sábado, 13 de marzo de 2010

RESEÑA SOBRE PATRICIO PRON COMPLETA

Dado que mi artículo de ayer en El Cultural de "El Mundo" acerca del último libro de Patricio Pron aparecía recortado a poco más de 200 palabras (la tercera parte de su tamaño original), pongo aquí el texto completo por si os apetece leerlo.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan
PATRICIO PRON
Mondadori, Barcelona, 2010
224 páginas, 17´ 90 euros

A veces uno divisa y reconoce a un verdadero “autor-revelación” entre tanta expectativa falsa y tanto humo editorial. Leer a Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) es situarnos en las antípodas del autor clónico o producto en serie de taller literario. Lo que brilla en los dieciocho relatos de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan es ese raro don de la autenticidad, la mirada y la voz propias. Naturalmente que asoman los maestros en ese austero y preciso primer cuento de atmósfera bernhardiana que es “Las ideas”, el misterio de la desaparición del escolar Peter Möhlendorf , un texto fantasmal a caballo entre El imitador de voces , Trastorno, y el célebre Lied El rey de los Elfos, pero el lector pasa a otro relato y no tarda en comprender la variedad de registros que Pron maneja en esta colección diversa, unificada sólo por su ambientación alemana (Alemania es uno de los lugares de exilio de Pron, doctor en filología por la Universidad Georg-August de Göttingen). Por mencionar las piezas magistrales, destacaría el narrar contenido que logra conmovernos con la desvalida sirvienta de “El viaje” y la lograda figura del amable y enigmático anciano doctor Maak, la evocación y el desvelamiento de secretos familiares de “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás”, revelaciones tardías que “abren agujeros en el suelo de tu pasado” y que son como cargas de profundidad inesperadas, latentes aún en las viejas cartas y en los álbumes de fotos. Gran relato es también “Una de las últimas cosas que dijo mi padre”, panorama de la incomprensión entre un padre y un hijo y de la dificultad de reparar los actos fallidos, o siquiera encontrar las palabras apropiadas para las disculpas. Igual de impactante resulta “Dos huérfanos”, la historia del asalto en Argentina a un anciano exiliado alemán que vivió de niño el horror de los bombardeos de Dresden. A veces afloran curiosas historias cotidianas, como la de la muchacha negra de “Un cuervo sobre la nieve”, el intenso, irónico y desesperado “El estatuto particular”, el duro retrato sociológico de la vagabunda-fotógrafa de “El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan”, el buen misterio del reportero de “El mecanismo de la historia” (un relato intenso, de atmósfera densa, en la línea del mejor Juan Gabriel Vásquez), o la contundente estampa del erótico y trágico “Exploradores del abismo”. Encontramos una hermosa fantasía-homenaje a Rodrigo Fresán en el onírico “Los peces”. Me parece, en cambio, tedioso, largo y fuera del conjunto el ambicioso proyecto de un relato-diccionario del Expresionismo, que enfría y detiene el ritmo del lector, por mucho que contenga datos y detalles interesantes y que la ambientación de la primera historia, en torno al poeta Bählamm en los combates de la Primera Guerra Mundial, resulte muy impactante. Aunque nada de esto enturbia la excelencia de un libro que ahonda con sabiduría en asuntos como la revisión del pasado de Alemania, la extrañeza en el propio país o en el ajeno, el exilio, el deseo de desaparecer, borrar el origen, ser otro; los juegos de encuentros y pérdidas, suposiciones y posibilidades, el miedo a la desmemoria y al deterioro mental, la denuncia de los ambientes literarios y sus corruptelas: la trucada maquinaria que otorga becas, premios y publicaciones… Qué magnífico breve relato de cierre transcurre en la peluquería alemana de “El corte”, con esa joven exiliada a cuya vida nos asomamos y que es expresión pura de la soledad, el aislamiento y el desarraigo.
ERNESTO CALABUIG

sábado, 13 de febrero de 2010

Aramburu, o la sensatez en tiempos de crisis

Creo que, antes de ésta, han sido ya dos las ocasiones en las que he hablado en este blog del escritor Fernando Aramburu (entradas del 4 y 15 de diciembre). Qué culpa tengo yo si, aparte de ser un autor muy interesante, tiene en su poder el record mundial en la difícil y rara categoría de habla sensata, directa y clara (pan pan y vino vino) en medio de un gremio en el que estas virtudes escasean. Entrevistado esta semana por Nuria Azancot en El Cultural, con motivo de la publicación en Tusquets del nuevo y muy prometedor libro del autor, "Viaje con Clara por Alemania", tiene lugar el siguiente diálogo, que habla por sí solo (y como habla por si solo, ya me callo y me siento con vosotros a escuchar):
--¿Qué puede hacer un escritor contra la crisis económica y social que sufre el mundo?
--Lo mínimo que se puede esperar de él es que nos proporcione textos de calidad. Después, si tiene algo oportuno que decir, por mí que abra el pico en los periódicos y nos dé su aportación, a poder ser sin imponernos el fulgor de su rostro. Por último, si está en sus manos solucionar las crisis colectivas, ¿a qué coño espera?

sábado, 30 de enero de 2010

¿Tenía Salinger más que decir?

Se comprende que es duro sacar de la chistera un artículo instantáneo cuando muere un autor o se le otorga un importante premio y las redacciones de los periódicos te buscan y esperan que se te ocurra algo y a ser posible interesante. La muerte de Salinger (1919-2010) no nos ha ahorrado toda la retahila de tópicos y chismes acerca de su persona: un autor genial, de culto, sí, pero ¿y su carácter? huraño, agresivo, celoso de su intimidad, cuídate de hacerle una foto si sale del supermercado, ogro en su cueva donde devoraba y traicionaba esposa tras esposa, jovencita tras jovencita (algunos se han referido a "nínfulas", me pregunto si alguien se ha topado por ahí de verdad con una "nínfula", la denominación es cursi, pero no inocente: trata de reforzar la monstruosidad de un escritor que se permitió el lujo de no aparecer y no exhibirse en un tiempo en el que todo y todos aparecen y se exhiben). ¿Algún otro defecto reseñable que acreciente el lado oscuro? Sí: se le tiene por simpatizante de múltiples cultos budistas o cienciológicos, tan radical que incluso practicaba algunos rituales un tanto repugnantes. Como contrapunto heroico casi todos los comentaristas han mencionado la participación del escritor en el desembarco de Normandía y el sufrimiento que le dejó esta experiencia de por vida. Muñoz Molina, en El País, se ha referido a su silencio de años y ha concluido que, después de todo, está bien callarse cuando no hay nada que decir. Parece ignorar que los cuatro libros de Salinger nunca han callado (no sólo El guardián y sus 70 millones de ejemplares vendidos), pues el autor norteamericano ha sido desde los años cincuenta el magisterio insalvable de la narrativa americana contemporánea. Se le escapa también a M. Molina que la decisión de no publicar no equivale a la ausencia de nuevas ocurrencias: Salinger siempre ha continuado escribiendo y ahora asistiremos a la disputa por la gestión de sus manuscritos inéditos. ¿Debemos deducir, en cambio, que Muñoz Molina tiene mucho que decir, sólo por la circunstancia de que en su última novela ha hecho uso de 958 páginas? Podría recordar aquí cuánto me impresionaron algunos relatos de Salinger, como su clásico "Un día perfecto para el pez plátano", pero prefiero acordarme de la huella que me dejó "El guardián entre el centeno" en su momento. (Tengo que reconocer que no he leído su novela corta "Franny y Zooey" ni otra colección de relatos que no sea sus "Nueve cuentos"). Abro ahora mi edición de Alianza de "El guardián entre el centeno" en la traducción de Carmen Criado, pensando cuál sería en mi caso un buen homenaje. Veo mis notas antiguas, allí anoté a lápiz, en la tapa interior del libro, una retahila de observaciones como: "soledad, aislamiento, desvalimiento, inteligencia, lucidez, sentido del humor, imaginación, necesidad de un héroe-tutor, alteración nerviosa, sentido de la justicia y la injusticia, la muerte de su hermano mayor Allie como lo más injusto, la triste herencia de su guante de beisbol, necesidad de permanencia de las cosas, la historia de Jane Gallaher y el juego de damas, sinceridad y autenticidad como valores, el jazz, el poder consolador de la música, lo conmovedor, la figura de la hermana pequeña en el tiovivo con su abrigo azul, la protección de la inocencia como misión, como justificación de toda una vida, ¿hubiera sido posible una gran película como "Gente corriente", la relación del padre (Donald Sutherland) y su hijo, sin El guardián?..." Recuerdo bien el libro, veo mis muchos subrayados y pienso que podría citar ahora como homenaje alguno de ellos. Podría hacerlo, pero se me ocurre de golpe que sería como entrar a saco en un libro tan conmovedor, como tirarle una molesta foto por sorpresa, como robar un fragmento para mi provecho en la misma cara de Salinger, como sacar un pobre pedazo de un gran conjunto que merece la pena respetar y, sobre todo, volver a leer.

