"Lesser, cuando escribía, era a veces como una ruidosa locomotora, con todos los vagones enganchados, a excepción del furgón del maquinista, que chirriaba a lo largo de las vías retintinantes hacia una región cuya topografía sospechaba pero no conocía hasta llegar a ella".
Leo estas palabras acerca de cómo el autor va descubriendo sobre la marcha -como un explorador- la obra que escribe, en las primeras páginas de LOS INQUILINOS de BERNARD MALAMUD (El Aleph Editores, 2012), una novela de 1971 a la que yo llego ahora, con tanto retraso. Tengo la sensación de estar llegando con retraso a demasiados autores (Malamud es uno de ellos) y de que no todo depende de que haya "demasiados" autores y nuestras fuerzas y tiempo sean limitados. Una persona muy cercana, que conoce bien la obra de Malamud, me había hablado de él y de su "superioridad" respecto a su discípulo Philip Roth. Me había recomendado obras como "El dependiente" o "El reparador". Leo "Los inquilinos" y me va pareciendo prodigioso, inteligente, lúcido, serio y divertido a un tiempo. Asisto al esfuerzo del protagonista, el escritor Lesser, último inquilino de un inmueble neoyorquino amenazado, un resistente que tiene entre manos una tercera novela, que aspira a que sea la mejor de las suyas, y que en la dureza de sus condiciones de vida muestra toda su dignidad: "Las cosas podían ir peor y de hecho habían ido peor, pero Lesser seguía siendo un escritor que escribía... Quiero que los demás opinen que soy alguien consciente y no un frívolo que ha disparado todos sus cartuchos... Tengo que justificarme ante mí mismo con una obra de primera clase".