sábado, 10 de mayo de 2014

NOTICIAS DEL FRENTE

 Uno de mis momentos favoritos de la semana pasada fue asistir en Madrid a la presentación del libro "Noticias del frente", de GUILLERMO BUSUTIL, en la librería Tipos infames. Las piezas que componen la obra, entre el periodismo literario y el puro relato, nos hablan, entre otras cosas, de que aún es posible, necesario y justo resistir y dar un paso adelante en los convulsos tiempos que corren. Tal vez no se ganen guerras -comentaba el autor, junto a Isaac Rosa y Óscar Sipán- pero sí todavía batallas en las que está implicado y amenazado lo mejor y más digno del ser humano. En Busutil vimos al escritor y periodista de buena escuela, pero también al púgil de un ring clásico a blanco y negro, al escurridizo miembro de la resistencia francesa en un bosque húmedo, al borde de una vía férrea, y, cómo no, al niño también rebelde que fue, al "Estrella sin ley" de su hermoso libro "Vidas prometidas".
 

lunes, 5 de mayo de 2014

De unas líneas de Carlos Labbé

Leo en "Piezas secretas contra el mundo" (Ed. Periférica), del chileno Carlos Labbé, una frase que me parece metáfora (acuática) de cómo nos sostienen los relatos, las historias, las palabras, en nuestros naufragios personales, e incluso cuando todo está perdido, o se va perdiendo, y nos vamos lentamente a pique: "El bote que cruza las aguas del olvido se desarma con la lluvia. Una posibilidad es usar las palabras como remos hasta que sólo queda en el horizonte la vastedad del lago".

miércoles, 30 de abril de 2014

Fernando Clemot y su "Cómo armar y desarmar un relato"

Tan acostumbrado a hacer reseñas exhaustivas donde intentas que nada se te escape, acorralando al pobre o rico texto, subrayando, anotando, atravesándolo casi con un alfiler en un corcho imaginario hasta que te pide e implora "déjame ser" o "No me conoces. Yo soy de otra manera". Esta tarea nuestra debería considerarse en cierto modo abuso o crimen. Por eso me gusta la libertad de acudir a una presentación como la de ayer, del libro de Fernando Clemot en la Escuela de escritores (a cargo de Ángel Zapata, Javier Sagarna y David Aliaga) y quedarme con detalles casi casuales que quedan en mi memoria: la concepción de la literatura como hecho civilizatorio, capaz de reflejar la barbarie pero no de defenderla (algo que supo subrayar Ángel Zapata) , la apertura de ese manual no dogmático que es "Cómo armar y desarmar un relato", las preocupaciones narrativas de Clemot (acercándonos, por ejemplo, al misterio del "decir oral" o del por qué, entre dos personas o testigos concretos, hay sólo uno capaz de conmovernos al narrar un acontecimiento), la reflexión sobre la necesidad de expresar y presentar con detalle y corrección, precisamente porque el mundo es arduo y va por otros derroteros...

martes, 8 de abril de 2014

El verdugo de Ana Bolena

Así de eficazmente describe el mexicano Álvaro Enrigue, en "Muerte súbita", a Jean Rombaud, el verdugo francés que ejecutó a Ana Bolena: "Se arreglaba con un gusto inesperado para alguien con el oficio de ángel asesino: portaba anillos caros, calzones entallados con brocados excesivos, camisas de terciopelo azul real que no correspondían a su condición de hijo de puta, literal en todos los casos (...) Nadie sabía si era silencioso por inteligente o por imbécil".
 

miércoles, 19 de marzo de 2014

La velada en Benicarló. Azaña y su doctor Lluch

Releo "La velada en Benicarló", de Manuel Azaña, esta vez en la bonita edición que ha preparado la editorial Reino de Cordelia. Cada vez que me enfrento a este hermoso y trágico libro escrito en 1937 (y publicado en el 39 en Buenos Aires y París), veo hasta qué punto Azaña sabía (como Allende en el caso de Chile o como Haroldo Conti en la Argentina de los setenta) que el regreso de la democracia y las libertades sería un asunto a larguísimo plazo y que ahora vendrían años de plomo, tan oscuros como ese "invierno de nuestro descontento" del Ricardo III de Shakespeare. Tintes shakespeareanos alcanzan las palabras de Manuel Azaña en boca de su lúcido Dr. Lluch: "Veo el naufragio de agresores y agredidos. La misma resaca se los lleva a todos. Cadáveres, muchos cadáveres en olas de sangre". Los españoles se aniquilaban y en el texto nos habla hasta de ¡cuatro Españas! Vuelvo a subrayar frases que subrayé en mi vieja versión del libro y que nos hablan y advierten precisamente a nosotros: "En tiempos venideros, variados los nombres de las cosas, esquilmados muchos conceptos, los españoles comprenderán mal por qué sus antepasados se han batido entre sí más de dos años; pero el drama subsistirá, si el carácter español conserva entonces su trágica capacidad de violencia apasionada".
 

lunes, 17 de marzo de 2014

Camerata del Eco una tarde de domingo

Dibujo para el programa: Remedios Díaz
En Franz Kafka revalorado advertía Hannah Arendt de la superabundancia de agoreros y "profetas" de la desgracia, que no dejan de recordarnos, una y otra vez, que el camino natural para el hombre es el de la decadencia y la rendición incondicional a lo que venga. Pero ella añadía: "Lo milagroso es la salvación y no el desastre, pues la primera depende de la voluntad del ser humano y de su capacidad  de modificar el mundo y su evolución natural". Por suerte hay quienes no se instalan en la resignación temerosa y ponen proyectos en pie a lo largo del tiempo hasta una tarde de domingo como la de ayer. Cantaba en Madrid el coro de la Camerata del Eco, dirigido por Ana Ligero, en el pequeño Espacio Pozas de la Cruz Roja, cercano a la calle del Pez. Cantaba en el grupo otra Ana (Garrido), buena amiga. El título del programa, Eros y Thánatos, un asunto "fijo" pero abierto también a la improvisación y disonancia que cabe -y casi exige- un dilema tan inquietante, esa flor inversa hacia la luz y hacia la sombra que ilustraba el programa de mano: todos y nadas entrelazados "después de tanto todo para nada", y lo efímero de las cosas brillantes: "Qué bello, al ir a ser, es haber sido"  Satie, canciones galesas y francesas, Rilke, Shakespeare... piano, violoncello, saxo/clarinete y la voz de un excelente actor-recitador (Carlos Kaniowsky) creando solidez con las palabras de Juan Ramón, Lorca, Cernuda, Neruda o José Hierro. Un domingo por la tarde nada resignado, sino absolutamente creador, pese a la enjundia de asuntos que perturban tanto como el sufrimiento y su raíz a Blas de Otero vuelto voz de un coro, un buen recitador o un todos nosotros.

sábado, 15 de marzo de 2014

Entrevista

Esta es la "entrevista capotiana" que me hizo Toni Montesinos:
http://almaenlaspalabras.blogspot.com.es/

miércoles, 12 de marzo de 2014

Schumann, Eichendorff, Gerhaher y Huber


¿Por qué quedarse con un solo Lied de Schumann?, pero si tuviera que elegir entre los que anoche cantó en Madrid (Teatro de la Zarzuela) Christian Gerhaher, acompañado del pianista Gerold Huber (qué gran tándem) pienso que sería el Auf einer Burg (En un castillo) del Liederkreis. Gerhaher nombra, convoca, a ese viejo caballero adormecido, petrificado en su atalaya mientras descarga la tormenta sobre él y sobre el bosque. Hace guardia en ese mismo lugar desde cientos de años y allá abajo, junto al Rin, transcurre esa inquietante boda en la que una novia llora sin que nada más se explique... Y al nombrarlo, convocarlo y cantarlo (con la autenticidad y la sobriedad propias de este cantante alemán) el caballero anciano, su dolor, y toda la breve historia del poema de Eichendorff aparece de nuevo ante nosotros siglos después, para seguir diciendo. Sólo a veces vemos de nuevo (o "nos hacen ver" de nuevo) y sólo a veces el arte es verdad.

