El intento de reparación del pasado por parte de los alemanes no se quedó en aquel célebre arrodillarse de Willy Brandt. Años y años de culpa arrastrada y arrepentimiento. Estos mismos días/noches (a las cuatro ya no hay luz natural) me encuentro en el frío Berlín con ese otro hermoso gesto delante de la Puerta de Brandenburgo. Como decía Günter Grass al final de su novela "Im Krebsgang": "Das hört nicht auf. Nie hört das auf" (Esto no termina. Nunca se termina).
miércoles, 11 de diciembre de 2013
miércoles, 27 de noviembre de 2013
"Mapa dibujado por un espía". Guillermo Cabrera Infante
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/33683/Mapa_dibujado_por_un_espía
El pasado viernes tuve la suerte de escribir, a dos páginas, en El Cultural de El Mundo, una reseña, como Libro de la Semana, de este interesante libro póstumo de Guillermo Cabrera Infante
El pasado viernes tuve la suerte de escribir, a dos páginas, en El Cultural de El Mundo, una reseña, como Libro de la Semana, de este interesante libro póstumo de Guillermo Cabrera Infante

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Mapa dibujado por un espía
sábado, 9 de noviembre de 2013
martes, 29 de octubre de 2013
Las "Pequeñas biografías por encargo" de JAVIER MORALES ORTIZ
Pequeñas biografías
por encargo
JAVIER MORALES ORTIZ
Huerga y Fierro editores. Madrid, 2013
Sigo la pista de
Javier Morales Ortiz (o mejor: la de sus
libros y la de su manera de narrar) desde que leí su breve colección de relatos
“Lisboa”, impresionado por los destellos y atmósferas que era capaz de lograr en unos y
otros lugares de aquellos cinco textos, valiéndose de una técnica directa y
austera donde la sinceridad y la cercanía del narrador también nos ganaban,
tanto por lo que contaba como por lo que dejaba apuntado y sólo sugerido en
beneficio del lector. Porque Javier Morales (Plasencia, 1968) no es escritor de
dejar los asuntos cerrados y con moraleja de fábrica o taller, sino un tipo que
está en el mundo y al que le gusta relatarnos la complejidad y ambigüedad de la
propia vida y de las relaciones personales: el calor de una pareja apasionada,
pero también el frío insufrible y cotidiano que rebosa en el alma de quienes ya
no se entienden o cuyos proyectos de vida común quebraron y dieron lugar a
rupturas, o a rutinas que se sobrellevan. Vuelve a acertar ahora en esta novela
que lleva por título “Pequeñas biografías por encargo”, donde no sólo es fiel a
lo mejor de sus anteriores escritos, sino que crece, toma altura e incluso juega
al despiste con el lector, cambiado de registro según los tramos, y presentando
su historia, la historia del protagonista, Samuel, a partir de tres momentos
concretos de su vida: 1999, 1982 y 2010. Ese tríptico permite ver al final el
sentido del conjunto, al recomponer su personaje atendiendo a su origen
(humilde, gente esforzada de campo) y a
lo que finalmente ha llegado a ser. La anécdota inicial (ese
inverosímil/verosímil Samuel, periodista con un don para redactar biografías,
que recibe, en la primavera de 1999, el encargo de seguir los pasos de David
Blount, un ciudadano británico afincado desde su juventud en un pueblo
extremeño) tiñe la narración de un logrado aire detectivesco, que en el caso de
Morales se vuelve todo un homenaje a un
género que admira. La misión se la encomienda un caro bufete de abogados
madrileño. El Madrid contemporáneo, ruidoso, crispado, caótico pero amado al
tiempo, nos lo entrega el autor con las notas de quien de veras lo conoce. Es
el espacio elegido por Samuel para vivir, el espacio que afirma, incluso ahora
que vive el distanciamiento personal y geográfico de su pareja, Sonia, cooperante
internacional, que en estos momentos se encuentra en Perú. Inverosímil, nos
damos cuenta, “poder mantenerse gracias a perfiles biográficos”, pero la buena
inverosimilitud la abraza uno pronto cuando funciona, como es el caso. Como en
los relatos de “Lisboa”, también aquí Morales se muestra, en principio,