jueves, 21 de enero de 2010

Melancolía y añoranza de pensadores certeros

¿Qué pensaríamos de un médico que, tras analizarnos a fondo, se limitara a constatar o certificar que padecemos una enfermedad y que ese es, en efecto, nuestro estado actual, nuestro "estado de cosas", sin tomar a continuación una decisión o mostrarse resuelto para remediar el mal o combatirlo? Una sensación parecida he tenido el otro día, 21 de enero de 2010, al leer en El País el artículo de Vicente Verdú "Melancolía del fin". Verdú no requiere presentación, es un periodista de prestigio y, desde hace muchos años, uno de los creadores de opinión más populares de nuestro país. No seré yo quien le reste méritos a su larga y esforzada carrera, aunque, como es natural, tengo una opinión acerca de él: creo que pertenece a esa estirpe, verdaderamente extendida en España, de los que están al tanto de lo que se cuece, de los buenos rastreadores de ideas ajenas, columnistas y ensayistas familiarizados con lo que se piensa en otros sitios (casi siempre EEUU) y que saben cómo agitar antes de usar/divulgar las investigaciones y reflexiones de quienes sí han pensado, fundamentado, y arriesgado por cuenta propia: Zygmunt Bauman, Martha Nussbaum, Hannah Arendt o las nutridas legiones de la psicología o la sociología norteamericana... Pero mi crítica al artículo "Melancolía del fin", de Verdú, no tiene que ver esta vez con el hecho de que divulgue ideas de otros (algo por otro lado muy lícito siempre que uno se moleste al menos en citar), sino con la peligrosidad de las afirmaciones que contiene: tras constatar Verdú que nos encontramos en un momento en el que los menores de 30 años no tienen interés por la lectura ni por la pintura, la música clásica, el buen cine, etc. Y decir que, lo que hasta ahora considerabamos cultura buena y valiosa, se ha vuelto sólo "un grande y pesado fardo de otros siglos", Verdú se pregunta si este fenómeno supone, después de todo, un empobrecimiento real o algo que deba lamentarse como la comida basura. Su diagnóstico es el siguiente: más nos vale comprender este nuevo paradigma, no debemos empeñarnos en combatirlo, pues no es otra cosa que el signo irreversible de los tiempos. El omniscomprensivo Verdú añade: "¿cómo no tener en cuenta que la cultura es la cultura de cada época, cambia con ella, y de ningún modo existe modelo absoluto que traspase los siglos?". El artículo es largo, pero resumiré aquí algunas de sus perlas y conclusiones: cree que no hay por qué empeñarse aún en valores como la lentitud, la reflexión. la concentración, la linealidad, la laboriosidad. Debemos aceptar y dar la bienvenida a lo veloz, emocional, complejo e interactivo. Ni nosotros, ni los maestros -carcundias del viejo paradigma-, debemos (en opinión de Verdú) levantar la voz o empeñaros de modo obstinado en que las nuevas generaciones se esfuercen aún en la lectura de Cervantes o Kafka, o aprecien la música de cámara y la pintura de Manet. Eso constituiría sólo -dice- una "marcha atrás" que los volvería "retrasados", una pretensión propia de "zombis" como nosotros, que nos aferramos a nuestra "amada descomposición", porque consideramos a los jóvenes "ignorantes" y no valoramos como es debido fenómenos como el rap, la cultura de la red y los grafitis. Bueno hasta aquí las líneas maestras de su artículo. Ahora me limitaré a enumerar o recordar algunas cuestiones con las que quiero expresar mi discrepancia: 1) Pienso que lo que los hombres, a través de los siglos, hemos acuñado y considerado como valioso, lo seguirá siendo siempre, más allá de las modas y tendencias. Por decirlo así, a Bach o a Schubert no hay quien se los salte, entre otras cosas porque no son una rémora del pasado sino un asunto aún del futuro, como lo son los verdaderos clásicos. 2) Siempre ha habido quienes leían y quienes no. En España hay más lectores de los que nunca hubo. Basta echar un vistazo a los viajeros de autobús y metro para constatarlo. Mi hijo de nueve años y sus compañeros de colegio, con los que se intercambia a menudo libros, han leído mucho más de lo que yo (y tal vez Verdú) leímos en toda la infancia y adolescencia. Por otro lado, Verdú no debería inferir que a ningún joven le gusta la pintura sólo a partir del hecho de que él no se encontrara con ninguno el día que guardaba cola en la exposición impresionista de la Fundación Mapfre. Debería informarse acerca del éxito de asistencia infantil que tienen los múltiples talleres de arte (fundación ICO etc).3) En la nueva "complejidad" veloz e interactiva a la que Verdú alude, caben, por supuesto, el rap, el grafiti y la cultura red (yo mismo me estoy comunicando ahora desde un blog), pero también una buena función de Shakespeare representada por el Bridge Project y una reposada tarde de lectura dedicada, por ejemplo, a Luis Landero o al mejor Ian McEwan. 4) La inteligencia humana es lingüística y también en este nuevo paradigma serán mejores aquellos que a través de la lectura hayan adquirido mejores niveles de vocabulario, comprensión, establecimiento de relaciones etc. Por no mencionar que la lectura seguirá abriendo nuestras mentes, llevándonos a otros mundos y constituyendo una fuente de placer. 5) Que desde Grecia sabemos que el hombre es un ser dotado de logos (lenguaje y razón) y que eso es precisamente lo que nos define y diferencia. Decir como Verdú que en estos nuevos tiempos no cabe la reflexión y el discurso estructurado linealmente es no saber en qué consiste el ser humano y su modo de estar en el mundo. 6) Constatar que los tiempos cambian no es suficiente para entregarse a ellos y volverse un mero testigo o legitimador del status quo. Todas las utopías y progresos del ser humano han sido posibles gracias a un cuestionamiento de lo establecido. 7) Decirle a los maestros y adultos que no deben empeñarse en transmitir a los jóvenes lo que siempre se ha tenido por lo más excelente y digno del ser humano, eso sí parece una verdadera "marcha atrás" y una "descomposición". 8) Horkheimer, el filósofo de la Escuela de Frankfurt, reconocía al final de su "Crítica de la razón instrumental" que a veces los pensadores pueden no disponer de la receta para mejorar el estado de cosas que acaban de analizar a conciencia, pero consideraba que al menos la denuncia y el señalamiento con el dedo hacia los errores y caminos por donde no se debe transitar (totalitarismo, nazismo, razón instrumental...) es una obligación de cualquier sociólogo. Verdú prefiere, en cambio, quedarse arrebujado en su "melancolía del fin", un fin que, con sus palabras, contribuye a dar por bueno.