lunes, 10 de marzo de 2014

SGALAMBRO

Me dice mi hermano Alejandro, que ha muerto, a los 89 años, el filósofo italiano Manlio Sgalambro, que algunos recordarán como letrista y acompañante de Franco Battiato. Me ha venido a la cabeza cómo era capaz de subir al escenario, en los descansos, con su cara seria de catedrático y su voz de radio antigua, a cantar -sin complejos- el Me gusta... de Manu Chao, con gruesos auriculares y bailando a uno y otro lado entre las de chicas del coro. También me he acordado de que al salir de un concierto en el Teatro María Guerrero de Madrid hace muchos años, justo en la puerta, una estudiante de periodismo muy nerviosa quería entrevistarlo (Sgalambro con grandes gafas de montura antigua y una espantosa cazadora de cuero marrón claro anaranjado, de mafioso napolitano de teleserie) y terminé haciendo de improvisado traductor de español- italiano para ellos mientras la periodista le lanzaba preguntas absurdas (no tenía nada preparado) como: "¿Cree Ud que Platón era pesimista?". Me lancé a traducir porque estaba pasando vergüenza y porque la chica me preguntó si no hablaba yo italiano para echarle una mano. Uno debería poder ser recordado con su mejor yo: sin tristezas y tal vez haciendo el ganso de anciano mientras cantas, lejos de las aulas y los tratados, "Me gusta marihuana, me gustas tú".

miércoles, 26 de febrero de 2014

El tema central de Kafka

A veces hay frases omniexplicativas que parecen resumir o contenerlo casi todo en unas palabras, como estas de Canetti al nombrar el tema central de Kafka como "el miedo ante la supremacía del prójimo". Añade que el modo de librarse de ella es para Kafka o sus protagonistas "volverse pequeño".

lunes, 10 de febrero de 2014

MUCHNIK Y LA MEMORIA

En el último libro de MARIO MUCHNIK, "Ajuste de cuentos" (El Aleph Editores), la deriva de una de las historias lo conduce a uno de los muchos episodios terribles de la dictadura argentina, en este caso la represión en el ingenio azucarero Ledesma en la población de Libertador General San Martín, donde un policía, Kairuz (antiguo jugador de la primera división) se ocupó de comandar secuestros, asesinatos y torturas. Vivió con total impunidad y sin enfrentarse a la justicia ¡hasta 2005! La lucha de los familiares de los asesinados, la conversación de uno de ellos (un hijo) con Muchnik, propicia una hermosa frase: "no contaban con nuestra forma de tener memoria".

lunes, 3 de febrero de 2014

La crisis según Volpi

Se ha explicado ya de mil maneras el asunto de la actual crisis económica y sus causas. Hay también formas literarias de contarlo, y a mí esta de Jorge Volpi en "Memorial del engaño" (Alfaguara), en términos de una gran y prolongada desvergüenza, me gusta:
 "Un contagio sin precedentes o, mejor dicho, la mayor transferencia de capitales jamás orquestada desde la clase media hacia los multimillonarios (...) Lucraron con la crisis igual que antes lucraron con la burbuja y, salvo unos cuantos chivos expiatorios, conservaron sus primas astronómicas, sus paracaídas dorados, sus mansiones en los Hamptons y la Riviera, sus bacanales hollywoodenses y sus autos deportivos (...) Otros pagaron por su ambición y sus errores: 'ustedes'. La masa anónima que  durante dos décadas vivió a crédito, los pobres diablos que se creyeron el cuento de que poseer una casa equivale a ser el amo del castillo. Ustedes sí lo perdieron todo. Primero les arrebataron sus casitas y sus ahorros, luego su dignidad y al cabo hasta los infames servicios públicos (...) Los amonestaron los políticos de derechas y de izquierdas: 'gastaron demasiado, soñaron torpemente".

martes, 28 de enero de 2014

Presentación de "FIZ. PURO MARATÓN"

Con Martín Fiz y Alejandro Calabuig
Ayer, en la Cineteca del Matadero (Plaza de Legazpi, 8), asistí al estreno en Madrid de la película "Fiz. Puro maratón", dirigida por Rodrigo Moro y con guión de mi hermano, Alejandro (Alex) Calabuig. Mucho más que un documental al uso sobre la vida de este campeón europeo y mundial en maratón, la película sabe reflejar la emoción, el entusiasmo y la épica de todo un tiempo en el que nos acostumbramos a ver como algo normal que Fiz, Antón, Cacho... ganasen una competición tras otra al más alto de los niveles. La cinta nos habla de su esfuerzo, su entereza, su superación desde un origen humilde, toda una manera digna, honesta y generosa de estar en el mundo... Allí estaban,, acompañando al protagonista,  los propios Abel Antón y Fermín Cacho, junto con otros atletas míticos españoles: Antonio Prieto, Alberto Juzdado, Mayte Zúñiga y, como suele decirse "un largo etcétera" del atletismo español de toda una época dorada. Si os animáis a verla, aún queda un pase esta tarde en el mismo lugar a las 8 y media de la tarde.