directo, ágil y veloz. Este es sólo un registro: nos encontraremos también un
escritor con gusto en demorarse y detallar en esa parte troncal del libro
dedicada al verano de 1982, donde alcanza un aire landeriano a través de esas
figuras humildes y repletas de afán que eran los padres de Samuel en la
plantación y secadero de tabaco, donde el hijo y sus hermanos dejaron también
parte de su infancia y adolescencia). El perfil del británico Blount (solitario
y hermético, un científico brillante que devino fanático de la agricultura
ecológica) se va acrecentando con la acumulación de testimonios de los que lo
conocieron en La Comarca: desde la Guardia Civil a los miembros de la
cooperativa, alguna antigua amante, o esa profesora bien trazada y de increíble
nombre, Luz Verde, que ahora reside en Portugal. La reacción del científico
Blount contra las trampas de un mundo tecnologizado y con frecuencia inhumano, no
lo lleva por los derroteros de un
personaje reciente de Piglia (esa especie de terrorista Unabomber que aparece
en “El camino de Ida”) sino más bien hacia la figura del eremita, “habitual de
los caminos”, el hombre reservado en el que “había una puerta que nunca podías
traspasar”, pero, a la vez, es el insumiso, el comprometido con su comunidad y
sensible a los problemas de su región, entre ellos la despoblación del mundo
rural, la “paulatina degradación de La Comarca”. Morales sabe dar las notas de
un mundo muy español y rabiosamente contemporáneo, en el que los alcaldes
pueden ser promotores inmobiliarios de campos de golf, chalets y hoteles construidos
en reservas naturales. La certera descripción del alcalde no deja lugar a dudas:
“Bardón es un hombre atildado, con destellos horteras, alto, fondón y mirada
herrumbrosa. El pelo esmaltado, la pose enhiesta”. Parece que lo hemos visto, o que acabaremos
viéndolo, en la crónica de tribunales de un telediario en el apartado habitual de
corruptos contemporáneos. La identidad personal, las raíces propias, quedan,
para el autor, tremendamente ligadas al paisaje, al lugar sagrado que se
debería respetar: el “vínculo con la tierra”. El huraño Blount no carecía de su
lado humano y sociable. Un testimonio, que escucha nuestro “detective”, lo prueba:
“Otras veces me acompañaba a carear el ganado. Cuando hacía buen tiempo, por la
noche nos sentábamos a contemplar las estrellas, con un poco de queso de cabra
y una botella de vino. Me hacía compañía porque aquí arriba uno se siente muy
solo, sobre todo cuando hay tormentas”. El Blount opaco, que no malgasta
palabras, cobra a veces el aspecto del profeta visionario que nos advierte de
la necesidad de un cambio urgente, planetario, de nuestro modelo de vida.
Nos gana desde el inicio Samuel, el protagonista,
el biógrafo, el investigador: es sereno, escucha bien, es bienhumorado y con
los pies en la tierra. Una tierra a la que respeta tanto como para
deslumbrarnos con la segunda parte de este libro, esa fascinante exploración de
las raíces propias (sus progenitores y la labor del campo) que es el “SEGUNDO
MOMENTO. Verano de 1982” y que siendo el núcleo y el fuste de este libro,
podría funcionar también, y sin perder brillo, como texto autónomo, como un
relato largo que se cierra sobre sí mismo dejando atónito al lector por su
autenticidad y su potencia (incluido su explosivo final, que Morales deja caer sin
tremendismos, como una nota más de la partitura). El escritor salta atrás, a
aquellos años infantiles y adolescentes, de Renaults 8 y Seats 131. Nos lleva a
la plantación de tabaco en la que toda su familia se deja la vida mientras los
demás niños disfrutaban de vacaciones y novietas, o conocían el mar y las
piscinas. Nos regala la perplejidad del niño que fue, su mirada hacia las
gentes sacrificadas del campo en una espléndida recreación de época. Sabe
describirnos la insatisfacción en los ojos azules del capataz Julian Kreutzer,
las mujeres en torno a un fogón, o los azulejos ribeteados con mosaicos de una
cantina perdida en medio de la nada, mientras –se dice- “la adolescencia se