martes, 29 de diciembre de 2009

2010. Propósitos para el nuevo año





No sé por qué se me quedó grabada esa expresión de la lección de un manual de inglés. Yo tenía, digamos, dieciséis o diecisiete años, y Arthur y Mary, los protagonistas de aquellos libros coloridos y llenos de talento ("Starting Out", "Getting On", "Turning Point"...) anotaban en una libreta sus "New year´s resolutions", sus propósitos para el nuevo año, cosas modestas pero luminosas, a la medida de la pareja de bibliotecarios jóvenes de Middleford que eran. Aquello eran los ochenta. Sus deseos y los nuestros, los de quienes empezábamos a cogerle gusto al inglés a través de la alegría y los aires nuevos que transmitían esos textos. Creo que hay hasta foros en internet donde el hilo conductor es algo así como "Yo aprendí inglés con Arthur Newton". Los recuerdos que tengo asociados a aquellas tardes de idioma inglés, intenté comprimirlos en mi relato "De nombre artístico Álvaro Labra", una de las piezas de mi libro "Un mortal sin pirueta". Propósitos del nuevo año. Si todo va bien, en 2010 publicaré dos libros: como autor, mi novela "Expuestos"; como traductor, la versión española de "Die Nacht, die Lichter" (La noche, las luces), de Clemens Meyer. Ambos saldrán en la editorial Menoscuarto. Sin embargo, y a pesar de la alegría por estas publicaciones, si alguien me preguntara por mis propósitos para el año 2010, serían otros dos, y no tendrían forma de libro:
1) Liberarme de la inquietud y de la ansiedad, que me vuelven a menudo tan inestable, vulnerable y desequilibrado.
2) Liberarme de los sentimientos negativos, de la agresividad, del pequeño veneno cotidiano que todo lo enrarece e impide respirar y vivir como uno debiera.
Supongo que ambos propósitos confluyen en la necesidad de ser más fuerte, pero no se trata de la fortaleza del gigante Atlas, de Mister Muscle o de un muñeco Gormiti, señor de la naturaleza. Se trata de una fortaleza diferente: una que suavice aristas, que, curiosamente, debilite, humanice, equilibre. Que nos vuelva en cierta medida más sabios o que apunte hacia el camino para serlo. Mejorar. El gran secreto. Casi nada. Pero puestos a pedir...
En el fondo ser como ese personaje del manual de inglés, alegre, optimista y despistado, el bueno de Arthur Newton.

martes, 15 de diciembre de 2009

Lo que el autor tiene que decir. A propósito de un espacio de radio


Con mucha frecuencia a uno le sorprende lo insuficiente que resulta un escritor al hacer declaraciones acerca de su propia obra. Tanto que llegas a preguntarte: cómo es posible que una persona aparentemente tan plana, titubeante, inestable, incluso falto de vuelo y de gracia... sea el autor del libro X que tanto nos gustó, conmovió, emocionó, dio que pensar. Me lo aplico a mí mismo y a mi extraordinario parecido con Rain Man las pocas ocasiones en las que he tenido que enfrentarme a entrevistas en las que tenía que hablar de mí y de por qué he escrito lo que he escrito. Otra cosa son los formularios que los periodistas envían por Internet, ahí el tiempo y la tranquilidad juegan a favor de uno y hasta acabas resultando algo profundo e inteligente. Javier Marías hace mucho que se refiere a un "pacto con el lector", según el cual lo que uno tenía que decir, su mejor yo, el yo literario, el que debe conocerse y tratarse, está puesto en los libros. Cualquier indagación que vaya más allá, el conocimiento directo del autor, el "abordaje" personal, puede tener serias contraindicaciones y producir una gran desilusión. Hay quien lo tiene tan claro como Fernando Aramburu, del cual hablaba el otro día en mi anterior entrada. Aramburu decía hace tiempo en El País: "Al escritor capaz de expresar la complejidad de la naturaleza humana yo le concedo un gran valor, aunque en su vida privada sea un granuja. Leo sus obras y a él que lo aguante su padre... Una vez terminada la obra, el autor es residuo, peladura, deshecho". Bueno, todas estas reflexiones previas eran sólo para contar que el sábado pasado el escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel dedicó un espacio a mi "Un mortal sin pirueta" en su programa de Radio Nacional y yo agradecí infinitamente que no se me escuchara a mí, sino a mi yo literario: Muñoz Rengel leyó con su buena voz un fragmento de mi relato "De nombre artístico Álvaro Labra", dejó que el texto sonara. Y de eso se trata. ¿No?
Este es el enlace del programa. Por si os apetece escucharlo:

viernes, 4 de diciembre de 2009

A propósito de Fernando Aramburu



Descubrí a Fernando Aramburu tarde -gracias a un consejo de Manuel Longares- y por la que quizá sea su obra más célebrada: "Los peces de la amargura". Recuerdo cómo me impresionó su mezcla de sobriedad, dureza, poesía, lucidez, sentido del humor, en esa galería de personajes de una sociedad vasca que él conoce tan bien, a pesar de vivir en Alemania desde 1985, donde trabaja como profesor de español. Aramburu parece directo, sólido y de una pieza, en un mundo (literario y no literario) en el que casi todos nos andamos con tantas chiquitas, disimulos y contemplaciones. Me pareció también rotunda su traducción del alemán de las obras completas de Wolfgang Borchert. No lo conozco personalmente, por mucho que seamos "colegas" de El Cultural de El Mundo y que no me perdiera una sola de sus verónicas en la sección "Pan de higo", tan clara y a pie de calle que lo mismo hubiera podido llamarse "Al pan, pan". Ahora sigo también su sección Gatos Ensartados, y en su artículo de hoy, "Gente y literatura" me parece que da una buena respuesta a algo que yo me preguntaba a menudo: ¿qué, o quién, es lo que hace grande, digna e importante a la literatura? Su reflexión es también una buena cura para aquellos escritores con éxito que a menudo, mientras levitan y se pavonean, olvidan hasta qué punto estan en deuda con sus lectores y dependen de ellos. En el artículo, Aramburu comenta una reunión literaria en torno a "Tokio blues" de Murakami a la que Aramburu asistió, cargado, por cierto, de prejuicios por lo que consideraba defectos formales del libro y del modo de escribir del escritor japonés. Pero la constatación de que la novela (más allá de sus imperfecciones estilísticas) había sido capaz de conmover, emocionar y decir tanto a algunas de las personas que se encontraban a su alrededor en aquel círculo de lectura, conduce a Aramburu a un replanteamiento de sus ideas previas y, sobre todo, a esta hermosa conclusión: "Gente desconocida y sensible dignifica la literatura. Y la hace posible".

sábado, 28 de noviembre de 2009

Memoria y escritura



De un libro que acabo de leer y que me ha impresionado mucho, "La fiesta del oso", de Jordi Soler, dejo aqui una sola frase: "Lo que puede hacerse contra el olvido es muy poco, pero es imperativo hacerlo". Una buena reflexión para el problema tan debatido de la recuperación de la "memoria histórica", pero también para la necesidad personal que todos tenemos de comprender y de contarnos nuestra propia historia: lo que somos, lo que fuimos, lo que fueron nuestros abuelos, padres... En el caso de Soler, sus antepasados catalanes republicanos que tuvieron que escapar por el Pirineo, camino del exilio, en los finales de la Guerra Civil. Leer a Soler invita a afinar en lo posible las versiones de aquello que fue, a indagar y reconstruir, si todavía se puede. Algo parecido me movió en mi galería de personajes de "Un mortal sin pirueta". Escribir cobra bastante sentido cuando se vuelve tarea de rescate y recuperación.