martes, 21 de enero de 2014

ESCRIBIR LA VIDA. Eloy Tizón


Escribir la vida. Eloy Tizón
 

Muchos registros y maneras de contar contienen las “Técnicas de iluminación” de ELOY TIZÓN. Esa es una de sus muchas riquezas: que, en esta colección de relatos, su autor ha medido de modo paciente el cómo y el desde dónde quería acercarse a cada uno de los asuntos, con el tratamiento personal y literario que parecía corresponder en cada caso.  Es la adecuación del pintor no precipitado, que da un paso atrás y medita, sabiendo que las prisas o las expectativas propias y ajenas arruinarían, en este caso, no uno, sino diez lienzos: las diez historias en las que Tizón se embarca en estas Técnicas, que consiguen iluminar al final del camino. Bien saben los que meditan que nunca se parte de la iluminación, sino que la iluminación,  de haberla, se encuentra en todo caso al final del camino. De ahí que la visión del mundo que subyace y emerge en estas páginas proviene de un autor tan ambicioso (implacablemente exigente consigo mismo)  como humilde, al que sólo le interesa el hallazgo esforzado de la buena literatura, sin presunciones,  ruidos adjuntos,  o filigranas trilladas de escuela que recuerden a ese mismo traje de temporada demasiadas veces visto en los escaparates de ciudades tan parecidas, ese que se presenta una y otra vez como novedad. Así, en Fotosíntesis, primero de los textos, entramos suavemente en la particular mirada del escritor como obedeciendo a una invitación cordial porque él había dejado la puerta de casa abierta. Y enseguida acompañamos el caminar nómada de Robert Walser, acompasando nuestros pasos a los suyos (“Uno lleva el sendero en la sangre, nació con ello”). La verdadera vida es movimiento, se dice ahí. Y circundamos el mundo y los temas de Walser (la soledad extrema, la posibilidad/ imposibilidad de ser felices) desde la voz y la mirada poética de un narrador amigo, un admirador que también añora su ausencia y el hueco que dejó al morir. Sentimos con él la orfandad y la magnitud de una pérdida semejante, como una grieta que se abre en el suelo nevado de un camino imposible o demasiado grande para los hombres. Walser era un caminante, un Wanderer schubertiano, y también el asunto del caminar sin descanso (del perderse y del escapar sin saber si se va o se regresa, por paisajes vivos, o desolados como zonas de guerra y pesadilla) ocupa las páginas de la segunda pieza, “Merecía ser domingo”, evocación con notas surrealistas y líneas de fuga del mejor César Aira (pues también hay un Aira “malo”,  estéril o fallido) en torno a los complejos de adolescencia, a la timidez y el temor al ridículo por el modo propio de ser o de vestir. Tizón describe con viveza esa particular soledad aprendida en esos años, que tal vez nos acompaña ya para siempre. En medio de la prosa, como flores raras que son hallazgos reflexivos y verbales, emergen esas consideraciones que parecen confesiones personales en el oído del lector: “Y yo ya no puedo retroceder en el tiempo para defenderme y decirles que no, que yo no era tan impresentable, os lo juro (…) Busco una cabina de teléfono con línea directa al pasado. Si levanto el auricular, escucharé hablar en latín”. En esa inquietante región de la desemejanza, algunos lugares parecen manifestarse con signo cambiado: un bosque en el que los árboles se hayan vuelto, para los protagonistas en fuga, barrotes de jaula. Uno de los grandes cuentos es, sin duda, Ciudad dormitorio, con esa chica sola en un tren de cercanías yendo y regresando de su trabajo. Parece atravesar, de paso, las entrañas mismas de la propia ciudad y sus suburbios de droga, violencia y sueños que vienen demasiados grandes. En medio de la seriedad de la historia (el misterio sobre lo que ocurrió en un centro comercial que ve cada día a lo lejos, y en el que ella trabajó), desliza Tizón un humor landeriano: “La megafonía del tren estaba mal sincronizada, por lo que anunciaba a destiempo nombres de estaciones que ya habíamos dejado atrás, otras que correspondían a una línea distinta, o bien anticipaba con énfasis la llegada de destinos inexistentes, con nombres que parecían inventados por humoristas: Surtidor, Limonares, República”. Hay una “mirada social” en este relato de Tizón, una capacidad, a pie de calle, para saber qué tipo de personas pueden habitar calles y vagones de metro a ciertas horas, sus usos y sus costumbres, sus destinos arrastrados como pesadas cargas. Nos conmueve la soledad extrema del desdichado señor Toler, asomándonos a una insignificante tarde de domingo en su domicilio: “limpiando con un trapito húmedo el mando a distancia del televisor”. Y junto a esa percepción fina de la realidad, se superpone con frecuencia una hiperpercepción expresada en raras imágenes al otro lado de la ventanilla: masas de bosques de “violenta espuma verde” donde encontramos verosímil que los árboles hiervan o eructen pájaros. En el purgatorio urbano del mundo, resulta coherente la firme convicción de su protagonista: “Cuando nosotras nacimos, todo el amor del planeta se había gastado ya. Liquidado. Exhausto. Exprimido (…) El poco amor que quedaba estaba dicho en los libros, en las películas, en los telefilmes…” Y si se habla aquí de realidad e hiperrealidad funcionando juntas sin descarrilamientos, habría que atender a todo lo que surge y crece dentro de las narraciones de Eloy Tizón: el despliegue de las ocurrencias desborda y revienta las costuras del texto escueto o de su lograda técnica. Es entonces cuando, además de hacer literatura, el libro entero proclama vida literaria. El misterio de la trama puede quedar esbozado, difuminado, sugerido, como pendiente de resolución, porque el despliegue (el trayecto por el que Tizón nos ha conducido) era ya suficiente premio y narración poderosa. Otra gran pieza es “La calidad del aire”, con el deseo de perderse y desprenderse de todo de su protagonista, tras abandonar una fiesta en la que hubo un incidente (sólo apuntado) del que salió con los nudillos rojos y doloridos. Su deriva por la ciudad nos conduce a reflexionar acerca de la precariedad y la insignificancia del ser humano una vez que pierde sus objetos y posesiones. Tanto en Los horarios cambiados como en Manchas solares reflexiona el autor con lucidez sobre las incomprensiones de pareja, aunque de un modo bien distinto: en el primer caso aborda más bien el asunto del hastío de pareja una vez que todo parece dicho y hecho y todas las manías y rutinas confluyen en un insufrible conocimiento mutuo que suma cero: el “agotamiento de los actores en su décima toma”, agrediéndose verbalmente de continuo en discusiones estériles. Este relato propicia fértiles hallazgos descriptivos y enumerativos. En el segundo, en Manchas solares, nos coloca ante el estupor del marido abandonado que encuentra una nota de despedida de su pareja. Se trata ahora de cómo rehacer la vida, una vez que ésta nos sitúa de repente, sin avisos previos, en una posición en la que nos sentimos ridículos (y Tizón sabe explorar también la parte cómica del asunto). Es el no entender nada y tener que salir adelante, es también la puesta a prueba de convicciones y estatus que creíamos inamovibles. Hermoso y doloroso el choque entre expectativas y realidad en Volver a Oz. Un abismo que también está presente en la mujer trastornada (o lo que queda de ella tras ser fagocitada por una poderosa galerista de arte) de El cielo en casa. Difícil quedarse con un relato, digamos como “favorito”, pero a mí me arrastró, por encima de todas, esa evocación -que tanto tiene de despedida de un tiempo y de un modo de vida- llamada Alrededor de la boda. Gran cuento, tan humorístico como conmovedor y triste (y rebosante de fuerza expresiva) en el que se narra el viaje de tres amigos para la boda en provincias de una alocada compañera de universidad. Pocas veces se habrá enunciado de forma tan lúcida la frontera o el paso definitivo a una nueva vida, la ilusión y la preocupación por un nuevo estado de cosas en gran parte incontrolable: “Dio unos pasos para irse, pero al momento cambió de idea y volvió, porque casarse era, podía ser, un lugar oscuro e intimidante, sin traducción simultánea, un vértigo o una caída, algo incomprensible como esa silla de ahí, no, mejor como aquella otra”. También ese “nosotros”, esa voz coral que desglosa esta historia, parece estar disfrutando de una alegría, un amor y una última luz inmerecida (“de un lila suave, casi alienígena”) antes de ingresar en la seriedad de lo que vendrá en el futuro: esa vida absolutamente complicada de Manchas solares o Nautilus (con su desolado científico Almeyda y la pérdida de un hijo), la edad madura donde las lecciones apenas se aprenden o sirven de utilidad, porque todo se resume en una especie de valeroso “acto de fe” exclusivamente humano y en una improvisación, un ir “tocando de oído” mientras se vive.

lunes, 13 de enero de 2014

Acerca de la escritura de Eloy Tizón

Acabo de terminar las "Técnicas de iluminación", de Eloy Tizón. Lo he leído con la calma que, creo, merece un libro como éste. Puedes llamarlo una "calma respetuosa", una calma ceremonial a la altura de la lenta y afinada construcción y desarrollo con que el autor infundió vida y autenticidad a estas diez magníficas historias. Cierro el libro, ese último relato, "Nautilus", con su desolado científico Almeyda, pensando que, a partir de este hombre, Tizón ha sacado la radiografía exacta de nuestro desquiciado mundo contemporáneo: truculento, banal y olvidadizo. Dicen que hoy en día la vida de las publicaciones está condenada a ser corta. Digo yo que dependerá de nosotros: sostener a los buenos y dejar escapar con alivio a los que sólo daban gato por liebre. Hay libros que merecen con razón un destino pasajero. Otros, como éste de Tizón, deberían obtener, en cambio, permanencia. Yo, por si sirve de algo, la reclamo.
 

martes, 7 de enero de 2014

Riquezas y pobrezas de nuestro idioma

Que un escritor argentino/a pueda llamar a un patrocinador, "un auspiciante", habla de lo sosos y limitados que somos aquí-acá, pero no allá.