quema en aquellas tierras de labranza que ni siquiera son vuestras”. Hay un poderoso
“tú” con el que el narrador se dirige al niño que fue, desde la distancia, como
si quisiera desde tan lejos interpelarlo para comprenderse, en lo que fue, en
lo que aprendió, en las oportunidades que no tuvo y que quedaban aplazadas en
un difuso y desesperante “Habrá tiempo”, conocerse en el niño lector de
biografías que terminaría escribiéndolas también. Hay mucho de purificación
personal en esta parte del libro. Samuel nos resulta ahí conmovedor como nos suena
tan cercano en el Madrid de su buhardilla mientras sabemos de su
distanciamiento de Sonia o del buen detalle de su vida de amistades y noviazgos,
sus discusiones de pareja “pseudoideológicas, que sólo escondían nuestro
fracaso emocional”. Es un hombre práctico que nos hace a menudo reír: “Estaba
dispuesto a sacrificar a muchos de los ídolos de la tribu capitalista, excepto
el coche”. A veces bordea las paradojas de la revolución y los supuestos
revolucionarios en una óptica cercana a la del mexicano (reconvertido
madrileño) Federico Guzmán. Así, nos dice Morales de un personaje: “Entonces
tenía veinte o veinticinco años y mientras empuñaba el fusil se prometió que si
la revolución no llegaba antes de que cumpliera los treinta, se haría rico,
como de hecho ocurrió”. Un gran salto adelante nos conduce a 2010, a Barcelona,
a una tal Judith, muchos años después de aquella inicial Sonia. Los padres de
Samuel ya fallecidos (a los que el narrador homenajea como gente sencilla capaz
de haber fundado “una familia humilde, pero no vulgar”). Es invierno también en
la relación con Judith, ambos adoradores de un hijo en común, pero agotados de
su propia convivencia, “apenas compañeros de piso mal avenidos”, “tierra
quemada”, tanto, que habrá un imposible y fantasmal regreso a Isla, al lugar de
la infancia, donde reaparecerá el espectro de una antigua amante. El recuerdo
de los últimos días del padre en un hospital de Madrid llena los últimos
compases de la obra de compasión: “Francisco está ingresado en una habitación
con vistas al Parque del Oeste, en Madrid. Al otro lado de la ventana, un sol
invernal invita a salir, a dejarse acariciar por una luz suave y discreta,
inalcanzable ya para él”. El cuidado del enfermo en las últimas horas de vida,
la impotencia con la que abordar esa tarea, propicia la lucidez extrema del
protagonista. El infierno -comprende- tal vez no era un decorado de fuego sino
la desoladora sala de una unidad de cuidados intensivos.
Y
puede que aún reste un regreso imposible a la tierra de la infancia, al espacio
de la plantación, al amor de juventud encarnado en Virginia o en lo que hoy en
día ha llegado a ser. Morales lo propone de modo brillante. A veces uno
consigue convocar a los fantasmas y puede incluso que ellos nos golpeen en
plena cara como intrusos.
martes, 22 de octubre de 2013
El futuro de la novela
Cansado de quienes dan la extrema unción a la novela desde hace decenios con la seriedad y el luto del sacerdote. Cansado de quienes se dicen cansados de la ficción. Las malas novelas nacieron muertas, las grandes novelas explotan de vida ante los ojos del lector, se publicasen ayer o hace unos cuantos siglos. Comunican inteligencia, talento y vida. Son, como dirían los alemanes (en el contexto de la salud de los niños) "gesund, lebendig und munter" (saludables, vivas y despiertas).
miércoles, 9 de octubre de 2013
Maneras de decir
Uno de los disfrutes de un crítico de literatura hispanoamericana, más allá del gusto por unas u otras novelas o relatos, es el descubrimiento y redescubrimiento de otras maneras de hablar nuestra propia lengua. Esta semana, por ejemplo (en la nueva novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez, "Las reputaciones" (Alfaguara), que se pondrá en unos días a la venta) leo, y vuelvo a sorprenderme: "Era un tipo grande, su papá, un tipo ACUERPADO (...) pasando DE AGACHE por una puerta bajita".