(P.S: Si os apetece echar un vistazo a la reseña que he publicado hoy, 11 de diciembre, acerca de "La fiesta del oso" en El Cultural de El Mundo, este es el enlace:
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26282/La_fiesta_del_oso

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Buscando a Heinrich Mann


Estos días atrás había empezado a leer un grueso libro de Heinrich Mann que encontramos a muy buen precio en nuestro veraneo en Berlín: "Zur Zeit von Winston Churchill" (En la época de Winston Churchill). Estaba enterándome, por ejemplo, de cómo el escritor alemán supo cuál era el momento oportuno para abandonar Berlín antes de que los nazis se le echaran encima (el embajador francés le indicó con sutileza que las puertas de su casa en la Pariser Platz estaban abiertas para cuando lo necesitara, etc. Esa misma Pariser Platz que ahora afortunadamente es centro de alegría, acogida y celebraciones). El caso es que la lectura de la exigente prosa alemana de Heinrich Mann me hizo recordar su célebre libro "El súbdito" -que leí en castellano en los tiempos de universidad en una edición de Bruguera que tenía mi hermano y entonces me impresionó mucho-. Así que decidí comprar un ejemplar (no puede uno seguir molestando a los hermanos pasados los cuarenta). Pensé que sería fácil encontrarlo, pues yo lo consideraba uno de esos clásicos que forzosamente se siguen reeditando. Después de mirar y remirar por los imposibles estantes de la Casa del Libro de Gran Vía, tiene lugar este inquietante diálogo con una dependienta de veintitantos (no puedo llamarla "librera" por lo que se verá):
--¿Por favor, tendría "El súbdito", de Heinrich Mann?
--¿Cómo es el nombre?
--Heinrich
--¿Henry?
--No. Heinrich, es alemán. Ya sabe, el hermano de Thomas Mann...
(Esta información no parece decirle gran cosa, me mira con cara de quién será ese tal Thomas). Después de asegurarle que Heinrich Mann es el autor de Profesor Unrat (El ángel azul) y de mencionarle incluso a Marlene Dietrich, le deletreo "H-e-i-n-r-i-c-h" y le indico que Mann "es con dos enes", ella corrige malhumorada sobre la marcha en la pantalla del ordenador y sentencia: "No. No existe. Descatalogado".
Hablo aliviado con libreros de verdad en la librería Alberti de Argüelles (Santi, Miguel y Lola). Santi trata de dar con una reedición en Edaf pero al cabo de unos días me confirma que "El súbdito" se ha vuelto inencontrable. A él también le sorprende que sea así. Tendré que leerlo en alemán, o molestar a mi hermano. En Alemania hasta han rodado una impresionante serie televisiva acerca de esta familia de escritores y artistas. ¿Es posible que los Mann se estén diluyendo?, ¿que estén pasando a peor vida? Camino por la calle Princesa hacia el intercambiador de la Moncloa, nueve de la noche, aire frío, pienso en las pocas librerías de verdad que van quedando en Madrid, pienso también en la dificultad de encontrar buenos CDs de música clásica, hace unos pocos años aún no era así. Pienso en las toneladas de basura televisiva que la gente traga con tanto gusto acerca de las miserias de los famosos: el clan de los no se qué, la herencia de los nosecuantos, el hijo secreto de... Me viene a la cabeza una sola palabra: empobrecimiento.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Leer a Ingrid Noll


Hace algunos años, mientras trataba de mejorar mi alemán, tomé una decisión que, estoy convencido, resultó con el tiempo bastante “sabia”: entretenerme, olvidarme del rigor de las decenas de gramáticas, manuales y métodos que llenaban mis estanterías -y no paraban de recordarme cuánto me faltaba aún por saber y dominar y qué alambicadas construcciones me estarían siempre vedadas-, y lanzarme a leer en el original las novelas de una autora que parecía mezclar a partes iguales calidad literaria, diversión, intriga… Se trataba de Ingrid Noll, una escritora a la que suele definirse como la Patricia Highsmith alemana y a quien le viene pequeña la etiqueta de “novela negra” que suelen adjudicarle. Quizá le corresponda mejor eso que los alemanes llaman “Psychokrimi”, pues si algo hay en el tratamiento de sus personajes (en sus malas y malos cotidianos: sobre todo malas), es el énfasis en el refinado detalle psicológico. Pero lo que más recuerdo de mis viajes en autobús atrapado por la trama de “Selige Witwen” (Viudas dichosas) o “Der Hahn ist tot” (El gallo ha muerto) es la diversión, la guasa con la que Noll es capaz de tomarse a sí misma y al mundo que la rodea. Lo más curioso es que yo la leía pensando que, por su modo de sentir y de expresarse, se trataba de una autora joven, que como mucho andaba por los cuarenta, y descubrí después que se trataba de una mujer nacida en 1935. Aunque decidí no retirarle el calificativo de “joven”, pues sólo hay que leerla para comprobar su verdadera edad, o echar un vistazo a la manera alegre y colorista de vestir que luce en la mayor parte de las fotografías de autora que por ahí circulan. Al parecer, sólo empezó a publicar hacia 1991 cuando sus tres hijos ya se independizaron y quedó también algo más liberada de su labor de ayudante en la consulta de su marido médico. Supongo que escribo todo esto porque el otro día, en el mostrador de novedades de la Librería Rafael Alberti del barrio de Argüelles, vi por casualidad traducido el libro “Donde nada florece” (Editorial Circe) y eso me hizo recordarla (y volver a sentir ganas de releerla). En una búsqueda de Google he podido descubrir que la editorial Circe lleva traduciendo y publicando a Ingrid Noll desde hace años y que uno puede encontrar en castellano nada menos que ochos títulos: “Donde nada florece”, “Como una dama”, “Falsas lenguas”, “Malos hermanos”, “Benditas viudas”, “La rosa roja”, “El amor nunca se acaba” y “La farmacéutica”. Una buena razón para leerla o releerla, para descubrirla o volver a dejarse llevar por unas páginas que conjugan la calidad literaria, el humor, lo mejor del buen suspense y eso que suele llamarse “sabiduría de la vida”.

