miércoles, 26 de febrero de 2014

El tema central de Kafka

A veces hay frases omniexplicativas que parecen resumir o contenerlo casi todo en unas palabras, como estas de Canetti al nombrar el tema central de Kafka como "el miedo ante la supremacía del prójimo". Añade que el modo de librarse de ella es para Kafka o sus protagonistas "volverse pequeño".

lunes, 10 de febrero de 2014

MUCHNIK Y LA MEMORIA

En el último libro de MARIO MUCHNIK, "Ajuste de cuentos" (El Aleph Editores), la deriva de una de las historias lo conduce a uno de los muchos episodios terribles de la dictadura argentina, en este caso la represión en el ingenio azucarero Ledesma en la población de Libertador General San Martín, donde un policía, Kairuz (antiguo jugador de la primera división) se ocupó de comandar secuestros, asesinatos y torturas. Vivió con total impunidad y sin enfrentarse a la justicia ¡hasta 2005! La lucha de los familiares de los asesinados, la conversación de uno de ellos (un hijo) con Muchnik, propicia una hermosa frase: "no contaban con nuestra forma de tener memoria".

lunes, 3 de febrero de 2014

La crisis según Volpi

Se ha explicado ya de mil maneras el asunto de la actual crisis económica y sus causas. Hay también formas literarias de contarlo, y a mí esta de Jorge Volpi en "Memorial del engaño" (Alfaguara), en términos de una gran y prolongada desvergüenza, me gusta:
 "Un contagio sin precedentes o, mejor dicho, la mayor transferencia de capitales jamás orquestada desde la clase media hacia los multimillonarios (...) Lucraron con la crisis igual que antes lucraron con la burbuja y, salvo unos cuantos chivos expiatorios, conservaron sus primas astronómicas, sus paracaídas dorados, sus mansiones en los Hamptons y la Riviera, sus bacanales hollywoodenses y sus autos deportivos (...) Otros pagaron por su ambición y sus errores: 'ustedes'. La masa anónima que  durante dos décadas vivió a crédito, los pobres diablos que se creyeron el cuento de que poseer una casa equivale a ser el amo del castillo. Ustedes sí lo perdieron todo. Primero les arrebataron sus casitas y sus ahorros, luego su dignidad y al cabo hasta los infames servicios públicos (...) Los amonestaron los políticos de derechas y de izquierdas: 'gastaron demasiado, soñaron torpemente".

martes, 28 de enero de 2014

Presentación de "FIZ. PURO MARATÓN"

Con Martín Fiz y Alejandro Calabuig
Ayer, en la Cineteca del Matadero (Plaza de Legazpi, 8), asistí al estreno en Madrid de la película "Fiz. Puro maratón", dirigida por Rodrigo Moro y con guión de mi hermano, Alejandro (Alex) Calabuig. Mucho más que un documental al uso sobre la vida de este campeón europeo y mundial en maratón, la película sabe reflejar la emoción, el entusiasmo y la épica de todo un tiempo en el que nos acostumbramos a ver como algo normal que Fiz, Antón, Cacho... ganasen una competición tras otra al más alto de los niveles. La cinta nos habla de su esfuerzo, su entereza, su superación desde un origen humilde, toda una manera digna, honesta y generosa de estar en el mundo... Allí estaban,, acompañando al protagonista,  los propios Abel Antón y Fermín Cacho, junto con otros atletas míticos españoles: Antonio Prieto, Alberto Juzdado, Mayte Zúñiga y, como suele decirse "un largo etcétera" del atletismo español de toda una época dorada. Si os animáis a verla, aún queda un pase esta tarde en el mismo lugar a las 8 y media de la tarde.