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viernes, 4 de octubre de 2013
De la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto
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| Con Patricia Ratto y Fabián Lebenglik (dcha.) al comienzo del acto |

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| El acto tuvo lugar en la librería Tipos Infames, de Madrid (2 de Oct. 2013) |
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miércoles, 25 de septiembre de 2013
Del último Ricardo Piglia
Así describe PIGLIA en El camino de Ida a una chica joven (Nancy Culler), de pelo azul, piercings, tatuaje japonés en el cuello y falda corta, estudiante de literatura comparada, a la que el cincuentón profesor protagonista lleva en su coche en un momento de la narración: "Hablaba así, corto y epigramático, como si escribiera grafitis en la pared de la mente (...) Era una chica moderna, hablaba con bloques de palabras, no con frases (...) Tenía algo de chica cyberpunk, de niña hacker".
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miércoles, 11 de septiembre de 2013
Presentación de "Allende en el recuerdo", de Óscar Soto
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| Con Óscar Soto (Fotografía de Antonio Calabuig) |
Hoy se cumplen 40 años de uno de los momentos más salvajes y terribles del pasado siglo XX: el bombardeo del Palacio de la Moneda donde pereció el presidente legítimo de Chile, Salvador Allende, y, por muchos años, la posibilidad de democracia y libertad para ese país americano y tal vez para todo el continente sur. Los verdugos: el general Augusto Pinochet al mando del ejército golpista (con el apoyo de años de la política Nixon-Kissinger-CIA-Democracia Cristiana chilena al servicio de la extrema derecha, etc.) Las víctimas, torturados, desaparecidos, exiliados... realmente incontables. Ayer presentamos en la madrileña librería Rafael Alberti "Allende en el recuerdo", un libro fundamental, evocador y riguroso del Dr. Óscar Soto, médico personal de Allende, que convivió con el presidente a lo largo de cuatro años y combatió hasta el último momento en La Moneda. Hace unos años publicó el ya célebre "El último día de Salvador Allende". La librería estaba abarrotada, los libros se agotaron, la conversación pausada y emocionada con Óscar Soto llenó el espacio de datos y anécdotas. Participó también el editor, Ramiro Domínguez (Silex ediciones), pero, lamentablemente, no dispongo de su fotografía. Estas que adjunto son del final del acto.
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| (Fotografía tomada por Antonio Calabuig) |
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| Allende en el recuerdo. Silex ediciones |
miércoles, 14 de agosto de 2013
Mañana los amores serán rocas. Isabel Cienfuegos
Tres de los seis relatos que componen el libro de Isabel Cienfuegos "Mañana los amores serán rocas" (Ed. Cuadernos del Vigía, 2012), me han interesado mucho en estos días del verano de 2013. De esa primera estampa titulada "Ratas", su lenguaje directo y sin adornos, el buen ojo de quien sabe estar a pie de calle para detallar la vida precaria en la que se mueve el biólogo protagonista, recién licenciado, que firma un primer contrato (beca de investigación) igualmente insegura e inestable. Siguiendo las anotaciones de su diario, la voz joven del becario acota el campo de lo que le está permitido esperar: sus amistades, sus lugares y citas posibles, la penuria económica, esa verosímil novia okupa ataviada con piercings y grandes botas... La experiencia caótica del laboratorio corre en paralelo con la vida desquiciada que la actual España puede brindarle. "Mañana los amores serán rocas" (cuarto relato, que da título al conjunto) es un cuento medido, poético e impactante acerca del final de la infancia para dos hermanas, entre el infierno de las discusiones paternas y la disolución de los que fueron objetos y rutinas protectoras. Nos sitúa justo en un límite, en una certeza expresada en la página 39, allá donde ya "No se puede retroceder. A nuestras espaldas hay salvajes. La vida no vale nada para ellos". El descubrimiento del amor y la sexualidad coincide con el adiós a un mundo encantado y autosuficiente, como esa naturaleza acogedora que rodea la casa y se vuelve repentinamente desafiante. Por último, el texto "Tan fácil", parece casi una pincelada, un apunte breve, en el que nos permite asomarnos, a propósito de la noticia de la muerte de un viejo amigo, a la evocación del viaje de un grupo de médicos a Agadir tiempo atrás. Isabel Cienfuegos se ocupa de que el exotismo y el erotismo invadan al lector desde la desnudez de Helena bajo un vestido ligero y holgado en una oscura tienda de alfombras y los efectos que su belleza y cercanía causan en el narrador. No me han interesado especialmente el micro titulado Adiós, esa breve sentencia que es Pigmalión, o ese cuento de aire kipliniano de viejos lobos y cacerías llamado Ceremonial. Pero las tres piezas destacadas arriba, con su intensidad y su inteligente enfoque narrativo, merecen ya el recorrido por el mundo de esta narradora madrileña.