lunes, 5 de octubre de 2009

"LA NOCHE, LAS LUCES". Clemens Meyer



Acabo de terminar la traducción del alemán de la colección de relatos "Die Nacht, die Lichter" (La noche, las luces) de Clemens Meyer, una tarea en la que he estado sumergido desde mediados de junio hasta primeros de octubre. El libro, que a mí me parece extraordinario, por lo que traducirlo ha sido una experiencia apasionante, aparecerá en unos meses en la editorial Menoscuarto. (En Alemania se publicó el año pasado en la célebre editorial Fischer). Es sabido que traducir es una tarea dura y exigente, pero se vuelve gratificante y estimulante cuando uno recorre una galería de personajes tan impactante como la que contiene esta obra. Así que ahora vivo en plena orfandad, un trastorno que podríamos llamar “el hueco o el vacío de Meyer”, la huella de un gran texto. Menos mal que este verano compré en Berlín también su novela “Als wir träumten” (Cuando soñábamos) y ya la llevo de aquí para allá en el autobús. Clemens Meyer es aún un autor desconocido en España. No así en su país, donde pasa por ser una de las voces más interesantes y prometedoras de la nueva narrativa alemana. Nació en 1977 en Halle/ Saale, población de la antigua Alemania del Este cercana a Leipzig, la ciudad en la que hoy reside. La experiencia de su niñez y adolescencia de alemán oriental determina buena parte de sus temas literarios. Tras el bachillerato trabajó en la construcción y también como empleado de mudanzas, vigilante, o conductor de carretillas elevadoras en grandes almacenes. De 1998 a 2003 alternaba estos trabajos -muchos de ellos nocturnos- con sus estudios en el Instituto de Literatura Alemana de Leipzig. En 2001 obtuvo el Premio de Literatura MDR. Su primera novela, "Cuando soñábamos" (Als wir träumten), publicada en 2006, supone todo un retrato de su generación, jóvenes marcados por el antes y después de la caída del Muro. Con esta ambiciosa obra pasó del anonimato a la celebridad, al obtener ese mismo año el Premio de Literatura Rheingau y el Premio Mara Cassens. En 2007 recibió la Beca literaria Märkisch y el galardón de promoción para el Premio Lessing, así como el prestigioso premio Clemens Brentano. Esta colección de relatos "La noche, las luces", publicada en 2008, se ha reconocido con el Premio de la Feria del Libro de Leipzig. Ina Hartwig, miembro del jurado, dijo: “Destaca por su elegancia lingüística. La noche, las luces es un libro escrito en sorprendente y conciso lenguaje que retrata las esperanzas humanas pintadas en un fondo de radical imposibilidad de cumplirse".
Os pongo aquí algunos de los elogios que la crítica le ha dedicado:
“Este tono cautiva desde el comienzo. Meyer escribe de un modo tan magistral, sabio y compasivo como ningún otro lo ha hecho desde hace largo tiempo”
(Die Zeit)

“Un libro como un puño. Semejante debut, tan poderoso y firme, no lo ha vivido la literatura alemana desde hace mucho. Un libro repleto de furia, tristeza, pathos y locura”. (Felicitas von Lovenberg. Frankfurter Allgemeine Zeitung)

“Desde luego que Meyer es increíblemente joven. Pero así es como suele ocurrir con los grandes escritores. Emergen de repente y los colegas se rascan la cabeza llena de canas preguntándose: ¿Cómo puede ya llegar tan lejos?”
Sten Nadolny
“Un libro conmovedor. El monumento a una juventud. Una pieza de magia”.
Sten Nadolny

“Meyer sabe de lo que escribe. Rara vez hubo en la literatura alemana un libro que se haya ocupado con tanta sabiduría y afecto de figuras empujadas al, así llamado, margen de la sociedad”.
Welt am Sonntag

Espero que os animéis a leerlo cuando salga y que lo disfrutéis tanto como yo, no todos los días da uno con un libro como este.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Berlín. Verano 2009


Fotografia tomada por Antonio Calabuig en lo alto de la Siegessäule (Columna de la Victoria). Berlin.

Ya de vuelta en Madrid después de dos semanas en Berlín. La última vez que había estado allí era en el verano de 1999. Así que ya diez años. En diez años una ciudad cambia tanto que hasta necesitas hacerte con una guía nueva porque la otra se ha quedado corta y desfasada, y más aún en una ciudad como esta, sometida a permanente reconstrucción, la famosa "Wiederaufbau" de los alemanes, su capacidad para levantar y levantarse una vez y otra, su necesidad de reconstruir que a veces linda con la obsesión tecnológico-innovadora. Solares que en el 99 aparecían repletos de vallas, grúas y forjados, que ahora, en 2009, son ya gigantescos centros comerciales con cines, tiendas y restaurantes, todo bajo el resguardo de la gigantesca cúpula acristalada del Sony Center de la Potsdamer Platz. La obsesión por el cristal, por esos edificios que desmienten el viejo hormigón de tiempos grises con la superposición de afiladas quillas transparentes que parecen cortar las esquinas. El enfrentamiento permanente y bien avenido de lo viejo y lo moderno. Cerca del naufragio fragmentado de la destrozada iglesia en recuerdo del emperador Guillermo (que aún parece humear por los bombardeos, mientras la gente hace sus compras en tiendas lujosas de la Ku-damm), junto al edificio de la Mercedes y su estrella giratoria, se anuncia y progresa ya un altísimo edificio futurista que será “ventana del zoo”. En diez años también tú cambias mucho, tenías 33 y has vuelto con 43, y ahora ya no vas tanto a tu aire sino que paseas a pie o en bicicleta con tus hijos de 8 y 6. Por 12 euros puedes tener tu bicicleta un día entero, hasta las ocho de la tarde, y, si es domingo, creerás a media mañana que te han dejado para ti la ciudad entera, para que la recorras de punta a punta sin cansarte o veas pasar veloz la estela de un grupo de patinadoras, zumbando inclinadas con las manos a la espalda para lograr la mejor aerodinámica, delante de ellas un coche con música y el cronómetro de carrera. Berlín es tan llana que no necesitas apenas cambiar marchas en tu bici, tal vez encuentres por casualidad una cuesta corta allá por la isla de los museos. Con los niños haces cosas que en el pasado no hiciste, recorres a la carrera lo alto de la cúpula de la Berliner Dom, vas a los parques con columpios, bomba de agua y tirolina cerca de la Savignyplatz, te haces fotografías en el Checkpoint Charlie junto a un par de tipos sonrientes, figurantes disfrazados de soldado francés y americano, compras camisetas-souvenir con la palabra Berlín o leyendas del muro, entras en tiendas de soldaditos de plomo y juguetes de madera, visitas la fortaleza de Spandau. Junto a la Puerta de Brandenburgo un anciano con casco y casaca prusianos toca un organillo y contrasta con la rubia uniformada con la que también puedes fotografiarte. Bebes de nuevo Berliner Kindl y Berliner Pilsner y tras dos semanas tienes que comprarte, como hace diez años, una maleta nueva para dar cabida a tanto libro como te has ido comprando en tu librería favorita, que no es Hugendubel, sino, como en el pasado, la Dussmann de la Friedrichstrasse. Te anima que el camarero o la señora de la marquesina del autobús elogien tu buen alemán, por el que ya has pasado tantas fases y desvelos. Muchas coincidencias parecían este verano llamar a Berlín: mi hermano Alejandro cubría allí las noticias del Mundial de atletismo para su revista Runner´s World, Joaquín Rodriguez me había enviado hace unos meses su última novela “Mediodía en Mitilene”, que tiene mucho del mundo de la antigua Alemania del Este, y precisamente yo terminaba estos días en Berlín, en nuestro piso de la Dahlmannstrasse de Charlottenburg, una reseña para El Cultural acerca del último libro de Roberto Ampuero, “El caso Neruda”, buena parte del cual transcurre también entre stasis y espías del antiguo Berlín oriental del año 73. Hay viajes que se quedan en viajes, y otros que son experiencias.

sábado, 25 de julio de 2009

Reseña en ABC de las Letras sobre "Un mortal sin pirueta"