lunes, 30 de diciembre de 2013

MANERAS DE DESCRIBIR A UN AUTOR

MANERAS DE DESCRIBIR A UN AUTOR: Le debo al escritor alemán Clemens Meyer el soplo sobre un compatriota suyo, novelista y "relatista" al que yo ni siquiera conocía: JÖRG FAUSER, que falleció en Múnich, atropellado por un camión, con tan solo 43 años (1944-1987). Aproveché mi último viaje a Berlín para hacerme con algunos de sus interesantes libros. No voy a hablar ahora de ellos, de su radicalidad y su dureza, sino de la curiosa manera en la que el prologuista de sus relatos (el escritor Helmut Krausser) describe a Fauser, al narrar un viejo primer encuentro con él en el bar cercano a una librería: "Fauser sah auf den ersten Blick aus wie ein Bankangestellter, das stimmt, aber auf den zweiten Blick sah er aus wie ein Bankangestellter, der abends ins Casino geht, und auf den dritten Blick ging er abends ins Casino mit dem Geld seiner Bank" (Fauser, a primera vista, tenía el aspecto de un empleado de banco. Es cierto, pero en un segundo vistazo parecía un empleado de banco que va al casino al caer la tarde. Y en un tercer vistazo iba por la tarde al casino con el dinero de su banco".
 

lunes, 16 de diciembre de 2013

El "Agua dura" de Sergi Bellver


El Agua dura de Sergi Bellver

(Agua dura. Ediciones del Viento, 2013)
No tarda mucho el lector en percibir la prosa de largo aliento y las imágenes potentes de Sergi Bellver en esta colección de doce relatos que lleva por título Agua dura. Basta la imagen de una mujer hermosa que ve aproximarse una tormenta en un páramo, o la descripción del automóvil en mal estado en el viajan (huyen) sus dos protagonistas (en “Propiedad privada”) para ponernos sobre aviso de que aquí se trata de contar buenas historias y de impresionar/sorprender a quien haya apostado por leerlas. “Entre el paraguas y el vestido, negros los dos, la piel de Diana se ilumina como un milagro (…) Es un coche viejo. Grande, rojo y tan viejo que el óxido y la pintura se confunden como sangre fresca sobre sangre seca”. Es San Lorenzo, o la búsqueda de San Lorenzo. Es un territorio perdido de sierras y desierto y esos dos hermanos (¿en fuga? –aún no sabemos-) recuerdan modernos jinetes de Rulfo, ahora motorizados, pero que tal vez compartan la misma desesperación de aquellos que cruzaban otras tierras o recibían unas que eran estafa o puro pedregal. El paisaje impresiona en su carencia y el propio cuerpo de la chica que hace castings publicitarios será lugar de cobijo para una instantánea rana que salta hacia la ventanilla y se posa en su pierna. Más tarde será territorio breve para el beso de otra mujer o para la lluvia obstinada que cala vestidos y huesos. Se adivina una herencia de una madre que no los quiso, una finca con caserón medio abandonado de la que él guarda borroso recuerdo de niño… Emergen a lo largo de este primer relato figuras amenazantes que son señales que inquietan: esa loba que se cruza en la carretera, animales agonizantes, extraños visitantes que invaden la propiedad en mitad de la noche para hacer fiestas, o un fanático religioso alcoholizado que, al encontrarlo en la puerta, “pareciera haber estado esperándole desde siempre, ahí, impasible como un juez bíblico”. La pálida belleza de Diana, su desnudez desinhibida, asoma como el único contrapunto hermoso frente a ese paisaje de muertos y desolación que la figura materna parece haberles legado. A ese precipicio nos asoma Bellver como si fuera un mero mirador, con el solo apunte, dejando en el aire, o sólo enunciados, elementos concretos, porque quizá, lejos de la concreción o el fácil psicoanálisis de padres ausentes al que la historia podría remitir, prefiere que percibamos la pura orfandad, la soledad extrema, la quiebra y la huida de esta pareja de hermanos para los que no parece haber reposo o buena tierra sobre la que les sea posible habitar. Bellver, como sus “héroes”, es sólo un nómada al que sólo le cabe por equipaje la sobriedad narrativa, pues ni adorna, ni edulcora, ni cree en un mundo edulcorado. Sabe que el hielo puede quebrarse bajo nuestro peso y que ese es el estado del hombre en el mundo. Así sabe mostrarlo “El nudo de Koen”, esa historia de los dos duplicados hermanos Koen: uno de ellos, un prometedor y exacto hermano, fallecido diez años atrás, ahogado en un canal, un Wunderkind, un niño prodigio, el preferido de sus padres. La casa ya vuelta sólo mausoleo en su memoria, injusticia permanente con el hermano vivo, siempre medido y comparado. Bellver nos habla de la imposibilidad de estar a la altura, del dolor de no ser más que una réplica. “Me recuerdan que soy un segundo intento y yo no quiero ser tú”. De nuevo la ausencia de hogar propio, de nuevo la negación de un lugar estable en el mundo. El relato tiene el aire espejeante de una buena parábola borgiana, donde también la orfandad está presente y ese no haber casa posible. Que lo más inhumano lo perpetre un ser humano, es también el núcleo central de “Los ojos de Sarah”, de ahí la pertinencia de la cita inicial de “El corazón de las tinieblas” que Bellver selecciona. Ahora estamos en Sâo Paulo a bordo de un Volkswagen escarabajo, donde Sarah y Abel (él, de niño, un superviviente de los campos, un conejillo de Indias que pudo salir adelante como un animal herido) van a la búsqueda del nazi Mengele. Celebrar el Estado de Israel se hace difícil cuando hay tanto por llorar: “lloraban a los muertos que no podrían ver la Tierra Prometida. Lloraban también a mis padres y hermanos, cuyos rostros a duras penas conseguía ya entonces recordar”. La belleza femenina, esta vez la de Sarah, es de nuevo una isla, lo único admirable en este paisaje de bestias, pagos y venganzas imposibles, fantasmas que escapan y aún parecen burlarse de nosotros. Hermosa Sarah bajo el diluvio mientras va ovillada y descalza en el asiento del copiloto y hermosa cada mañana al levantarse: “Cuando ella despierta, sabes que la Tierra gira porque Sarah lo ha decidido así durante su viaje, y que ha regresado dispuesta a ello -siempre se levanta como si brotara de una burbuja- a una tarea que no puede aplazarse ni un minuto más”. Hay en este libro otros relatos más “ligeros” que se enredan con el puro divertimento o con mostrar la pincelada de un signo de los tiempos. Puro divertimento experimental hay en “La muerte de Edmund Blackadder”, un cuento-hipótesis narrado desde la crónica futura de un periódico alemán en 2014: un atentado islamista con la noria del London Eye rodando a sus anchas por la ciudad para matar entre otros al intérprete de Mr. Bean en plenos Juegos Olímpicos. Relatos “signo de los tiempos” serían “Banana Dream” (invasión de museos a cargo de un pintoresco comando), “Deseo de ser Dimitri” (ambientado en la Atenas de las protestas sociales contra un modelo de mundo y su lenguaje perverso) y “La manada” (que sabe hablarnos de la precariedad contemporánea –y de nuevo de la falta de hogar propio- a través de ese portero de inmueble, Cervera). Más insustancial me parece “Señales de vida”, pero potente y bien definido resulta “Pájaros que llegan a Moscú”, historia de la forja de un matón, con el recuerdo difuso de una tal Irina, que nos narra un testimonio de supervivencia en la capital rusa y la búsqueda de calor y de un lugar en el mundo, tema bellveriano donde los haya. En su desarrollo, curiosas apreciaciones como esta retienen la atención del lector: “Así van a la deriva los moscovitas (…) les arrastra alguna otra cosa, se pierden en algo más grande, se olvidan de que una vez fueron bosque y ahora son poco más que un ejército de árboles muertos en retirada”. Y a veces no es sólo la soledad extrema, la falta de casa o de lugar, el límite del padecimiento, puede que incluso se lancen a arrebatarte lo poco que tienes o tuviste: una casa desvencijada y la vieja furgoneta de la que fue tu madre (así son las herencias posibles en el mundo bellveriano). Es el caso de un cuento intenso como “En la boca del otro”, donde se narra con viveza la destrucción, la lucha por la vida hasta el agotamiento extremo, literalmente hasta la última fuerza o gota de sangre, contra un jabalí rabioso o contra los semejantes, vecinos de región, que vienen a ser lo mismo, al fin y al cabo manada, del mismo modo cegados en su brutalidad. Interesante el duelo de culturistas, también hasta la extenuación, del relato “Mala hierba”. Pero para mí, el texto entre los textos de esta colección es la pieza final: “Islandia”, gran y evocador cuento que surge del triste viaje de un hombre (pescadero en Madrid) para recoger las cenizas de su hermano, perdido desde hace años en Reikiavik. Elige bien Bellver este lugar gélido para volver a desgranar incomunicaciones, familias escurridizas y fratrías imposibles. Incluso el lenguaje extranjero es impedimento en esta travesía donde los ojos de los otros “le desafían con el brillo de la grava cuando se moja”. Cartas durante años sin abrir que ahora despliegan confianza y señales asombradas de maravillas del paisaje, que llegan demasiado tarde, “cuánta vida, hermano”. Porque el agua dura -nos advierte Sergi Bellver- es “metáfora oscura”, un líquido que corroe todo a su paso, que obstruye las cañerías e impide que las cosas y los sentimientos puedan fluir. La felicidad se perfila entre estos hielos como una breve posesión, una percepción buscada que vuelve a escaparse o que demasiado pronto termina. Y, sin embargo, parece sugerir el autor, merece la pena ser libre e intentarlo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