sábado, 3 de agosto de 2013
Maneras de decir (II)
De verdad que hay que ser un autor cubano para no hablar de un coche aparcado sino de un "carro parqueado". De verdad que hay que ser un autor cubano -como Leonardo Padura- para describir a alguien diciendo que era "flaco como vara de tumbar gatos".
jueves, 1 de agosto de 2013
Maneras de decir
Me encanta la manera natural y llena de gracia como dos cubanos pueden llegar a saludarse sin que nadie se ofenda. Leo en la que será la nueva novela de Leonardo Padura: "Coño, man, tienes tremenda cara de mierda".
martes, 23 de julio de 2013
Ich bin noch da/ Aún sigo ahí
Puede que te alegres si me quedo atrás, o si desaparezco, o si me parte un rayo, o si me empujas a ese bosque oscuro de difícil salida que tú tienes poder para imponerme como si cerraras una pesada puerta, hasta que me vuelva irreconocible y nadie vuelva a saber de mí. En cierto sentido, dada mi falta de fe, eres lo más parecido a un Dios (arbitrario e inescrutable) que he visto sobre la Tierra. Se te olvida sólo que me eduqué en la repetición y la posibilidad mientras leía a Kierkegaard en una ya lejana Facultad de Filosofía allá por los noventa. Se te olvidan también mis mil carreras de mediofondo a ritmos para ti imposibles, y los dos mil kilómetros que he corrido cada año desde mis dieciséis, a través de páramos bastante kierkegaardianos donde basta el frescor de un prado o que despegue un pájaro para que el día haya merecido la pena. Se te olvidan millones y millones de frases y frases leídas por las que he pasado y que me dejaron profunda huella, como aquella de Bolaño en 2666: "“él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”.
domingo, 14 de julio de 2013
Figuras de la literatura alemana contemporánea. Judith Hermann
Figuras de la
literatura alemana contemporánea
JUDITH HERMANN, una
casa de verano y una tal Alice
Parece que cada vez que regreso a
Alemania, regreso también a los libros de Judith Hermann (Berlín, 1970). He
releído estos días su Sommerhaus, später
(Casa de verano, más tarde), primero de sus libros de relatos, aparecido en
1998. El verano anterior había hecho lo mismo con Alice (2010). Miro mis
notas sobre ambas obras y algunas de mis “consideraciones literarias” me recuerdan
a las de los catadores de vinos. Leo cosas como: Prosa alemana limpia y clara. Delicada y poética, pero con una dureza y
aspereza de fondo que evita cualquier tentación de cursilería. Judith Hermann
está en el mundo. De ahí su lucidez.
No sé si porque mantuve una breve
correspondencia (vía facebook) con la autora argentina Samanta Schweblin al
respecto de Hermann (ambas iban a coincidir en ciclo de conferencias en Berlín),
o simplemente porque llevaba tiempo queriendo hacerlo, intento ahora “montar” y
desarrollar esos apuntes para dar una idea de lo que me parecen las coordenadas
fundamentales en las que se mueve/escribe esta interesante autora contemporánea.
Debería empezar por destacar su
afinada capacidad de observación. Su precisión al analizar los sentimientos de
pareja, la incomunicación de fondo que se da incluso entre las personas aparentemente
más unidas, la imposibilidad última de conocerse. A veces Alice observa a Raymond (como en el
lago) con una especie de curiosidad distante de entomólogo. Son mundos tan
compartidos como separados.