Creo que mis relatos de "Un mortal sin pirueta" han corrido bastante buena suerte. Ya tuvieron reseñas elogiosas en El País (Babelia) y en El Mundo (El Cultural) meses atrás
Y ahora, cuando de verdad creía que el ciclo "público" del libro estaba terminado, ha aparecido (una auténtica sorpresa) en el ABC de las Letras del pasado sábado 18 de julio un artículo muy elogioso de Juan Ángel Juristo. La fotografía que le he sacado no es muy buena, pero creo que puede leerse.

miércoles, 15 de julio de 2009

Del escribir interior. A propósito de Bolaño



Si uno no anda con cuidado, después de publicar un libro, al nivel que sea, puedes volverte un completo idiota que pasa el día esperando e-mails o alertas de Google en las que se te nombre o se te reconozca (y, como dice la gente, hablo “por experiencia propia”, por mi experiencia tras la publicación de Un mortal sin pirueta). En aquella película de Fassbinder era el miedo el que devoraba el alma, pero qué decir de la ansiedad, la preocupación excesiva por la promoción, las ventas, las opiniones de unos y otros, las comparaciones con este u otro autor... todas esas cosas que pueden hacer que olvides y desatiendas justo lo esencial: eres un escritor que tiene que vérselas a solas (en un interior) con los textos. Con ansiedad no puedes escribir ni de la ansiedad. Y qué alegría recuperar la calma, la tranquilidad necesaria para seguir progresando y trabajando en un nuevo texto sin medirte con nadie, ni con nada más que tu propio escrito y sus evoluciones. En eso trato de estar ahora, en el buen y único camino, en lo único de verdad literario. Enlazando con mi entrada anterior (“Salir del mundo... literario”), se trata de un logro de algo parecido a la humildad, parecido a una disolución del yo, un quitarse de en medio, una renuncia natural que, al llevarla a cabo, casi ni importa, relaja, es un dejarse caer. Tal vez Roberto Bolaño lo expresó como pocos en “2666” cuando su personaje del profesor inválido Morini se queda en la casa de Turín y no puede acompañar a México a sus tres compañeros (Liz Norton, Pelletier y Espinoza). Bolaño escribe: “él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”.

lunes, 8 de junio de 2009

Salir del mundo... literario

Juan Eduardo Zúñiga
"Romanticismo"
Manuel Longares

Siempre me chocó la expresión "salir del mundo" referida a la actitud de los monjes medievales que (convencidos de la maldad intrínseca de un mundo repleto de pecados) decidían apartarse, recluirse, retirarse de la compañía de sus semejantes. Creo que se decía también "salir del siglo". Ahora he vuelto a recordar estas expresiones, quizá porque la semana pasada, el jueves 4 de junio de 2009, asistí en la Biblioteca Nacional al homenaje al, ya octogenario, Juan Eduardo Zúñiga, organizado por el profesor Fernando Valls (director de la colección en la que publiqué mi Un mortal sin pirueta) y que contó con la participación -en la mesa de ponentes- de Gonzalo Sobejano, Santos Sanz Villanueva, Ricardo Menéndez Salmón, Alfons Cervera y Manuel Rico. "Salir del mundo" y "salir del siglo", podrían aplicársele a un Juan Eduardo Zúñiga que siempre cosechó fama de apartado y reservado, de escritor que desempeña su tarea con humildad y en silencio. El propio Fernando Valls escribe de él para el homenaje: "Hay escritores que están ya en la historia literaria, sin hacer ruido, sin haber tenido apenas reconocimiento público (...) con la más absoluta discreción ha ido componiendo, a lo largo de seis décadas, entre susurros, una obra literaria que perdurará más allá de nuestro tiempo". Recuerdo a otro hombre discreto entre los discretos, el novelista, cuentista y cronista de esta villa Manuel Longares, cuyo libro "La ciudad sentida" contiene una emocionante breve semblanza de Juan Eduardo Zúñiga en cuyas últimas líneas se lee: "y cultiva la escritura en una soledad radical (...) con la humildad del que ejerce una tarea indiferente para los demás, pero tan entrañada en su vida que renunciará a lo que le impida desarrollarla. De esta manera, con la tenacidad de la hormiga por no abandonar su surco, Juan Eduardo Zúñiga levanta su obra". Curioso que, a su vez, de Manuel Longares escriba Juan Carlos Peinado, en la introducción a Romanticismo que ha publicado Cátedra: "escritor curtido en el apartamiento (...) reivindicación del silencio y de la renuncia ascética (...) dedicación a la escritura en régimen de reservado sacerdocio". Se trata de un "encierro" muy diferente del de, digamos, Álvaro Pombo, autor también de interiores y guaridas, que aparece en público en contadas, elegidas ocasiones, pero sabe hacerlo con gran efecto combinado de tsunami y chispeante nit del foc, castillo de fuegos y traca pombiana inolvidable. Longares, en cambio, más zuñiguiano, entiende la literatura como "una apuesta en el tiempo que suele implicar una falta de respuesta en vida". El escritor es para él "un asceta que sacrifica su presente por una ilusión de futuro". Pienso en estas cosas, en estas "salidas del mundo" (Luis Landero sería otro ejemplo) y no cuestiono si son actitudes auténticas, esto no lo pongo en duda. Lo que me asombra es el grado de dificultad que entrañan y si es posible vivirlas con tanta conformidad e incluso alegría, sin desfallecer o lamentar no haber corrido mejor suerte. Porque todo el que está en esto de la escritura, sabe que pocas cosas duelen más que la sensación de ser invisible, insignificante, que nos invade cuando aún no hemos publicado o cuando, habiéndolo hecho, disfrutamos de una dimensión y promoción modestas. Quizá Zúñiga y Longares hayan conseguido, después de todo, perfeccionar una tarea heroica: aquella que Rilke elogiaba en su Requiem por una pintora muerta: "Und wolltest nichts, als eine lange Arbeit" ("Y no querías nada salvo una larga obra").

viernes, 8 de mayo de 2009

La poesía de Joan Margarit




Hace justo dos semanas, tuve la suerte de asistir al recital de poesía que el poeta catalán Joan Margarit (Premio Nacional de Poesía 2008) celebró en la librería Rafael Alberti de Madrid. Margarit presentaba su nuevo libro, “Misteriosamente feliz”. Descubrí a Margarit hace unos años, en su libro “Estació de França”. De aquella colección me atrapó, sobre todo, un texto que se titula “Piscina” en el que un hijo rememora al padre que le enseñaba a nadar. Como en muchos de sus escritos, el giro inesperado, el latigazo final, aparece en los últimos versos:

No le temía al agua, sino a ti,
era tu miedo lo que yo temía,
y este lugar profundo
donde desaparecen las baldosas
Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún
la fuerza de tus brazos obligándome
mientras trataba de abrazarme a ti.
Aprendí a nadar, pero más tarde,
y olvidé muchos años aquel día.
Ahora que ya nunca nadarás,
veo a mis pies el agua azul, inmóvil.
Comprendo que eras tú quien se abrazaba
a mí para cruzar aquellos días.