martes, 21 de enero de 2014

ESCRIBIR LA VIDA. Eloy Tizón


Escribir la vida. Eloy Tizón
 

Muchos registros y maneras de contar contienen las “Técnicas de iluminación” de ELOY TIZÓN. Esa es una de sus muchas riquezas: que, en esta colección de relatos, su autor ha medido de modo paciente el cómo y el desde dónde quería acercarse a cada uno de los asuntos, con el tratamiento personal y literario que parecía corresponder en cada caso.  Es la adecuación del pintor no precipitado, que da un paso atrás y medita, sabiendo que las prisas o las expectativas propias y ajenas arruinarían, en este caso, no uno, sino diez lienzos: las diez historias en las que Tizón se embarca en estas Técnicas, que consiguen iluminar al final del camino. Bien saben los que meditan que nunca se parte de la iluminación, sino que la iluminación,  de haberla, se encuentra en todo caso al final del camino. De ahí que la visión del mundo que subyace y emerge en estas páginas proviene de un autor tan ambicioso (implacablemente exigente consigo mismo)  como humilde, al que sólo le interesa el hallazgo esforzado de la buena literatura, sin presunciones,  ruidos adjuntos,  o filigranas trilladas de escuela que recuerden a ese mismo traje de temporada demasiadas veces visto en los escaparates de ciudades tan parecidas, ese que se presenta una y otra vez como novedad. Así, en Fotosíntesis, primero de los textos, entramos suavemente en la particular mirada del escritor como obedeciendo a una invitación cordial porque él había dejado la puerta de casa abierta. Y enseguida acompañamos el caminar nómada de Robert Walser, acompasando nuestros pasos a los suyos (“Uno lleva el sendero en la sangre, nació con ello”). La verdadera vida es movimiento, se dice ahí. Y circundamos el mundo y los temas de Walser (la soledad extrema, la posibilidad/ imposibilidad de ser felices) desde la voz y la mirada poética de un narrador amigo, un admirador que también añora su ausencia y el hueco que dejó al morir. Sentimos con él la orfandad y la magnitud de una pérdida semejante, como una grieta que se abre en el suelo nevado de un camino imposible o demasiado grande para los hombres. Walser era un caminante, un Wanderer schubertiano, y también el asunto del caminar sin descanso (del perderse y del escapar sin saber si se va o se regresa, por paisajes vivos, o desolados como zonas de guerra y pesadilla) ocupa las páginas de la segunda pieza, “Merecía ser domingo”, evocación con notas surrealistas y líneas de fuga del mejor César Aira (pues también hay un Aira “malo”,  estéril o fallido) en torno a los complejos de adolescencia, a la timidez y el temor al ridículo por el modo propio de ser o de vestir. Tizón describe con viveza esa particular soledad aprendida en esos años, que tal vez nos acompaña ya para siempre. En medio de la prosa, como flores raras que son hallazgos reflexivos y verbales, emergen esas consideraciones que parecen confesiones personales en el oído del lector: “Y yo ya no puedo retroceder en el tiempo para defenderme y decirles que no, que yo no era tan impresentable, os lo juro (…) Busco una cabina de teléfono con línea directa al pasado. Si levanto el auricular, escucharé hablar en latín”. En esa inquietante región de la desemejanza, algunos lugares parecen manifestarse con signo cambiado: un bosque en el que los árboles se hayan vuelto, para los protagonistas en fuga, barrotes de jaula. Uno de los grandes cuentos es, sin duda, Ciudad dormitorio, con esa chica sola en un tren de cercanías yendo y regresando de su trabajo. Parece atravesar, de paso, las entrañas mismas de la propia ciudad y sus suburbios de droga, violencia y sueños que vienen demasiados grandes. En medio de la seriedad de la historia (el misterio sobre lo que ocurrió en un centro comercial que ve cada día a lo lejos, y en el que ella trabajó), desliza Tizón un humor landeriano: “La megafonía del tren estaba mal sincronizada, por lo que anunciaba a destiempo nombres de estaciones que ya habíamos dejado atrás, otras que correspondían a una línea distinta, o bien anticipaba con énfasis la llegada de destinos inexistentes, con nombres que parecían inventados por humoristas: Surtidor, Limonares, República”. Hay una “mirada social” en este relato de Tizón, una capacidad, a pie de calle, para saber qué tipo de personas pueden habitar calles y vagones de metro a ciertas horas, sus usos y sus costumbres, sus destinos arrastrados como pesadas cargas. Nos conmueve la soledad extrema del desdichado señor Toler, asomándonos a una insignificante tarde de domingo en su domicilio: “limpiando con un trapito húmedo el mando a distancia del televisor”. Y junto a esa percepción fina de la realidad, se superpone con frecuencia una hiperpercepción expresada en raras imágenes al otro lado de la ventanilla: masas de bosques de “violenta espuma verde” donde encontramos verosímil que los árboles hiervan o eructen pájaros. En el purgatorio urbano del mundo, resulta coherente la firme convicción de su protagonista: “Cuando nosotras nacimos, todo el amor del planeta se había gastado ya. Liquidado. Exhausto. Exprimido (…) El poco amor que quedaba estaba dicho en los libros, en las películas, en los telefilmes…” Y si se habla aquí de realidad e hiperrealidad funcionando juntas sin descarrilamientos, habría que atender a todo lo que surge y crece dentro de las narraciones de Eloy Tizón: el despliegue de las ocurrencias desborda y revienta las costuras del texto escueto o de su lograda técnica. Es entonces cuando, además de hacer literatura, el libro entero proclama vida literaria. El misterio de la trama puede quedar esbozado, difuminado, sugerido, como pendiente de resolución, porque el despliegue (el trayecto por el que Tizón nos ha conducido) era ya suficiente premio y narración poderosa. Otra gran pieza es “La calidad del aire”, con el deseo de perderse y desprenderse de todo de su protagonista, tras abandonar una fiesta en la que hubo un incidente (sólo apuntado) del que salió con los nudillos rojos y doloridos. Su deriva por la ciudad nos conduce a reflexionar acerca de la precariedad y la insignificancia del ser humano una vez que pierde sus objetos y posesiones. Tanto en Los horarios cambiados como en Manchas solares reflexiona el autor con lucidez sobre las incomprensiones de pareja, aunque de un modo bien distinto: en el primer caso aborda más bien el asunto del hastío de pareja una vez que todo parece dicho y hecho y todas las manías y rutinas confluyen en un insufrible conocimiento mutuo que suma cero: el “agotamiento de los actores en su décima toma”, agrediéndose verbalmente de continuo en discusiones estériles. Este relato propicia fértiles hallazgos descriptivos y enumerativos. En el segundo, en Manchas solares, nos coloca ante el estupor del marido abandonado que encuentra una nota de despedida de su pareja. Se trata ahora de cómo rehacer la vida, una vez que ésta nos sitúa de repente, sin avisos previos, en una posición en la que nos sentimos ridículos (y Tizón sabe explorar también la parte cómica del asunto). Es el no entender nada y tener que salir adelante, es también la puesta a prueba de convicciones y estatus que creíamos inamovibles. Hermoso y doloroso el choque entre expectativas y realidad en Volver a Oz. Un abismo que también está presente en la mujer trastornada (o lo que queda de ella tras ser fagocitada por una poderosa galerista de arte) de El cielo en casa. Difícil quedarse con un relato, digamos como “favorito”, pero a mí me arrastró, por encima de todas, esa evocación -que tanto tiene de despedida de un tiempo y de un modo de vida- llamada Alrededor de la boda. Gran cuento, tan humorístico como conmovedor y triste (y rebosante de fuerza expresiva) en el que se narra el viaje de tres amigos para la boda en provincias de una alocada compañera de universidad. Pocas veces se habrá enunciado de forma tan lúcida la frontera o el paso definitivo a una nueva vida, la ilusión y la preocupación por un nuevo estado de cosas en gran parte incontrolable: “Dio unos pasos para irse, pero al momento cambió de idea y volvió, porque casarse era, podía ser, un lugar oscuro e intimidante, sin traducción simultánea, un vértigo o una caída, algo incomprensible como esa silla de ahí, no, mejor como aquella otra”. También ese “nosotros”, esa voz coral que desglosa esta historia, parece estar disfrutando de una alegría, un amor y una última luz inmerecida (“de un lila suave, casi alienígena”) antes de ingresar en la seriedad de lo que vendrá en el futuro: esa vida absolutamente complicada de Manchas solares o Nautilus (con su desolado científico Almeyda y la pérdida de un hijo), la edad madura donde las lecciones apenas se aprenden o sirven de utilidad, porque todo se resume en una especie de valeroso “acto de fe” exclusivamente humano y en una improvisación, un ir “tocando de oído” mientras se vive.