En Alice, escenas aparentemente leves, se erigen de golpe y estallan
ante el lector con todo su dramatismo (como en ese fragmento en que la monja de
hospital, curiosa, pregunta a la protagonista a qué se había dedicado el
moribundo Micha, algo demasiado largo y complejo para resumírselo en unas
palabras): “Alice hatte gedacht, dass diese Nonne niemals mehr sehen würde, wie
Micha gewesen war, wie er ausgesehen, gesprochen, geflucht und gelächelt hatte,
wie er durchs Leben gegangen war. Sie sah nur den Sterbenden. Entging ihr
etwas?” (Alice había pensado que esa monja nunca vería como había sido Micha,
qué aspecto tenía, cómo hablaba, maldecía y sonreía, cómo había sido su paso
por la vida. La monja veía sólo al moribundo. Se le escapaba a ella algo?
También en la segunda historia del
libro, Conrad, aparece esa
incapacidad de describir del todo, con justicia, a quien acaba de dejarnos.
Judith Hermann sabe lograr intensidad
y buen suspense a partir de lo cotidiano. Mucho suspense hay en el encuentro de
hotel entre Alice y el anciano Friedrich. O bien deja lugar a lo conmovedor: el
misterioso tío Malte muere y Alice nace un mes después. Traduzco ese párrafo :
“Alice no conoció a Malte. Malte hubiera sido su tío de no haberse quitado la
vida en un día de marzo de hace cuarenta años. Alice vino al mundo en abril, a
la vida. Un mes después. Pero para entonces ya estaba Malte bajo la hierba
verde. Piedras, jazmín y rododendros sobre su tumba. Tú eres la luz en nuestra
oscuridad, había escrito la abuela de Alice, madre de Malte, en su calendario
con caligrafía clara y consciente”. Impresiona el final de ese relato, “Malte”,
donde la protagonista parece diluirse con gusto entre los pasajeros de
estación, difuminarse hasta desaparecer.
Por otro lado, es una autora que te permite
pensar, no cierra del todo lo dicho. Queda abierto un “por decir”. Lo sugerido,
lo esbozado, lo prometedor… Hay enumeraciones tan eficaces como la de la pag.
160 de la edición alemana en el cuento “Raymond”: el mundo que surge y parece regresar
y colarse en el presente a partir de una vieja chaqueta de quien ya murió. Algunas
historias sólo se apuntan desde fragmentos o se van dejando ver. El lector
puede hacerse su propia composición. No es necesario saber TODO lo que ocurrió
en esa vieja historia de amor entre Alice y Micha.
En Hermann hay destellos de Virginia
Woolf, de Ingeborg Bachmann o de Alice Munro, pero es, al mismo tiempo, “muy
personal”. Produce inesperados aciertos, sorpresas eficaces. (De verdad que la
mujer viuda que empaqueta los objetos de su marido para la Cruz Roja podría ser
un personaje de Munro). Todas las historias del libro “Alice” son un ejercicio
sobre la perplejidad de la pérdida.
Logradas son las mezclas de pasado y
futuro. Otras edades, otro tiempo. Los signos que se intercambian entre los
textos. El fértil experimento de volver ancianos a los personajes de Alice y
Raymond en el último cuento, donde exhibe un narrar sabio y reposado.