Aquel libro era de 1999. Diez años después, sentado en un taburete de la librería Alberti, va “diciendo” al micrófono sus nuevos poemas. Es un hombre grande, corpulento, de 71 años. No es de esos poetas que declama sobreactuando, tampoco de aquellos otros que recita con la frialdad de quien sólo levanta escueta acta notarial de sus palabras. Joan Margarit lee sus textos con absoluta tranquilidad y voz serena, clara, sugerente, grave. Cada poema resulta una historia de la vida, su vida. Cada verso, experiencia propia. Escuchamos, pero más bien diríamos que vemos. “Misteriosamente feliz” es tan hondo, auténtico y sin pretensiones como Margarit, como su manera cercana de leer. En el turno de preguntas se lo hago ver, le agradezco la autenticidad de sus poemas y el modo también auténtico de transmitirlos. Él me agradece, a su vez, mi comentario, agradece que la figura del poeta no estorbe al ponerse delante del texto, pues hay a quien sí le molesta. Dice ser un instrumento que interpreta poemas: llegada una edad, la vida y sus vicisitudes, las penas, los dolores, van configurando un instrumento, mejor o peor, y que tampoco todos los días suena igual –aclara-. Tratándose de él, pienso en un contrabajo de la mejor de las maderas, uno que gana con el tiempo. Después tomamos algo en grupo en un bar, somos ahora ocho o diez. No he querido presentarme, por así decirlo “mostrando mis credenciales”. No he querido imponerme con un estúpido recitativo que lo fagocitara a él y deshiciera el encanto, algo como: `Verá, soy crítico de El Cultural de El Mundo y además he publicado un libro de relatos, “Un mortal sin pirueta”, que creo está en sintonía con sus propias historias y podría gustarle´. Con Margarit la vanidad hay que dejarla a un lado, Margarit es de verdad. Me alegro de haber sido uno más entre el público, uno que levanta la mano y participa, uno que en el bar pide luego una Coca-Cola. ¿Acaso es poco?

miércoles, 15 de abril de 2009

Desarraigarse es fácil


Estampa antigua de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia

Sólidas raíces. Tener o echar sólidas raíces. Eso debería esperarse de uno, formar parte de una identidad fuera de dudas. Tarde de viento, lluvia y frío en la Playa de la Malvarrosa hace sólo unos días, estos días atrás de Semana Santa. Allí, el comentario de una persona cercana teñido de extrañeza: "¿Pero cómo? Todos estos años he pensado que eras valenciano. Qué decepción. Así que naciste en Madrid". Me veo y siento absurdo en el acto de justificarme, defendiendo una supuesta "valencianidad" básica, un origen, apelando a mi abuelo y padre, ambos como yo Ernestos Calabuig. Mi abuelo, de Xativa, toda mi familia valenciana por parte de padre, allí mismo, habitantes de aquellas tierras desde hace siglos, seres reales, contemporáneos al alcance de la mano, personas de carne y hueso a las que se puede visitar, vivos y difuntos, el recuerdo de tantos veraneos incesantes y semanas santas de mi infancia en aquel apartamento de Cullera... ¿Y qué? ¿Cuánto suman? Yo ya nací en Madrid, soy gato, castizo, efecto de una deriva, consecuencia del traslado de mi abuelo desde la Telefónica de Valencia a la de Madrid en tiempos de posguerra franquista. Dejé de oír el valenciano con continuidad cuando mi abuelo falleció, yo tenía unos diez años. El valenciano es ahora sólo un sonsonete familiar, querido, una lengua-souvenir que yo no hablo, de la que sólo he retenido algunas expresiones y palabras, y que sólo la buena memoria o mi buen oído me permiten imitar. Uno puede imaginar y evocar generaciones consecutivas de valencianos de interior, familiares míos que tal vez hasta "perchaban" en la Albufera y encontraban dificultoso "parlar castellà", pero el comentario del otro día en plena Malvarrosa me vuelve consciente de mi desarraigo y de la perplejidad, el vértigo, de que basten una o dos generaciones y un cierto grado de azar para soltar amarras y ser, por completo, otro.

martes, 24 de marzo de 2009

Sobre la permanencia y el valor de lo que uno escribe


Klaus Mann (1906-1949)
Es una gran noticia que acabe de reeditarse en español "La danza piadosa" (Der fromme Tanz) de Klaus Mann (editorial Cabaret Voltaire), una novela realmente polémica cuando apareció en la Alemania de 1926, en aquella República de Weimar. Sobre la posible permanencia y valor de lo que uno va escribiendo, quiero citar una frase de una carta de este hijo mayor de Thomas Mann. Vivió sólo 43 años y las dos guerras mundiales le pasaron por encima, como a Döblin, como a Stefan Zweig, como a tantos otros. La frase, escrita en el convulso 1936, es ésta: "Tengo casi treinta años y a los quince empecé a vivir consciente y apasionadamente, por lo tanto, en estos quince años he amado y sufrido mucho. También he trabajado mucho. Quién sabe qué permanecerá de todo ello, quién puede arriesgarse hoy (¡hoy!) a decidir; tengo razones para confiar en que no se pierda todo y, en cualquier caso, sé que algunas cosas que he hecho tuvieron la fuerza suficiente para consolar o estremecer a las personas, y que significaron algo para ellas".

lunes, 9 de marzo de 2009

La crítica literaria como reivindicación


El escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia

Una de las satisfacciones reales que tiene esta labor de crítico a la que me dedico, es que, de cuando en cuando, tiene uno la posibilidad de reivindicar la valía de textos de autores que hace tiempo nos dejaron, a veces de modo dolorosamente prematuro, dramático, con el silencio de un corte brusco, o con el corte brusco tras el que sólo cabe y queda silencio. Me ocurrió con Ingeborg Bachmann y Sebald (la primera, víctima de un incendio en su apartamento de Roma, el segundo, de un choque de automóvil en una carretera inglesa). También tuve esa experiencia con Haroldo Conti (secuestrado y desaparecido por los esbirros de la dictadura argentina). La pasada semana publiqué en El Cultural de "El Mundo" una reseña del autor mexicano Jorge Ibargüengoitia, que a sus 55 años era pasajero de aquel avión de Avianca que se estrelló en 1983 en su equivocada maniobra de aproximación al aeropuerto de Barajas. Este es el enlace de mi reseña (http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/24873/Revolucion_en_el_jardin ), pero en quinientas y pico palabras nunca cabe todo. La libertad de este blog, me permite ahora citar al azar algunas ocurrencias, a menudo irónicas, de su "Revolución en el jardín", compartirlas con quien por aquí se asome:
  • (De un viaje a Cuba en 1964): "Cerca de la administración (del Hotel Habana Libre) había muchos intelectuales latinoamericanos discutiendo el porvenir de la humanidad, tratando de decidir a qué cabaret iban, o esperando a una señora que había ido al baño".
  • (De ese mismo viaje): "Subimos al coche, que era tan largo que nunca llegué a la punta para averiguar la marca" o "Era (el viceministro) un hombre dinámico y de gran valor. Lástima que haya perdido dos horas conmigo" o "Algunas mujeres se vestían de miliciano, con camisa azul y pantalones verde olivo, con un zipper (cremallera) larguísimo en la parte de atrás. Este zipper provoca en el extranjero el deseo de bajarlo a traición, deseo que se resiste solamente al ver la pistola que generalmente lleva en el cinto la dueña de los pantalones" .
  • "Tomaría precauciones para distinguir la palabra `intelectual´de la palabra `inteligente´".
  • "Todo autor sabe que tiene sus enemigos. Yo me los imagino con la cara borrada y manos amarillentas que les tiemblan cuando leen mi columna".
  • ¿Seré escritor de tercera o genio que está perdiendo el tiempo? Dentro de mí puedo decir: soy el escritor que estaba destinado a ser, ni mejor, ni peor".
  • (Analizando "El ultimo tango en París"): "... sino que (los personajes de Brando y Maria Schneider) salen del apartamento y se meten en sus respectivas vidas, que, dicho sea de paso, resultan mucho más sórdidas que la pornografía".
  • "Unos amigos míos de la infancia, de familia muy devota, tenían como argumento para demostrar la existencia de Dios el siguiente: Sé sincero -le decían al presunto ateo-. ¿Verdad que cuando llega la Navidad te sientes invadido por un calorcillo interior que te llena de felicidad completamente inexplicable? Es que es sobrenatural, Dios la ha puesto en tu corazón".
  • "Me quedé pensando: el pintor, lo mismo que el escritor, no sabe lo que hizo hasta que es demasiado tarde".
  • "`Al que madruga, Dios le ayuda´, que es una afirmación que carece de fundamento histórico".
  • (Comparando otras profesiones con la de escritor): "Un ingeniero se pone Ing. antes del nombre, y cuando su mujer llega a la casa, le pregunta a la criada: -¿Ya llegó el Ingeniero? Ninguna esposa de escritor le ha preguntado nunca a ninguna criada si ya llegó el Escritor. Entre otras cosas, porque lo más probable es que no tenga criada. Y porque sabe que su marido no ha salido: está en su cuarto, frente a la máquina, devanándose los sesos".
  • "El turista, cuando viaja, cree que está volviéndose internacional. El que lo recibe, en cambio, con sólo verlo se vuelve nacionalista".