lunes, 13 de enero de 2014

Acerca de la escritura de Eloy Tizón

Acabo de terminar las "Técnicas de iluminación", de Eloy Tizón. Lo he leído con la calma que, creo, merece un libro como éste. Puedes llamarlo una "calma respetuosa", una calma ceremonial a la altura de la lenta y afinada construcción y desarrollo con que el autor infundió vida y autenticidad a estas diez magníficas historias. Cierro el libro, ese último relato, "Nautilus", con su desolado científico Almeyda, pensando que, a partir de este hombre, Tizón ha sacado la radiografía exacta de nuestro desquiciado mundo contemporáneo: truculento, banal y olvidadizo. Dicen que hoy en día la vida de las publicaciones está condenada a ser corta. Digo yo que dependerá de nosotros: sostener a los buenos y dejar escapar con alivio a los que sólo daban gato por liebre. Hay libros que merecen con razón un destino pasajero. Otros, como éste de Tizón, deberían obtener, en cambio, permanencia. Yo, por si sirve de algo, la reclamo.
 

martes, 7 de enero de 2014

Riquezas y pobrezas de nuestro idioma

Que un escritor argentino/a pueda llamar a un patrocinador, "un auspiciante", habla de lo sosos y limitados que somos aquí-acá, pero no allá.