En el "Bulevar" de Javier Sáez de Ibarra

De regreso ya en Madrid tras una breve escapada de unos pocos días en Berlín, fui ayer por la tarde/noche a la presentación de la colección de relatos "Bulevar", de Javier Sáez de Ibarra, publicados en Editorial Páginas de Espuma, y presentados en la madrileña librería Cervantes y compañía. Cuando dos autores se conocen tan bien como Miguel Ángel Muñoz (presentador) y el propio Javier, la conversación fluye sin más, cercana, alegre, sin necesidad de sujetarse a apuntes o guiones prefabricados. Se habló de la "prehistoria" y larga gestación de este libro. Y también del realismo, de sus límites y ampliaciones. Sáez de Ibarra es un autor que no se conforma con contar de oficio una historia, quiere llegar a algún tipo de verdad agazapada en alguna capa o recoveco del alma humana, por eso se exige como pocos antes de dar por buena una obra. De todo esto se habló ayer, y ahora seguro nos hablará a todos el propio "Bulevar".
 
 
 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Berlín, diciembre y el pasado

El intento de reparación del pasado por parte de los alemanes no se quedó en aquel célebre arrodillarse de Willy Brandt. Años y años de culpa arrastrada y arrepentimiento. Estos mismos días/noches (a las cuatro ya no hay luz natural) me encuentro en el frío Berlín con ese otro hermoso gesto delante de la Puerta de Brandenburgo. Como decía Günter Grass al final de su novela "Im Krebsgang": "Das hört nicht auf. Nie hört das auf" (Esto no termina. Nunca se termina).

martes, 29 de octubre de 2013

Las "Pequeñas biografías por encargo" de JAVIER MORALES ORTIZ


 
 
Pequeñas biografías por encargo

JAVIER MORALES ORTIZ

Huerga y  Fierro editores. Madrid, 2013

 

Sigo la pista de Javier Morales Ortiz  (o mejor: la de sus libros y la de su manera de narrar) desde que leí su breve colección de relatos “Lisboa”, impresionado por los destellos y  atmósferas que era capaz de lograr en unos y otros lugares de aquellos cinco textos, valiéndose de una técnica directa y austera donde la sinceridad y la cercanía del narrador también nos ganaban, tanto por lo que contaba como por lo que dejaba apuntado y sólo sugerido en beneficio del lector. Porque Javier Morales (Plasencia, 1968) no es escritor de dejar los asuntos cerrados y con moraleja de fábrica o taller, sino un tipo que está en el mundo y al que le gusta relatarnos la complejidad y ambigüedad de la propia vida y de las relaciones personales: el calor de una pareja apasionada, pero también el frío insufrible y cotidiano que rebosa en el alma de quienes ya no se entienden o cuyos proyectos de vida común quebraron y dieron lugar a rupturas, o a rutinas que se sobrellevan. Vuelve a acertar ahora en esta novela que lleva por título “Pequeñas biografías por encargo”, donde no sólo es fiel a lo mejor de sus anteriores escritos, sino que crece, toma altura e incluso juega al despiste con el lector, cambiado de registro según los tramos, y presentando su historia, la historia del protagonista, Samuel, a partir de tres momentos concretos de su vida: 1999, 1982 y 2010. Ese tríptico permite ver al final el sentido del conjunto, al recomponer su personaje atendiendo a su origen (humilde, gente esforzada de campo)  y a lo que finalmente ha llegado a ser. La anécdota inicial (ese inverosímil/verosímil Samuel, periodista con un don para redactar biografías, que recibe, en la primavera de 1999, el encargo de seguir los pasos de David Blount, un ciudadano británico afincado desde su juventud en un pueblo extremeño) tiñe la narración de un logrado aire detectivesco, que en el caso de Morales se vuelve todo un homenaje a un  género que admira. La misión se la encomienda un caro bufete de abogados madrileño. El Madrid contemporáneo, ruidoso, crispado, caótico pero amado al tiempo, nos lo entrega el autor con las notas de quien de veras lo conoce. Es el espacio elegido por Samuel para vivir, el espacio que afirma, incluso ahora que vive el distanciamiento personal y geográfico de su pareja, Sonia, cooperante internacional, que en estos momentos se encuentra en Perú. Inverosímil, nos damos cuenta, “poder mantenerse gracias a perfiles biográficos”, pero la buena inverosimilitud la abraza uno pronto cuando funciona, como es el caso. Como en los relatos de “Lisboa”, también aquí Morales se muestra, en principio, directo, ágil y veloz. Este es sólo un registro: nos encontraremos también un escritor con gusto en demorarse y detallar en esa parte troncal del libro dedicada al verano de 1982, donde alcanza un aire landeriano a través de esas figuras humildes y repletas de afán que eran los padres de Samuel en la plantación y secadero de tabaco, donde el hijo y sus hermanos dejaron también parte de su infancia y adolescencia). El perfil del británico Blount (solitario y hermético, un científico brillante que devino fanático de la agricultura ecológica) se va acrecentando con la acumulación de testimonios de los que lo conocieron en La Comarca: desde la Guardia Civil a los miembros de la cooperativa, alguna antigua amante, o esa profesora bien trazada y de increíble nombre, Luz Verde, que ahora reside en Portugal. La reacción del científico Blount contra las trampas de un mundo tecnologizado y con frecuencia inhumano, no lo lleva por los derroteros  de un personaje reciente de Piglia (esa especie de terrorista Unabomber que aparece en “El camino de Ida”) sino más bien hacia la figura del eremita, “habitual de los caminos”, el hombre reservado en el que “había una puerta que nunca podías traspasar”, pero, a la vez, es el insumiso, el comprometido con su comunidad y sensible a los problemas de su región, entre ellos la despoblación del mundo rural, la “paulatina degradación de La Comarca”. Morales sabe dar las notas de un mundo muy español y rabiosamente contemporáneo, en el que los alcaldes pueden ser promotores inmobiliarios de campos de golf, chalets y hoteles construidos en reservas naturales. La certera descripción del alcalde no deja lugar a dudas: “Bardón es un hombre atildado, con destellos horteras, alto, fondón y mirada herrumbrosa. El pelo esmaltado, la pose enhiesta”.  Parece que lo hemos visto, o que acabaremos viéndolo, en la crónica de tribunales de un telediario en el apartado habitual de corruptos contemporáneos. La identidad personal, las raíces propias, quedan, para el autor, tremendamente ligadas al paisaje, al lugar sagrado que se debería respetar: el “vínculo con la tierra”. El huraño Blount no carecía de su lado humano y sociable. Un testimonio, que escucha nuestro “detective”, lo prueba: “Otras veces me acompañaba a carear el ganado. Cuando hacía buen tiempo, por la noche nos sentábamos a contemplar las estrellas, con un poco de queso de cabra y una botella de vino. Me hacía compañía porque aquí arriba uno se siente muy solo, sobre todo cuando hay tormentas”. El Blount opaco, que no malgasta palabras, cobra a veces el aspecto del profeta visionario que nos advierte de la necesidad de un cambio urgente, planetario, de nuestro modelo de vida.

