lunes, 2 de agosto de 2010

El mundo medievo-futurista de Juan Jacinto Muñoz Rengel


Alambicado, complejo... sólo dos adjetivos que vienen, para empezar, a la cabeza, al recordar, días después de la lectura, la gran elaboración literaria que hay en el conjunto de relatos "De mecánica y alquimia", última obra de J. J. Muñoz Rengel. Toda alquimia requiere (exige) su buen reposo, por eso yo he dejado pasar los días para ver qué dibujo final, qué impronta, dejaba en mí el preparado de este texto, la variedad y riqueza de sus muchos elementos. No quería precipitarme, por mucho que la química trate con precipitados. Diré, de inicio, que bastaba ya con echar un vistazo al anterior libro de este autor, "88 Mill Lane", para intuir algunas de sus mejores armas: la sólida creación de atmósferas, micromundos puestos en pie con la paciencia del buen artesano, en los que rige una extraña arquitectura -una lógica inquietante de figuraciones y raros vericuetos- que el lector asume y acepta, tal vez por curioso, por haber querido asomarse y franquear la puerta de cada cuento hasta enredarse ya sin remedio en la tela de araña... de Muñoz Rengel. Sí, tal vez sea por eso por lo que el lector (yo mismo, cualquiera que se interne entre estos once relatos) se sienta tan identificado con el heroico capitán de una de las piezas, "Brigada Diógenes", perdido y seducido por una amenaza que le supera, una maraña que, al tiempo, no deja de emitir extraños símbolos y mensajes cifrados que terminan siendo bellos. No es extraño, pues, salir herido de este texto, terminar, como el propio capitán, "sobrepasado por tanta expresividad". Un relato,que, por cierto, parece diseñado contra tanto maniqueo que decide por dónde pasan con exactitud los ejes del bien y del mal. Pues M. Rengel habla, de fondo, de la obsesión de los Estados por el orden y la seguridad, de las peligrosas  teorías de la sospecha, que acaban devorando a sus propios hijos. Como le sucede al capitán tras su escafandra, Rengel nos enfrenta a microcosmos en los que se entra para salir por igual trastornado y recompensado. Basta, si no, internarse en la densa atmósfera londinense del poético, sobrio y eficaz "El sueño del monstruo", en su mundo híbrido humano-maquinal (como un agujero en el tiempo o convivencia del S. XIX con un futuro o quimera de ciencia-ficción), el sonido permanente de la imprenta de la Print Corporation en la casa del protagonista, refinada e implacable tortura para ese autor dolorosamente inédito. Autómatas, sueños visionarios de los ingenios que vendrán, llovizna, librería, humilde mesón de comidas, silueta de la catedral de Saint Paul, ciclos de situaciones que al protagonista le parecen ya vividas, la soledad, la mala fortuna editorial, la incompresión de quien se adelanta a su tiempo, la sensación de ser aún más irreal que los autómatas que lo rodean. La incertidumbre acerca del estatuto real de uno mismo (la duda razonable sobre la verdad de la existencia propia) se aprecia también en la figura del farero del fantasmal "El faro de las islas de Os Baixos". Su condena al ostracismo recuerda también la de "El sueño del monstruo". Visiones y visionarios medievales capaces de anticipar bombardeos, atentados modernos o vertidos tóxicos; paisajes helados, o bien tan ardientes como el infernal laboratorio del monasterio de Berre o  "La maldición de los Zweiss", logrado relato acerca de la ambición y la crueldad extremas. La misma crueldad que se ejerce contra los replicantes o dobles de barro en ese gran y lírico cuento de ciencia- ficción que es "Te inventé y me mataste", paisaje Blade Runner en cuya lógica perversa cabe que un inspector de policía te tranquilice diciendo: "Su homicidio es perfectamente regular, no se preocupe". Hay decenas de constantes que el autor ha sabido repartir por el libro animando y dando vida a las extrañas criaturas que lo pueblan: pesquisas policiales (en la Taifa de Toledo o en un mundo de gólems de barro); trenes, construcciones de espejos, mecanismos de precisión, picaduras de arañas de plata, árboles metálicos, los peligros del conocimiento y los castigos por saber demasiado, dibujos esquemáticos de un extraño pájaro, metamorfosis y cambios de tamaño, búsquedas de imposibles, deseos de una existencia mejor, vertederos de chatarra, piezas musicales, inquietantes finales que nos ponen tan cara a cara con el misterio como  sucede en "Pasajero 1/1". No hablemos del trillado "juego de espejos" para referirnos al efecto del conjunto de este libro, hablemos mejor de un sistema de resonancia, de una "mecánica" de asuntos y verdades compartidos. Porque estos son relatos que no se dicen -ni quieren decirse- de una vez, relatos que reparten y alargan la sombra de su significado a traves de sutiles galerías, reapareciendo, transitando, apoyándose  los unos en los otros. Pues el autor, de formación filosófica, sabe bien que no es Sócrates quien dice la verdad en los Diálogos de Platón. Sabe que la verdad, si es que la hay, sólo puede darse en el espacio, en el "a través" que, entre todos los personajes, con sus palabras y actos, crean y construyen.

miércoles, 21 de julio de 2010

Radiofónico "Expuestos"