lunes, 30 de diciembre de 2013

MANERAS DE DESCRIBIR A UN AUTOR

MANERAS DE DESCRIBIR A UN AUTOR: Le debo al escritor alemán Clemens Meyer el soplo sobre un compatriota suyo, novelista y "relatista" al que yo ni siquiera conocía: JÖRG FAUSER, que falleció en Múnich, atropellado por un camión, con tan solo 43 años (1944-1987). Aproveché mi último viaje a Berlín para hacerme con algunos de sus interesantes libros. No voy a hablar ahora de ellos, de su radicalidad y su dureza, sino de la curiosa manera en la que el prologuista de sus relatos (el escritor Helmut Krausser) describe a Fauser, al narrar un viejo primer encuentro con él en el bar cercano a una librería: "Fauser sah auf den ersten Blick aus wie ein Bankangestellter, das stimmt, aber auf den zweiten Blick sah er aus wie ein Bankangestellter, der abends ins Casino geht, und auf den dritten Blick ging er abends ins Casino mit dem Geld seiner Bank" (Fauser, a primera vista, tenía el aspecto de un empleado de banco. Es cierto, pero en un segundo vistazo parecía un empleado de banco que va al casino al caer la tarde. Y en un tercer vistazo iba por la tarde al casino con el dinero de su banco".
 