            Nos gana desde el inicio Samuel, el protagonista, el biógrafo, el investigador: es sereno, escucha bien, es bienhumorado y con los pies en la tierra. Una tierra a la que respeta tanto como para deslumbrarnos con la segunda parte de este libro, esa fascinante exploración de las raíces propias (sus progenitores y la labor del campo) que es el “SEGUNDO MOMENTO. Verano de 1982” y que siendo el núcleo y el fuste de este libro, podría funcionar también, y sin perder brillo, como texto autónomo, como un relato largo que se cierra sobre sí mismo dejando atónito al lector por su autenticidad y su potencia (incluido su explosivo final, que Morales deja caer sin tremendismos, como una nota más de la partitura). El escritor salta atrás, a aquellos años infantiles y adolescentes, de Renaults 8 y Seats 131. Nos lleva a la plantación de tabaco en la que toda su familia se deja la vida mientras los demás niños disfrutaban de vacaciones y novietas, o conocían el mar y las piscinas. Nos regala la perplejidad del niño que fue, su mirada hacia las gentes sacrificadas del campo en una espléndida recreación de época. Sabe describirnos la insatisfacción en los ojos azules del capataz Julian Kreutzer, las mujeres en torno a un fogón, o los azulejos ribeteados con mosaicos de una cantina perdida en medio de la nada, mientras –se dice- “la adolescencia se quema en aquellas tierras de labranza que ni siquiera son vuestras”. Hay un poderoso “tú” con el que el narrador se dirige al niño que fue, desde la distancia, como si quisiera desde tan lejos interpelarlo para comprenderse, en lo que fue, en lo que aprendió, en las oportunidades que no tuvo y que quedaban aplazadas en un difuso y desesperante “Habrá tiempo”, conocerse en el niño lector de biografías que terminaría escribiéndolas también. Hay mucho de purificación personal en esta parte del libro. Samuel nos resulta ahí conmovedor como nos suena tan cercano en el Madrid de su buhardilla mientras sabemos de su distanciamiento de Sonia o del buen detalle de su vida de amistades y noviazgos, sus discusiones de pareja “pseudoideológicas, que sólo escondían nuestro fracaso emocional”. Es un hombre práctico que nos hace a menudo reír: “Estaba dispuesto a sacrificar a muchos de los ídolos de la tribu capitalista, excepto el coche”. A veces bordea las paradojas de la revolución y los supuestos revolucionarios en una óptica cercana a la del mexicano (reconvertido madrileño) Federico Guzmán. Así, nos dice Morales de un personaje: “Entonces tenía veinte o veinticinco años y mientras empuñaba el fusil se prometió que si la revolución no llegaba antes de que cumpliera los treinta, se haría rico, como de hecho ocurrió”. Un gran salto adelante nos conduce a 2010, a Barcelona, a una tal Judith, muchos años después de aquella inicial Sonia. Los padres de Samuel ya fallecidos (a los que el narrador homenajea como gente sencilla capaz de haber fundado “una familia humilde, pero no vulgar”). Es invierno también en la relación con Judith, ambos adoradores de un hijo en común, pero agotados de su propia convivencia, “apenas compañeros de piso mal avenidos”, “tierra quemada”, tanto, que habrá un imposible y fantasmal regreso a Isla, al lugar de la infancia, donde reaparecerá el espectro de una antigua amante. El recuerdo de los últimos días del padre en un hospital de Madrid llena los últimos compases de la obra de compasión: “Francisco está ingresado en una habitación con vistas al Parque del Oeste, en Madrid. Al otro lado de la ventana, un sol invernal invita a salir, a dejarse acariciar por una luz suave y discreta, inalcanzable ya para él”. El cuidado del enfermo en las últimas horas de vida, la impotencia con la que abordar esa tarea, propicia la lucidez extrema del protagonista. El infierno -comprende- tal vez no era un decorado de fuego sino la desoladora sala de una unidad de cuidados intensivos.

Y puede que aún reste un regreso imposible a la tierra de la infancia, al espacio de la plantación, al amor de juventud encarnado en Virginia o en lo que hoy en día ha llegado a ser. Morales lo propone de modo brillante. A veces uno consigue convocar a los fantasmas y puede incluso que ellos nos golpeen en plena cara como intrusos.

martes, 22 de octubre de 2013

El futuro de la novela

Cansado de quienes dan la extrema unción a la novela desde hace decenios con la seriedad y el luto del sacerdote. Cansado de quienes se dicen cansados de la ficción. Las malas novelas nacieron muertas, las grandes novelas explotan de vida ante los ojos del lector, se publicasen ayer o hace unos cuantos siglos. Comunican inteligencia, talento y vida. Son, como dirían los alemanes (en el contexto de la salud de los niños) "gesund, lebendig und munter" (saludables, vivas y despiertas).

miércoles, 9 de octubre de 2013

Maneras de decir

Uno de los disfrutes de un crítico de literatura hispanoamericana, más allá del gusto por unas u otras novelas o relatos, es el descubrimiento y redescubrimiento de otras maneras de hablar nuestra propia lengua. Esta semana, por ejemplo (en la nueva novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez, "Las reputaciones" (Alfaguara), que se pondrá en unos días a la venta) leo, y vuelvo a sorprenderme: "Era un tipo grande, su papá, un tipo ACUERPADO (...) pasando DE AGACHE por una puerta bajita".

viernes, 4 de octubre de 2013

De la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto

Con Patricia Ratto y Fabián Lebenglik (dcha.) al comienzo del acto
Unas imágenes de la presentación de "Trasfondo", de Patricia Ratto, que llegó desde Argentina con el equipo de Adriana Hidalgo Editora y que continuará viaje hacia Frankfurt y Colonia. Un público participativo, que había leído el libro a conciencia, hizo que el acto fuese de verdad un diálogo entre todos en el que fuimos dando vueltas a los temas y modos de interpretar el libro. Rendimos nuestro pequeño homenaje a aquella joven tripulación de submarino (protagonista de la obra) arrojada inútilmente al infierno de las Malvinas.




El acto tuvo lugar en la librería Tipos Infames, de Madrid (2 de Oct. 2013)
 



miércoles, 25 de septiembre de 2013

Del último Ricardo Piglia

Así describe PIGLIA en El camino de Ida a una chica joven (Nancy Culler), de pelo azul, piercings, tatuaje japonés en el cuello y falda corta, estudiante de literatura comparada, a la que el cincuentón profesor protagonista lleva en su coche en un momento de la narración: "Hablaba así, corto y epigramático, como si escribiera grafitis en la pared de la mente (...) Era una chica moderna, hablaba con bloques de palabras, no con frases (...) Tenía algo de chica cyberpunk, de niña hacker".