(2)
Quizá la gran experiencia de fondo en
la lectura de esta autora berlinesa consista en ese permitir asomarnos sin
ruido a una serie de vidas cotidianas y en percibir los detalles sutiles de lo
que nos ofrece. Ella no obstaculiza, no es ella
la que se presenta y vive delante de nosotros, sino sus personajes. Describe
con maestría un tipo de pareja muy alemana, pero también muy europea-contemporánea
y extendida en el mundo occidental: hombres y mujeres que conviven de uno u
otro modo, a los que ella acerca su “cámara”. Por mucho amor que haya entre
ellos, por mucha intimidad o distancia corta, son siempre entidades separadas,
incomunicables, en lo más íntimo de su ser. Pienso ahora en las historias de la
colección Sommerhaus später y
recuerdo, por ejemplo, la frialdad y pasividad extrema del amante medio ruso (y
medio pisciforme) de esa gran historia que es Rote Korallen. Como pienso en lo que, simultáneamente, sucede y no
sucede en esa isla de Hurrikan. Con
esa manera de ser tan geistesabwesend,
tan ausente en espíritu, de Christine en este relato. Porque hay una irrealidad
de fondo en todo lo que sucede en privado. De ahí que la mujer de Corales rojos
perciba cómo “Die Tage waren still und wie unter dem Wasser” (Los días
transcurrían tranquilos y como bajo el agua”) Pero, por encima de todo, el
MAGISTRAL cuento Sonja: esa criatura misteriosa y delicada (y desconocida del
todo), que está y no está, al mismo tiempo, en la vida del pintor berlinés
protagonista desde el primer momento en que se encuentran y conocen en el ICE (tren de alta velocidad), regresando
ambos de Hamburgo a Berlín. Una vez que se tratan, la atractiva pero extraña
Sonja (y la mera posibilidad de una vida futura en común) llega a inspirarle
miedo, miedo de una persona reservada que no habla apenas, que no quiere
quedarse a dormir con él, que lo mira con grandes ojos admirados en su estudio
de pintor, pero que, de algún modo, no se deja querer, o no del todo.
A veces
Hermann nos habla de mujeres jóvenes desvalidas (como en Ende von Etwas/ Final de algo) a las que les cuesta aceptar los achaques
de salud y la crueldad de una abuela en el tramo final de su vida, una abuela
que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. La historia nos llega desde una
cafetería donde la protagonista se la confía a un buen amigo.
En otras ocasiones la incapacidad
real de quererse y comunicarse, o el estado helado, errante y vulnerable en el
que uno queda tras la separación, se presenta al hilo del mundo superficial y
salvaje de las fiestas nocturnas del mundo cultural berlinés, entre drogas de
diseño, alcohol y sexo rápido. Es el caso de Bali-Frau, la mujer de Bali. La protagonista desea, pero ya no
puede, recuperar su relación anterior. Se deja llevar a una de esas fiestas, y,
el hecho de conocer a otros, dejarse llevar hacia una nueva relación, es algo
que uno ya haría casi sólo como autómata o fantasma. La irrealidad y el frío
recorren este hermoso y desesperado relato.
Grande y poderosa también la historia
de ese hotel-residencia de ancianos en Hunter Tompson Musik, con la compasión
tardía e ineficaz por el anciano solitario de uno de los apartamentos, pues los
muros del tiempo, la distancia con la muchacha joven, es del todo imposible de
salvar o recorrer. Hermann nos presenta todo el micromundo de ese hotel
neoyorkino venido a menos, la dialéctica feroz entre los huéspedes que lo
habitan. El regalo imposible, la comunicación imposible entre dos generaciones
tan alejadas como el anciano y la chica joven, la sensación de él de haber
quedado fuera de juego, como también le ocurre a su viejo amigo Lenny de la
tienda, con sus objetos y electrodomésticos anticuados, detenidos en otro
tiempo, que nadie ya busca (“Ich sitze hier nur noch. Ich verkaufe nichts mehr”
(Tan sólo me siento y ya no vendo nada). Cuánta intensidad en ese final, con la
espera y el “legado” del anciano a la joven en forma de viejos casetes
favoritos y una puerta entre ambos, infranqueable, hecha de lejanía y con todo
el grosor de montañas y toneladas de tiempo.
Esa misma intensidad la encontramos en la relación de la
mujer y el taxista Stein, en el cuento que da título
a la colección. Ella, su viejo amor, arrastrada (física y emocionalmente) por la agresividad y locura del
hombre (pero también por su poesía, por su fijación amorosa casi infantil). De
nuevo el invierno del corazón, el frío del exterior y del interior. Porque, tal
como se dice en el cuento Dieseits der
Oder: “En el recuerdo siempre el invierno” (In der Erinnerung immer
Winter). Dentro de ese frío también se guarda el secreto. Por eso todo el
tiempo te preguntas qué fue lo que le había hecho Anna a Koberling en el pasado,
cuál fue el origen de su trastorno, de su desinterés y casi odio, cuando ella
se presenta de visita en la casa de campo por sorpresa quince años después,
como si nada hubiese ocurrido. Porque J. Hermann sabe también bucear en aquello
que hace morbosas las relaciones sentimentales. Ese es –para terminar- el asunto
de Camera Obscura, donde nos coloca ante la fascinación (atracción-repulsión) de
la actriz Marie por un fotógrafo tan influyente y poderoso en el medio cultural,
como diminuto, feo y maltrecho. Pero sobre todo inquietante. Ahí, ser amada
parece equivaler a ser fagocitada por el pequeño monstruo, a dejarse ir hasta
convertirse en víctima del sacrificio.