lunes, 16 de diciembre de 2013

El "Agua dura" de Sergi Bellver


El Agua dura de Sergi Bellver

(Agua dura. Ediciones del Viento, 2013)
No tarda mucho el lector en percibir la prosa de largo aliento y las imágenes potentes de Sergi Bellver en esta colección de doce relatos que lleva por título Agua dura. Basta la imagen de una mujer hermosa que ve aproximarse una tormenta en un páramo, o la descripción del automóvil en mal estado en el viajan (huyen) sus dos protagonistas (en “Propiedad privada”) para ponernos sobre aviso de que aquí se trata de contar buenas historias y de impresionar/sorprender a quien haya apostado por leerlas. “Entre el paraguas y el vestido, negros los dos, la piel de Diana se ilumina como un milagro (…) Es un coche viejo. Grande, rojo y tan viejo que el óxido y la pintura se confunden como sangre fresca sobre sangre seca”. Es San Lorenzo, o la búsqueda de San Lorenzo. Es un territorio perdido de sierras y desierto y esos dos hermanos (¿en fuga? –aún no sabemos-) recuerdan modernos jinetes de Rulfo, ahora motorizados, pero que tal vez compartan la misma desesperación de aquellos que cruzaban otras tierras o recibían unas que eran estafa o puro pedregal. El paisaje impresiona en su carencia y el propio cuerpo de la chica que hace castings publicitarios será lugar de cobijo para una instantánea rana que salta hacia la ventanilla y se posa en su pierna. Más tarde será territorio breve para el beso de otra mujer o para la lluvia obstinada que cala vestidos y huesos. Se adivina una herencia de una madre que no los quiso, una finca con caserón medio abandonado de la que él guarda borroso recuerdo de niño… Emergen a lo largo de este primer relato figuras amenazantes que son señales que inquietan: esa loba que se cruza en la carretera, animales agonizantes, extraños visitantes que invaden la propiedad en mitad de la noche para hacer fiestas, o un fanático religioso alcoholizado que, al encontrarlo en la puerta, “pareciera haber estado esperándole desde siempre, ahí, impasible como un juez bíblico”. La pálida belleza de Diana, su desnudez desinhibida, asoma como el único contrapunto hermoso frente a ese paisaje de muertos y desolación que la figura materna parece haberles legado. A ese precipicio nos asoma Bellver como si fuera un mero mirador, con el solo apunte, dejando en el aire, o sólo enunciados, elementos concretos, porque quizá, lejos de la concreción o el fácil psicoanálisis de padres ausentes al que la historia podría remitir, prefiere que percibamos la pura orfandad, la soledad extrema, la quiebra y la huida de esta pareja de hermanos para los que no parece haber reposo o buena tierra sobre la que les sea posible habitar. Bellver, como sus “héroes”, es sólo un nómada al que sólo le cabe por equipaje la sobriedad narrativa, pues ni adorna, ni edulcora, ni cree en un mundo edulcorado. Sabe que el hielo puede quebrarse bajo nuestro peso y que ese es el estado del hombre en el mundo. Así sabe mostrarlo “El nudo de Koen”, esa historia de los dos duplicados hermanos Koen: uno de ellos, un prometedor y exacto hermano, fallecido diez años atrás, ahogado en un canal, un Wunderkind, un niño prodigio, el preferido de sus padres. La casa ya vuelta sólo mausoleo en su memoria, injusticia permanente con el hermano vivo, siempre medido y comparado. Bellver nos habla de la imposibilidad de estar a la altura, del dolor de no ser más que una réplica. “Me recuerdan que soy un segundo intento y yo no quiero ser tú”. De nuevo la ausencia de hogar propio, de nuevo la negación de un lugar estable en el mundo. El relato tiene el aire espejeante de una buena parábola borgiana, donde también la orfandad está presente y ese no haber casa posible. Que lo más inhumano lo perpetre un ser humano, es también el núcleo central de “Los ojos de Sarah”, de ahí la pertinencia de la cita inicial de “El corazón de las tinieblas” que Bellver selecciona. Ahora estamos en Sâo Paulo a bordo de un Volkswagen escarabajo, donde Sarah y Abel (él, de niño, un superviviente de los campos, un conejillo de Indias que pudo salir adelante como un animal herido) van a la búsqueda del nazi Mengele. Celebrar el Estado de Israel se hace difícil cuando hay tanto por llorar: “lloraban a los muertos que no podrían ver la Tierra Prometida. Lloraban también a mis padres y hermanos, cuyos rostros a duras penas conseguía ya entonces recordar”. La belleza femenina, esta vez la de Sarah, es de nuevo una isla, lo único admirable en este paisaje de bestias, pagos y venganzas imposibles, fantasmas que escapan y aún parecen burlarse de nosotros. Hermosa Sarah bajo el diluvio mientras va ovillada y descalza en el asiento del copiloto y hermosa cada mañana al levantarse: “Cuando ella despierta, sabes que la Tierra gira porque Sarah lo ha decidido así durante su viaje, y que ha regresado dispuesta a ello -siempre se levanta como si brotara de una burbuja- a una tarea que no puede aplazarse ni un minuto más”. Hay en este libro otros relatos más “ligeros” que se enredan con el puro divertimento o con mostrar la pincelada de un signo de los tiempos. Puro divertimento experimental hay en “La muerte de Edmund Blackadder”, un cuento-hipótesis narrado desde la crónica futura de un periódico alemán en 2014: un atentado islamista con la noria del London Eye rodando a sus anchas por la ciudad para matar entre otros al intérprete de Mr. Bean en plenos Juegos Olímpicos. Relatos “signo de los tiempos” serían “Banana Dream” (invasión de museos a cargo de un pintoresco comando), “Deseo de ser Dimitri” (ambientado en la Atenas de las protestas sociales contra un modelo de mundo y su lenguaje perverso) y “La manada” (que sabe hablarnos de la precariedad contemporánea –y de nuevo de la falta de hogar propio- a través de ese portero de inmueble, Cervera). Más insustancial me parece “Señales de vida”, pero potente y bien definido resulta “Pájaros que llegan a Moscú”, historia de la forja de un matón, con el recuerdo difuso de una tal Irina, que nos narra un testimonio de supervivencia en la capital rusa y la búsqueda de calor y de un lugar en el mundo, tema bellveriano donde los haya. En su desarrollo, curiosas apreciaciones como esta retienen la atención del lector: “Así van a la deriva los moscovitas (…) les arrastra alguna otra cosa, se pierden en algo más grande, se olvidan de que una vez fueron bosque y ahora son poco más que un ejército de árboles muertos en retirada”. Y a veces no es sólo la soledad extrema, la falta de casa o de lugar, el límite del padecimiento, puede que incluso se lancen a arrebatarte lo poco que tienes o tuviste: una casa desvencijada y la vieja furgoneta de la que fue tu madre (así son las herencias posibles en el mundo bellveriano). Es el caso de un cuento intenso como “En la boca del otro”, donde se narra con viveza la destrucción, la lucha por la vida hasta el agotamiento extremo, literalmente hasta la última fuerza o gota de sangre, contra un jabalí rabioso o contra los semejantes, vecinos de región, que vienen a ser lo mismo, al fin y al cabo manada, del mismo modo cegados en su brutalidad. Interesante el duelo de culturistas, también hasta la extenuación, del relato “Mala hierba”. Pero para mí, el texto entre los textos de esta colección es la pieza final: “Islandia”, gran y evocador cuento que surge del triste viaje de un hombre (pescadero en Madrid) para recoger las cenizas de su hermano, perdido desde hace años en Reikiavik. Elige bien Bellver este lugar gélido para volver a desgranar incomunicaciones, familias escurridizas y fratrías imposibles. Incluso el lenguaje extranjero es impedimento en esta travesía donde los ojos de los otros “le desafían con el brillo de la grava cuando se moja”. Cartas durante años sin abrir que ahora despliegan confianza y señales asombradas de maravillas del paisaje, que llegan demasiado tarde, “cuánta vida, hermano”. Porque el agua dura -nos advierte Sergi Bellver- es “metáfora oscura”, un líquido que corroe todo a su paso, que obstruye las cañerías e impide que las cosas y los sentimientos puedan fluir. La felicidad se perfila entre estos hielos como una breve posesión, una percepción buscada que vuelve a escaparse o que demasiado pronto termina. Y, sin embargo, parece sugerir el autor, merece la pena ser libre e intentarlo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