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Presentación de "Allende en el recuerdo", de Óscar Soto

Con Óscar Soto (Fotografía de Antonio Calabuig)
 Hoy se cumplen 40 años de uno de los momentos más salvajes y terribles del pasado siglo XX: el bombardeo del Palacio de la Moneda donde pereció el presidente legítimo de Chile, Salvador Allende, y, por muchos años, la posibilidad de democracia y libertad para ese país americano y tal vez para todo el continente sur. Los verdugos: el general Augusto Pinochet al mando del ejército golpista (con el apoyo de años de la política Nixon-Kissinger-CIA-Democracia Cristiana chilena al servicio de la extrema derecha, etc.) Las víctimas, torturados, desaparecidos, exiliados... realmente incontables. Ayer presentamos en la madrileña librería Rafael Alberti "Allende en el recuerdo", un libro fundamental, evocador y riguroso del Dr. Óscar Soto, médico personal de Allende, que convivió con el presidente a lo largo de cuatro años y combatió hasta el último momento en La Moneda. Hace unos años publicó el ya célebre "El último día de Salvador Allende". La librería estaba abarrotada, los libros se agotaron, la conversación pausada y emocionada con Óscar Soto llenó el espacio de datos y anécdotas. Participó también el editor, Ramiro Domínguez (Silex ediciones), pero, lamentablemente, no dispongo de su fotografía. Estas que adjunto son del final del acto.
(Fotografía tomada por Antonio Calabuig)

Allende en el recuerdo. Silex ediciones

miércoles, 14 de agosto de 2013

Mañana los amores serán rocas. Isabel Cienfuegos

 
 
 
Tres de los seis relatos que componen el libro de Isabel Cienfuegos "Mañana los amores serán rocas" (Ed. Cuadernos del Vigía, 2012),  me han interesado mucho en estos días del verano de 2013.  De esa primera estampa titulada "Ratas", su lenguaje directo y sin adornos, el buen ojo de quien sabe estar a pie de calle para detallar la vida precaria en la que se mueve el biólogo protagonista, recién licenciado, que firma un primer contrato (beca de investigación) igualmente insegura e inestable. Siguiendo las anotaciones de su diario, la voz joven del becario acota el campo de lo que le está permitido esperar: sus amistades, sus lugares y citas posibles, la penuria económica, esa verosímil novia okupa ataviada con piercings y grandes botas... La experiencia caótica del laboratorio corre en paralelo con la vida desquiciada que la actual España puede brindarle. "Mañana los amores serán rocas" (cuarto relato, que da título al conjunto) es un cuento medido, poético e impactante acerca del final de la infancia para dos hermanas, entre el infierno de las discusiones paternas y la disolución de los que fueron objetos y rutinas protectoras. Nos sitúa justo en un límite, en una certeza expresada en la página 39, allá donde ya "No se puede retroceder. A nuestras espaldas hay salvajes. La vida no vale nada para ellos". El descubrimiento del amor y la sexualidad coincide con el adiós a un mundo encantado y autosuficiente, como esa naturaleza acogedora que rodea la casa y se vuelve repentinamente desafiante. Por último, el texto "Tan fácil", parece casi una pincelada, un apunte breve, en el que nos permite asomarnos, a propósito de la noticia de la muerte de un viejo amigo, a la evocación del viaje de un grupo de médicos a Agadir tiempo atrás. Isabel Cienfuegos se ocupa de que el exotismo y el erotismo invadan al lector desde la desnudez de Helena bajo un vestido ligero y holgado en una oscura tienda de alfombras y los efectos que su belleza y cercanía causan en el narrador. No me han interesado especialmente el micro titulado Adiós, esa breve sentencia que es Pigmalión, o ese cuento de aire kipliniano de viejos lobos y cacerías llamado Ceremonial. Pero las tres piezas destacadas arriba, con su intensidad y su inteligente enfoque narrativo, merecen ya el recorrido por el mundo de esta narradora madrileña.

sábado, 3 de agosto de 2013

Maneras de decir (II)

De verdad que hay que ser un autor cubano para no hablar de un coche aparcado sino de un "carro parqueado". De verdad que hay que ser un autor cubano -como Leonardo Padura- para describir a alguien diciendo que era "flaco como vara de tumbar gatos".

jueves, 1 de agosto de 2013

Maneras de decir

Me encanta la manera natural y llena de gracia como dos cubanos pueden llegar a saludarse sin que nadie se ofenda. Leo en la que será la nueva novela de Leonardo Padura: "Coño, man, tienes tremenda cara de mierda".

martes, 23 de julio de 2013

Ich bin noch da/ Aún sigo ahí

Puede que te alegres si me quedo atrás, o si desaparezco, o si me parte un rayo, o si me empujas a ese bosque oscuro de difícil salida que tú tienes poder para imponerme como si cerraras una pesada puerta, hasta que me vuelva irreconocible y nadie vuelva a saber de mí. En cierto sentido, dada mi falta de fe, eres lo más parecido a un Dios (arbitrario e inescrutable) que he visto sobre la Tierra. Se te olvida sólo que me eduqué en la repetición y la posibilidad mientras leía a Kierkegaard en una ya lejana Facultad de Filosofía allá por los noventa. Se te olvidan también mis mil carreras de mediofondo a ritmos para ti imposibles, y los dos mil kilómetros que he corrido cada año desde mis dieciséis, a través de páramos bastante kierkegaardianos donde basta el frescor de un prado o que despegue un pájaro para que el día haya merecido la pena. Se te olvidan millones y millones de frases y frases leídas por las que he pasado y que me dejaron profunda huella, como aquella de Bolaño en 2666: "“él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”.

domingo, 14 de julio de 2013

Figuras de la literatura alemana contemporánea. Judith Hermann


Figuras de la literatura alemana contemporánea
JUDITH HERMANN, una casa de verano y una tal Alice 

                                               (1) 
 

Parece que cada vez que regreso a Alemania, regreso también a los libros de Judith Hermann (Berlín, 1970). He releído estos días su Sommerhaus, später (Casa de verano, más tarde), primero de sus libros de relatos, aparecido en 1998. El verano anterior había hecho lo mismo con Alice (2010). Miro mis notas sobre ambas obras y algunas de mis “consideraciones literarias” me recuerdan a las de los catadores de vinos. Leo cosas como: Prosa alemana limpia y clara. Delicada y poética, pero con una dureza y aspereza de fondo que evita cualquier tentación de cursilería. Judith Hermann está en el mundo. De ahí su lucidez.

No sé si porque mantuve una breve correspondencia (vía facebook) con la autora argentina Samanta Schweblin al respecto de Hermann (ambas iban a coincidir en ciclo de conferencias en Berlín), o simplemente porque llevaba tiempo queriendo hacerlo, intento ahora “montar” y desarrollar esos apuntes para dar una idea de lo que me parecen las coordenadas fundamentales en las que se mueve/escribe esta interesante autora contemporánea.

Debería empezar por destacar su afinada capacidad de observación. Su precisión al analizar los sentimientos de pareja, la incomunicación de fondo que se da incluso entre las personas aparentemente más unidas, la imposibilidad última de conocerse.  A veces Alice observa a Raymond (como en el lago) con una especie de curiosidad distante de entomólogo. Son mundos tan compartidos como separados.

En Alice, escenas aparentemente leves, se erigen de golpe y estallan ante el lector con todo su dramatismo (como en ese fragmento en que la monja de hospital, curiosa, pregunta a la protagonista a qué se había dedicado el moribundo Micha, algo demasiado largo y complejo para resumírselo en unas palabras): “Alice hatte gedacht, dass diese Nonne niemals mehr sehen würde, wie Micha gewesen war, wie er ausgesehen, gesprochen, geflucht und gelächelt hatte, wie er durchs Leben gegangen war. Sie sah nur den Sterbenden. Entging ihr etwas?” (Alice había pensado que esa monja nunca vería como había sido Micha, qué aspecto tenía, cómo hablaba, maldecía y sonreía, cómo había sido su paso por la vida. La monja veía sólo al moribundo. Se le escapaba a ella algo?

También en la segunda historia del libro, Conrad, aparece esa incapacidad de describir del todo, con justicia,  a quien acaba de dejarnos.