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Escribir y correr
Agradecido a Javier Morales Ortiz por este interesante artículo en El Asombrario (eldiario.es), donde tiene la amabilidad y la generosidad de mencionarme.
http://elasombrario.com/2013/07/13/corredores-de-fondo/
http://elasombrario.com/2013/07/13/corredores-de-fondo/
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Javier Morales Ortiz
domingo, 23 de junio de 2013
El autor/ La obra
"Por mí no diría nada porque, para empezar, cuando tengo algo que decir, normalmente lo digo por escrito (...) Lo que uno hace, ahí está. Los libros deberían valerse por sí mismos, como sucedió durante siglos. La gente sabía apenas nada de los escritores; ni conocía sus caras". (Javier Marías, en el ABC Cultural del 15 de junio de 2013).
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sábado, 15 de junio de 2013
Panorama
En caso de rodarse una película en torno a las intrigas palaciegas literarias españolas, luchas de facciones, parroquias y bandos, grupitos, géneros, talleres X, Y, Z... escuelas, premios, enanos dándose bastonazos, dentelladas por una parcelita de poder que permita favorecer o zancadillear, tomar decisiones a favor y en contra de este o aquel... sin duda el título apropiado para esa aburrida peli tendría que ser EL PLANETA DE LOS NIMIOS
viernes, 14 de junio de 2013
La "Hannah Arendt" de Margarethe von Trotta
Ayer por la tarde me "escapé" al 15º Festival de cine alemán, para ver en el Palafox la película "Hannah Arendt", de Margarethe von Trotta. Tenía dudas acerca de sí quería o no ir a este estreno. Tengo mi propia imagen de Arendt desde los tiempos en los que leía y estudiaba sus obras en la Facultad de Filosofía. Me daba un poco de miedo saber qué clase de película se podía hacer acerca de una pensadora tan monumental. Mereció la pena. Más allá de la excelente actuación de Barbara Sukowa (otra de las musas de Fassbinder, como Schygulla o la propia directora, Margarethe von Trotta), creo que el ángulo era el correcto: en lugar de contar "biográficamente" la vida de Hannah Arendt, se eligen esos años del juicio de Eichmann en Jesusalén -al que la filósofa asiste-, sus artículos peligrosamente polémicos en New Yorker, su círculo de amistades y enemistades neoyorkinas y algunos medidos saltos atrás para dar cuenta de su relación con Heidegger (en los tiempos en que él era su profesor en Alemania, y también tras la guerra, cuando el filósofo ya es anciano y ella lo visita). El asunto de "la banalidad del mal", el asunto de qué ocurre si los seres humanos corrientes renuncian a pensar (a su conciencia y a su "razonamiento moral") y obedecen sólo la ley imperante o las medidas de sistema, recorre toda la película, que a mí me pareció extraordinaria.
miércoles, 5 de junio de 2013
"No es cuento". Marcelo Luján
Descubro la nuevo editorial Unomasuno con uno de sus títulos, "Charco negro", que lleva por subtítulo Relatos de las dos orillas. Se trata de veinte textos "policiales" de autores argentinos y españoles... Lo que quería en realidad contar es que acabo de leer la pieza de MARCELO LUJÁN, de quien había leído y reseñado sólo su espléndida/bárbara novela "Moravia". Cuánto partido y qué aire negro le saca Marcelo a ese encuentro casual en un bar del Barrio de Salamanca con una tipa bastante pirada, de nombre Gloria. El título del relato es "No es cuento" y otro de sus logros es esa capacidad que tiene el autor para tomarse a sí mismo bastante en broma una vez que se ha convertido en personaje que se ve arrastrado por una inesperada corriente
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