En el "Bulevar" de Javier Sáez de Ibarra

De regreso ya en Madrid tras una breve escapada de unos pocos días en Berlín, fui ayer por la tarde/noche a la presentación de la colección de relatos "Bulevar", de Javier Sáez de Ibarra, publicados en Editorial Páginas de Espuma, y presentados en la madrileña librería Cervantes y compañía. Cuando dos autores se conocen tan bien como Miguel Ángel Muñoz (presentador) y el propio Javier, la conversación fluye sin más, cercana, alegre, sin necesidad de sujetarse a apuntes o guiones prefabricados. Se habló de la "prehistoria" y larga gestación de este libro. Y también del realismo, de sus límites y ampliaciones. Sáez de Ibarra es un autor que no se conforma con contar de oficio una historia, quiere llegar a algún tipo de verdad agazapada en alguna capa o recoveco del alma humana, por eso se exige como pocos antes de dar por buena una obra. De todo esto se habló ayer, y ahora seguro nos hablará a todos el propio "Bulevar".
 
 
 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Berlín, diciembre y el pasado

El intento de reparación del pasado por parte de los alemanes no se quedó en aquel célebre arrodillarse de Willy Brandt. Años y años de culpa arrastrada y arrepentimiento. Estos mismos días/noches (a las cuatro ya no hay luz natural) me encuentro en el frío Berlín con ese otro hermoso gesto delante de la Puerta de Brandenburgo. Como decía Günter Grass al final de su novela "Im Krebsgang": "Das hört nicht auf. Nie hört das auf" (Esto no termina. Nunca se termina).

martes, 29 de octubre de 2013

Las "Pequeñas biografías por encargo" de JAVIER MORALES ORTIZ


 
 
Pequeñas biografías por encargo

JAVIER MORALES ORTIZ

Huerga y  Fierro editores. Madrid, 2013

 