Judith Hermann sabe lograr intensidad y buen suspense a partir de lo cotidiano. Mucho suspense hay en el encuentro de hotel entre Alice y el anciano Friedrich. O bien deja lugar a lo conmovedor: el misterioso tío Malte muere y Alice nace un mes después. Traduzco ese párrafo : “Alice no conoció a Malte. Malte hubiera sido su tío de no haberse quitado la vida en un día de marzo de hace cuarenta años. Alice vino al mundo en abril, a la vida. Un mes después. Pero para entonces ya estaba Malte bajo la hierba verde. Piedras, jazmín y rododendros sobre su tumba. Tú eres la luz en nuestra oscuridad, había escrito la abuela de Alice, madre de Malte, en su calendario con caligrafía clara y consciente”. Impresiona el final de ese relato, “Malte”, donde la protagonista parece diluirse con gusto entre los pasajeros de estación, difuminarse hasta desaparecer.

Por otro lado, es una autora que te permite pensar, no cierra del todo lo dicho. Queda abierto un “por decir”. Lo sugerido, lo esbozado, lo prometedor… Hay enumeraciones tan eficaces como la de la pag. 160 de la edición alemana en el cuento “Raymond”: el mundo que surge y parece regresar y colarse en el presente a partir de una vieja chaqueta de quien ya murió. Algunas historias sólo se apuntan desde fragmentos o se van dejando ver. El lector puede hacerse su propia composición. No es necesario saber TODO lo que ocurrió en esa vieja historia de amor entre Alice y Micha.

En Hermann hay destellos de Virginia Woolf, de Ingeborg Bachmann o de Alice Munro, pero es, al mismo tiempo, “muy personal”. Produce inesperados aciertos, sorpresas eficaces. (De verdad que la mujer viuda que empaqueta los objetos de su marido para la Cruz Roja podría ser un personaje de Munro). Todas las historias del libro “Alice” son un ejercicio sobre la perplejidad de la pérdida.

Logradas son las mezclas de pasado y futuro. Otras edades, otro tiempo. Los signos que se intercambian entre los textos. El fértil experimento de volver ancianos a los personajes de Alice y Raymond en el último cuento, donde exhibe un narrar sabio y reposado.

 

                                               (2)

Quizá la gran experiencia de fondo en la lectura de esta autora berlinesa consista en ese permitir asomarnos sin ruido a una serie de vidas cotidianas y en percibir los detalles sutiles de lo que nos ofrece. Ella no obstaculiza, no es ella la que se presenta y vive delante de nosotros, sino sus personajes. Describe con maestría un tipo de pareja muy alemana, pero también muy europea-contemporánea y extendida en el mundo occidental: hombres y mujeres que conviven de uno u otro modo, a los que ella acerca su “cámara”. Por mucho amor que haya entre ellos, por mucha intimidad o distancia corta, son siempre entidades separadas, incomunicables, en lo más íntimo de su ser. Pienso ahora en las historias de la colección Sommerhaus später y recuerdo, por ejemplo, la frialdad y pasividad extrema del amante medio ruso (y medio pisciforme) de esa gran historia que es Rote Korallen. Como pienso en lo que, simultáneamente, sucede y no sucede en esa isla de Hurrikan. Con esa manera de ser tan geistesabwesend, tan ausente en espíritu, de Christine en este relato. Porque hay una irrealidad de fondo en todo lo que sucede en privado. De ahí que la mujer de Corales rojos perciba cómo “Die Tage waren still und wie unter dem Wasser” (Los días transcurrían tranquilos y como bajo el agua”) Pero, por encima de todo, el MAGISTRAL cuento Sonja: esa criatura misteriosa y delicada (y desconocida del todo), que está y no está, al mismo tiempo, en la vida del pintor berlinés protagonista desde el primer momento en que se encuentran  y conocen en el  ICE (tren de alta velocidad), regresando ambos de Hamburgo a Berlín. Una vez que se tratan, la atractiva pero extraña Sonja (y la mera posibilidad de una vida futura en común) llega a inspirarle miedo, miedo de una persona reservada que no habla apenas, que no quiere quedarse a dormir con él, que lo mira con grandes ojos admirados en su estudio de pintor, pero que, de algún modo, no se deja querer, o no del todo.

            A veces Hermann nos habla de mujeres jóvenes desvalidas (como en Ende von Etwas/ Final de algo) a las que les cuesta aceptar los achaques de salud y la crueldad de una abuela en el tramo final de su vida, una abuela que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. La historia nos llega desde una cafetería donde la protagonista se la confía a un buen amigo.

En otras ocasiones la incapacidad real de quererse y comunicarse, o el estado helado, errante y vulnerable en el que uno queda tras la separación, se presenta al hilo del mundo superficial y salvaje de las fiestas nocturnas del mundo cultural berlinés, entre drogas de diseño, alcohol y sexo rápido. Es el caso de Bali-Frau, la mujer de Bali. La protagonista desea, pero ya no puede, recuperar su relación anterior. Se deja llevar a una de esas fiestas, y, el hecho de conocer a otros, dejarse llevar hacia una nueva relación, es algo que uno ya haría casi sólo como autómata o fantasma. La irrealidad y el frío recorren este hermoso y desesperado relato.

Grande y poderosa también la historia de ese hotel-residencia de ancianos en Hunter Tompson Musik, con la compasión tardía e ineficaz por el anciano solitario de uno de los apartamentos, pues los muros del tiempo, la distancia con la muchacha joven, es del todo imposible de salvar o recorrer. Hermann nos presenta todo el micromundo de ese hotel neoyorkino venido a menos, la dialéctica feroz entre los huéspedes que lo habitan. El regalo imposible, la comunicación imposible entre dos generaciones tan alejadas como el anciano y la chica joven, la sensación de él de haber quedado fuera de juego, como también le ocurre a su viejo amigo Lenny de la tienda, con sus objetos y electrodomésticos anticuados, detenidos en otro tiempo, que nadie ya busca (“Ich sitze hier nur noch. Ich verkaufe nichts mehr” (Tan sólo me siento y ya no vendo nada). Cuánta intensidad en ese final, con la espera y el “legado” del anciano a la joven en forma de viejos casetes favoritos y una puerta entre ambos, infranqueable, hecha de lejanía y con todo el grosor de montañas y toneladas de tiempo.

Esa misma intensidad la encontramos en la relación de la mujer y el taxista Stein, en el cuento que da título a la colección. Ella, su viejo amor, arrastrada (física y emocionalmente) por la agresividad y locura del hombre (pero también por su poesía, por su fijación amorosa casi infantil). De nuevo el invierno del corazón, el frío del exterior y del interior. Porque, tal como se dice en el cuento Dieseits der Oder: “En el recuerdo siempre el invierno” (In der Erinnerung immer Winter). Dentro de ese frío también se guarda el secreto. Por eso todo el tiempo te preguntas qué fue lo que le había hecho Anna a Koberling en el pasado, cuál fue el origen de su trastorno, de su desinterés y casi odio, cuando ella se presenta de visita en la casa de campo por sorpresa quince años después, como si nada hubiese ocurrido. Porque J. Hermann sabe también bucear en aquello que hace morbosas las relaciones sentimentales. Ese es –para terminar- el asunto de Camera Obscura, donde nos coloca ante la fascinación (atracción-repulsión) de la actriz Marie por un fotógrafo tan influyente y poderoso en el medio cultural, como diminuto, feo y maltrecho. Pero sobre todo inquietante. Ahí, ser amada parece equivaler a ser fagocitada por el pequeño monstruo, a dejarse ir hasta convertirse en víctima del sacrificio.

Escribir y correr

Agradecido a Javier Morales Ortiz por este interesante artículo en El Asombrario (eldiario.es), donde tiene la amabilidad y la generosidad de mencionarme.
http://elasombrario.com/2013/07/13/corredores-de-fondo/