viernes, 6 de marzo de 2009

Coetzee, Haroldo Conti y "Vals con Bashir": ¿Cómo hablar del mal?







Una de las reseñas que el año pasado escribí para El Cultural de El Mundo trataba de los Cuentos completos de Haroldo Conti, uno de los grandes maestros del relato, que tuvo la desgracia de ser secuestrado en su domicilio en 1976 por los monstruos de la dictadura argentina y “desaparecer” para siempre a la edad de 51 años. Recuerdo cómo me impresionaron algunos de sus cuentos, verdaderas obras maestras, pero también el tremendo efecto que me produjo que la edición de Bartleby editores, estuviera precedida de un prólogo de García Márquez (buen amigo de Conti) que se correspondía con el artículo que el colombiano escribió en El País en 1981, anunciando al mundo la noticia segura de que Conti había sido asesinado. El prólogo, hermoso y terrible, proporcionaba todos los detalles del último día en libertad de Haroldo Conti, las últimas pinceladas del cuento que había estado escribiendo esa misma mañana en su despacho, la ayuda en las tareas escolares a sus hijos, cómo salió al cine con su esposa y al regresar encontraron instalados en su casa a los verdugos, las torturas, las vejaciones, la dolorosa separación… Treinta y tantos años después, el recuerdo minucioso y sin disimulos de lo que ocurrió, producía en nosotros dos sensaciones: por un lado, agradecimiento por lo que es de justicia (que toda la verdad se sepa), por otro: terror, repugnancia, asco por la barbarie de que es capaz el “ser humano”.
Una película reciente (Vals con Bashir) y un libro de Coetzee (Elizabeth Costello) hacen que siga dándole vueltas a este asunto del tratamiento del mal y la necesidad de hacer memoria. La película, israelo-francesa-alemana (que ganó el Globo de Oro y a punto estuvo de conseguir también el Oscar a la mejor película extranjera) cuenta la historia del propio Ari Folman (director), cuando no era un cineasta, sino un joven soldado israelí enviado a tomar parte en la guerra del Líbano a comienzos de los ochenta durante la terrible masacre de Sabra y Chatila. El esquema de la narración: la memoria de Ari parece haberse defendido de aquel horror con el paso de los años borrando inexplicablemente aquellos acontecimientos que a otros dejaron tanta huella. Por ello la película es una investigación, una reconstrucción a partir de los testimonios de quienes allí estuvieron y sí recuerdan e incluso quedaron en adelante desquiciados. Como Edipo, el protagonista quiere a todo trance saber, aunque sus pesquisas no hagan sino acorralarlo conforme revelan la parte de culpa que le correspondió. Asumir la culpa puede ser liberador aparte de angustioso. El director elige para su cinta el formato de un raro comic documental, que subraya el carácter onírico de la experiencia regresiva, pero además parece funcionar como un filtro para el espectador ante el espanto del mal en estado puro.
Quiero ahora referirme a J. M. Coetzee, a su tratamiento del “problema del mal” en la obra Elizabeth Costello. Elizabeth Costello –alter ego del autor en este libro- es una escritora australiana anciana que recibe una invitación para participar en Amsterdam en un ciclo de conferencias en torno al asunto del mal. Ella acaba de leer un libro de Paul West que la ha dejado abatida, acerca del famoso complot de un grupo de oficiales nazis liderados por Von Stauffenberg para atentar contra Hitler. Como se sabe, un intento fallido que les costó muy caro. Las descripciones brutales de Paul West acerca de la salvaje ejecución de los conspiradores, el detalle morboso del ritual y las palabras brutales, vejatorias, que el verdugo dirigió a aquellos ancianos antes de ejecutarlos en aquel sótano de los horrores, hacen que Elizabeth Costello sienta que las palabras de West insuflan nueva vida al mal puro, incluso a lo diabólico. Ella, partidaria de la verdad y del recuerdo, se pregunta, sin embargo, no sólo si era realmente necesario ese lujo “obsceno” de detalles, sino también si es posible que un escritor o un lector salgan indemnes después de relatar o leer algo semejante. Costello no invita a la desmemoria, pero plantea que tal vez sea mejor que los genios malignos reposen para siempre en el interior de su botella. Sobre ese tema versa su conferencia, y la casualidad hace que el mismísimo Paul West esté en la lista de ponentes e incluso se aloje en el mismo hotel que ella. Un espectador dirá tras su charla que lo que le ocurre a Costello es que es un “recipiente débil”, de poco aguante. No puedo, ni quiero ahora desvelar el resto. Como suele decirse, los libros están para leerlos. Me limitaré a citar a modo de enumeración algunos fragmentos que me han impresionado en este asunto de cómo abordar el mal en las narraciones.
“¿Es posible que aquella noche hubiera testigos que (...) antes de que se les borrara la memoria para salvarse a sí misma, escribieran, con unas palabras que debieron de calcinar la página, un relato de lo que habían visto?”
“Obscenidad. Esa es la palabra… significa fuera de escena. Para salvar nuestra humanidad, ciertas cosas que tal vez queramos ver (¡queremos ver porque somos seres humanos!) deben permanecer fuera de escena”
“¿No tendría que ser capaz de oler el mal? ¿A qué huele el mal? ¿A azufre? ¿A pedernal? ¿A Zyklon B? ¿O acaso el mal se ha vuelto incoloro e inodoro, como la mayoría del resto del mundo moral?”
“Tenemos que tener cuidado con los horrores como los que usted describe en su libro. Nosotros los escritores (…) Porque si lo que escribimos tiene el poder de hacernos mejores, seguramente también tiene el poder de hacernos peores”.
“Me tomo en serio el hecho de que los lugares prohibidos están prohibidos. El sótano en que fueron colgados los conspiradores de julio de mil novecientos cuarenta y cuatro es uno de esos lugares. No creo que ninguno de nosotros tengamos que entrar en ese sótano. No creo que el señor West tuviera que ir allí. Y si decide ir a pesar de todo, creo que no deberíamos seguirlo. Al contrario, creo que habría que levantar barrotes frente a la entrada del sótano, poner una placa de bronce que dijera: `Aquí murieron…´ y debajo una lista de los muertos y las fechas de sus muertes y ya está”.
“Si la electricidad del mal saltó realmente de Hitler al verdugo de Hitler y de este a Paul West, seguramente West le mandará alguna señal”.