Sigo la pista de Javier Morales Ortiz  (o mejor: la de sus libros y la de su manera de narrar) desde que leí su breve colección de relatos “Lisboa”, impresionado por los destellos y  atmósferas que era capaz de lograr en unos y otros lugares de aquellos cinco textos, valiéndose de una técnica directa y austera donde la sinceridad y la cercanía del narrador también nos ganaban, tanto por lo que contaba como por lo que dejaba apuntado y sólo sugerido en beneficio del lector. Porque Javier Morales (Plasencia, 1968) no es escritor de dejar los asuntos cerrados y con moraleja de fábrica o taller, sino un tipo que está en el mundo y al que le gusta relatarnos la complejidad y ambigüedad de la propia vida y de las relaciones personales: el calor de una pareja apasionada, pero también el frío insufrible y cotidiano que rebosa en el alma de quienes ya no se entienden o cuyos proyectos de vida común quebraron y dieron lugar a rupturas, o a rutinas que se sobrellevan. Vuelve a acertar ahora en esta novela que lleva por título “Pequeñas biografías por encargo”, donde no sólo es fiel a lo mejor de sus anteriores escritos, sino que crece, toma altura e incluso juega al despiste con el lector, cambiado de registro según los tramos, y presentando su historia, la historia del protagonista, Samuel, a partir de tres momentos concretos de su vida: 1999, 1982 y 2010. Ese tríptico permite ver al final el sentido del conjunto, al recomponer su personaje atendiendo a su origen (humilde, gente esforzada de campo)  y a lo que finalmente ha llegado a ser. La anécdota inicial (ese inverosímil/verosímil Samuel, periodista con un don para redactar biografías, que recibe, en la primavera de 1999, el encargo de seguir los pasos de David Blount, un ciudadano británico afincado desde su juventud en un pueblo extremeño) tiñe la narración de un logrado aire detectivesco, que en el caso de Morales se vuelve todo un homenaje a un  género que admira. La misión se la encomienda un caro bufete de abogados madrileño. El Madrid contemporáneo, ruidoso, crispado, caótico pero amado al tiempo, nos lo entrega el autor con las notas de quien de veras lo conoce. Es el espacio elegido por Samuel para vivir, el espacio que afirma, incluso ahora que vive el distanciamiento personal y geográfico de su pareja, Sonia, cooperante internacional, que en estos momentos se encuentra en Perú. Inverosímil, nos damos cuenta, “poder mantenerse gracias a perfiles biográficos”, pero la buena inverosimilitud la abraza uno pronto cuando funciona, como es el caso. Como en los relatos de “Lisboa”, también aquí Morales se muestra, en principio, directo, ágil y veloz. Este es sólo un registro: nos encontraremos también un escritor con gusto en demorarse y detallar en esa parte troncal del libro dedicada al verano de 1982, donde alcanza un aire landeriano a través de esas figuras humildes y repletas de afán que eran los padres de Samuel en la plantación y secadero de tabaco, donde el hijo y sus hermanos dejaron también parte de su infancia y adolescencia). El perfil del británico Blount (solitario y hermético, un científico brillante que devino fanático de la agricultura ecológica) se va acrecentando con la acumulación de testimonios de los que lo conocieron en La Comarca: desde la Guardia Civil a los miembros de la cooperativa, alguna antigua amante, o esa profesora bien trazada y de increíble nombre, Luz Verde, que ahora reside en Portugal. La reacción del científico Blount contra las trampas de un mundo tecnologizado y con frecuencia inhumano, no lo lleva por los derroteros  de un personaje reciente de Piglia (esa especie de terrorista Unabomber que aparece en “El camino de Ida”) sino más bien hacia la figura del eremita, “habitual de los caminos”, el hombre reservado en el que “había una puerta que nunca podías traspasar”, pero, a la vez, es el insumiso, el comprometido con su comunidad y sensible a los problemas de su región, entre ellos la despoblación del mundo rural, la “paulatina degradación de La Comarca”. Morales sabe dar las notas de un mundo muy español y rabiosamente contemporáneo, en el que los alcaldes pueden ser promotores inmobiliarios de campos de golf, chalets y hoteles construidos en reservas naturales. La certera descripción del alcalde no deja lugar a dudas: “Bardón es un hombre atildado, con destellos horteras, alto, fondón y mirada herrumbrosa. El pelo esmaltado, la pose enhiesta”.  Parece que lo hemos visto, o que acabaremos viéndolo, en la crónica de tribunales de un telediario en el apartado habitual de corruptos contemporáneos. La identidad personal, las raíces propias, quedan, para el autor, tremendamente ligadas al paisaje, al lugar sagrado que se debería respetar: el “vínculo con la tierra”. El huraño Blount no carecía de su lado humano y sociable. Un testimonio, que escucha nuestro “detective”, lo prueba: “Otras veces me acompañaba a carear el ganado. Cuando hacía buen tiempo, por la noche nos sentábamos a contemplar las estrellas, con un poco de queso de cabra y una botella de vino. Me hacía compañía porque aquí arriba uno se siente muy solo, sobre todo cuando hay tormentas”. El Blount opaco, que no malgasta palabras, cobra a veces el aspecto del profeta visionario que nos advierte de la necesidad de un cambio urgente, planetario, de nuestro modelo de vida.

            Nos gana desde el inicio Samuel, el protagonista, el biógrafo, el investigador: es sereno, escucha bien, es bienhumorado y con los pies en la tierra. Una tierra a la que respeta tanto como para deslumbrarnos con la segunda parte de este libro, esa fascinante exploración de las raíces propias (sus progenitores y la labor del campo) que es el “SEGUNDO MOMENTO. Verano de 1982” y que siendo el núcleo y el fuste de este libro, podría funcionar también, y sin perder brillo, como texto autónomo, como un relato largo que se cierra sobre sí mismo dejando atónito al lector por su autenticidad y su potencia (incluido su explosivo final, que Morales deja caer sin tremendismos, como una nota más de la partitura). El escritor salta atrás, a aquellos años infantiles y adolescentes, de Renaults 8 y Seats 131. Nos lleva a la plantación de tabaco en la que toda su familia se deja la vida mientras los demás niños disfrutaban de vacaciones y novietas, o conocían el mar y las piscinas. Nos regala la perplejidad del niño que fue, su mirada hacia las gentes sacrificadas del campo en una espléndida recreación de época. Sabe describirnos la insatisfacción en los ojos azules del capataz Julian Kreutzer, las mujeres en torno a un fogón, o los azulejos ribeteados con mosaicos de una cantina perdida en medio de la nada, mientras –se dice- “la adolescencia se quema en aquellas tierras de labranza que ni siquiera son vuestras”. Hay un poderoso “tú” con el que el narrador se dirige al niño que fue, desde la distancia, como si quisiera desde tan lejos interpelarlo para comprenderse, en lo que fue, en lo que aprendió, en las oportunidades que no tuvo y que quedaban aplazadas en un difuso y desesperante “Habrá tiempo”, conocerse en el niño lector de biografías que terminaría escribiéndolas también. Hay mucho de purificación personal en esta parte del libro. Samuel nos resulta ahí conmovedor como nos suena tan cercano en el Madrid de su buhardilla mientras sabemos de su distanciamiento de Sonia o del buen detalle de su vida de amistades y noviazgos, sus discusiones de pareja “pseudoideológicas, que sólo escondían nuestro fracaso emocional”. Es un hombre práctico que nos hace a menudo reír: “Estaba dispuesto a sacrificar a muchos de los ídolos de la tribu capitalista, excepto el coche”. A veces bordea las paradojas de la revolución y los supuestos revolucionarios en una óptica cercana a la del mexicano (reconvertido madrileño) Federico Guzmán. Así, nos dice Morales de un personaje: “Entonces tenía veinte o veinticinco años y mientras empuñaba el fusil se prometió que si la revolución no llegaba antes de que cumpliera los treinta, se haría rico, como de hecho ocurrió”. Un gran salto adelante nos conduce a 2010, a Barcelona, a una tal Judith, muchos años después de aquella inicial Sonia. Los padres de Samuel ya fallecidos (a los que el narrador homenajea como gente sencilla capaz de haber fundado “una familia humilde, pero no vulgar”). Es invierno también en la relación con Judith, ambos adoradores de un hijo en común, pero agotados de su propia convivencia, “apenas compañeros de piso mal avenidos”, “tierra quemada”, tanto, que habrá un imposible y fantasmal regreso a Isla, al lugar de la infancia, donde reaparecerá el espectro de una antigua amante. El recuerdo de los últimos días del padre en un hospital de Madrid llena los últimos compases de la obra de compasión: “Francisco está ingresado en una habitación con vistas al Parque del Oeste, en Madrid. Al otro lado de la ventana, un sol invernal invita a salir, a dejarse acariciar por una luz suave y discreta, inalcanzable ya para él”. El cuidado del enfermo en las últimas horas de vida, la impotencia con la que abordar esa tarea, propicia la lucidez extrema del protagonista. El infierno -comprende- tal vez no era un decorado de fuego sino la desoladora sala de una unidad de cuidados intensivos.

