicaciones, familias escurridizas y fratrías imposibles. Incluso el lenguaje extranjero es impedimento en esta travesía donde los ojos de los otros “le desafían con el brillo de la grava cuando se moja”. Cartas durante años sin abrir que ahora despliegan confianza y señales asombradas de maravillas del paisaje, que llegan demasiado tarde, “cuánta vida, hermano”. Porque el agua dura -nos advierte Sergi Bellver- es “metáfora oscura”, un líquido que corroe todo a su paso, que obstruye las cañerías e impide que las cosas y los sentimientos puedan fluir. La felicidad se perfila entre estos hielos como una breve posesión, una percepción buscada que vuelve a escaparse o que demasiado pronto termina. Y, sin embargo, parece sugerir el autor, merece la pena ser libre e intentarlo.

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Autores de los que me ocupé en la Revista "Quimera" entre 2001 y 2006

  • Álvaro Pombo, W. G. Sebald, Günter Grass, Paul Theroux, A.S. Byatt, David Leavitt, Marcos Giralt, Martin Amis, Ian McEwan

Colaboraciones con "Nueva Revista" 2001-2002

  • Traducción del alemán del artículo de Richard Herzinger El consumo como meta (Endziel Konsum, Die Zeit, 2-11-00) que en Nueva Revista aparece como La americanización del globo, pp. 47-55 (mayo-junio 2001)
  • Traducción del alemán del discurso anual berlinés (Berliner Rede) del presidente alemán Johannes Rau, dedicado a los límites de la biopolítica, que tiene por título ¿Irá todo bien? Por un progreso a escala humana. (Wird alles gut? Für einen Fortschrift nach menschlichem Mass). Nueva Revista, pp. 46-64 (julio-agosto 2001)
  • Artículo publicado en la sección Literatura, titulado: Álvaro Pombo: la exaltación y el Reino. pp. 131-137 (Sep-Oct. 2001)
  • Traducción del alemán del relato de E.T.A Hoffmann titulado Haimatochare. Nueva Revista, pp. 158-171 (julio-agosto 2002)

Colaboración en Revista de Occidente (Oct. 2007)

  • Artículo titulado "Lo que el corazón lleva", acerca de la novela de Luis Mateo Díez "La piedra en el corazón"(Galaxia Gutemberg, Círculo de lectores. Barcelona, 2006)