Y puede que aún reste un regreso imposible a la tierra de la infancia, al espacio de la plantación, al amor de juventud encarnado en Virginia o en lo que hoy en día ha llegado a ser. Morales lo propone de modo brillante. A veces uno consigue convocar a los fantasmas y puede incluso que ellos nos golpeen en plena cara como intrusos.

martes, 22 de octubre de 2013

El futuro de la novela

Cansado de quienes dan la extrema unción a la novela desde hace decenios con la seriedad y el luto del sacerdote. Cansado de quienes se dicen cansados de la ficción. Las malas novelas nacieron muertas, las grandes novelas explotan de vida ante los ojos del lector, se publicasen ayer o hace unos cuantos siglos. Comunican inteligencia, talento y vida. Son, como dirían los alemanes (en el contexto de la salud de los niños) "gesund, lebendig und munter" (saludables, vivas y despiertas).

miércoles, 9 de octubre de 2013

Maneras de decir

Uno de los disfrutes de un crítico de literatura hispanoamericana, más allá del gusto por unas u otras novelas o relatos, es el descubrimiento y redescubrimiento de otras maneras de hablar nuestra propia lengua. Esta semana, por ejemplo (en la nueva novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez, "Las reputaciones" (Alfaguara), que se pondrá en unos días a la venta) leo, y vuelvo a sorprenderme: "Era un tipo grande, su papá, un tipo ACUERPADO (...) pasando DE AGACHE por una puerta bajita".

viernes, 4 de octubre de 2013

De la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto

Con Patricia Ratto y Fabián Lebenglik (dcha.) al comienzo del acto
Unas imágenes de la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto, que llegó desde Argentina con el equipo de Adriana Hidalgo Editora y que continuará viaje hacia Frankfurt y Colonia. Un público participativo, que había leído el libro a conciencia, hizo que el acto fuese de verdad un diálogo entre todos en el que fuimos dando vueltas a los temas y modos de interpretar el libro. Rendimos nuestro pequeño homenaje a aquella joven tripulación de submarino (protagonista de la obra) arrojada inútilmente al infierno de las Malvinas.




El acto tuvo lugar en la librería Tipos Infames, de Madrid (2 de Oct. 2013)
 



miércoles, 25 de septiembre de 2013

Del último Ricardo Piglia

Así describe PIGLIA en El camino de Ida a una chica joven (Nancy Culler), de pelo azul, piercings, tatuaje japonés en el cuello y falda corta, estudiante de literatura comparada, a la que el cincuentón profesor protagonista lleva en su coche en un momento de la narración: "Hablaba así, corto y epigramático, como si escribiera grafitis en la pared de la mente (...) Era una chica moderna, hablaba con bloques de palabras, no con frases (...) Tenía algo de chica cyberpunk, de niña hacker".