Si os apetece escuchar el comienzo de mi novela "Expuestos" en la voz grave y entonada de Juan Jacinto Muñoz Rengel -autor de libros de relatos como "88 Mill Lane" o "De mecánica y alquimia", y director de la sección literaria del programa El ojo crítico (RNE 1) y del espacio Literatura en breve, de Radio Nacional de España (RNE 5)- podéis hacerlo en este enlace:
(La emisión es del sábado 3 de julio de 2010, aunque por una errata, en el documento figura 3 de abril). Juan Jacinto ya había tenido la amabilidad de ocuparse en su programa de mi primer libro de relatos "Un mortal sin pirueta" en una emisión de diciembre de 2009.
Espero que os guste.

viernes, 25 de junio de 2010

Las premoniciones de Pepe Cervera



Una de las alegrías que acompañan al hecho feliz de que a uno lo "seleccionen" e incluyan en antologías de relato español contemporáneo (con la carga de promesa y realidad que esta circunstancia parece infundir en quienes ahí aparecemos) es ir conociendo y tratando a los diferentes compañeros de aventura literaria. Por una casualidad, el escritor valenciano Pepe Cervera y yo mismo (valenciano en otras vidas, pero ya sólo valenciano desteñido y lejano) figuramos juntos en dos recientes obras de 2010: en la nómina de 35 autores que Gemma Pellicer y Fernando Valls han elaborado para "Siglo XXI, los nuevos nombres del cuento español actual" (Menoscuarto ediciones) y en esa nave de los locos que el mismo Valls se ha dado el gusto de reunir en "Velas al viento" (Cuadernos del Vigía). De modo que, gracias a estos proyectos conjuntos y a las presentaciones públicas que llevan aparejadas, he tenido la suerte de conocer en persona a Pepe Cervera y de internarme unos días después en su obra más reciente: "Premonición" (publicada por Paréntesis editorial): 12 relatos de mucha altura, y un hondo epílogo que acaba resultando también un hermoso relato. Como en este blog no estoy sujeto a las constricciones de mi tarea de "reseñista" público (ese quitar, poner, contar y medir palabras para que quepan en la maqueta y compartan espacio con la publicidad) lo que viene a continuación no pretende ser otra cosa que mis "notas de lectura" de esta colección de relatos. Unas notas libres, como libre me pareció Pepe Cervera al conocerlo.
Desde la primera de las piezas, ese limpio y sobrio "Un feliz día de pesca en el Big Wood River", nos sentimos empujados por el gusto por contar, ambientar y detallar de Pepe Cervera, atrapados por su buen acercamiento de cámara a los personajes en los movimientos de sus vidas cotidianas. El relato acaba siendo tan certero y explosivo como la espectacular sacudida final que el autor nos reserva. En ese estado recibimos "Premonición", que da título al libro,  conmovedor gran cuento en el que el hijo, ya adulto, recuerda a un padre tan desastroso como heroico a sus ojos de crío de 15 años. Las preguntas de fondo que recorren el texto (y el conjunto del libro) aluden a cuestiones como si podemos controlar nuestro carácter y, consiguientemente, nuestro destino, o a si es posible realmente poner la desesperación personal bajo control. Emociona la figura del padre como un Moisés perdido conduciendo errante la furgoneta en la que lleva a su discutidora y crispada esposa y al impresionable e incondicional hijo tras abandonar la casa de la que acaban de ser deshauciados. Conmueve la fortaleza de ese hombre en horas bajas, su continua letanía justificativa: "Hago las cosas lo mejor que sé", la talla épica que Cervera le reserva, la reflexión sobre el esfuerzo, la casualidad, la suerte, la confianza, la memoria clara y obstinada, la imagen de la clarividencia paterna ("Como si el cristal delantero de aquella furgoneta fuera un lienzo sobre el que proyectar sus presentimientos"). A estas alturas de la lectura ya somos conscientes de la maestría de Cervera para dosificar y repartir la información a lo largo de sus historias. Un ejemplo que lo refuerza es el siguiente cuento, esa auténtica joya titulada "Tanto frío" en el que la duración de un vuelo Valencia-Prestwick (Escocia) basta para que conozcamos con exactitud la vida y relación de un matrimonio joven (ambos científicos recién casados en su viaje de bodas). Se diría que, en los saltos atrás y adelante que da Cervera, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el cauce remozado del viejo Turia cobran también aquí solidez de personajes. La dialéctica de esta relación sentimental, los acercamientos y alejamientos entre Sebastián y Laura, sus propias percepciones, están deliberadamente descritos en términos cientificistas de reacciones, estructuras, causas, atracciones y repulsiones. No podría ser de otro modo en un relato que aborda tan en serio la cuestión del cálculo y el riesgo en las decisiones que tomamos a diario. La mirada de estos científicos traduce de este modo la figura y los movimientos de un hombre que hace tai-chi en un parque: "A media luz parecía alguien buceando en un compuesto gelatinoso". Pero la buena observación es tanto exterior como psicológica: pues cuánto sabremos ya de los recién casados  cuando al final del trayecto desciendan en el helado aeropuerto escocés (como sabremos mucho tras el día de playa de un matrimonio de pre-jubilados en "Purpurina dorada"). Y qué acierto que el autor aparezca con sus palabras en el último compás al pie de la gélida pista, como un dios ex-machina que contiene las riendas para desmetir las suposiciones del lector. De tragedias cotidianas que parecen ahogarse en un vaso de agua pero que tanto cambian y significan, tratan otras dos grandes piezas: "Una partida de parchís corriente" y "Natillas". En el primero se detalla la amenaza sorda y progresiva que representa la llegada de un tercero a un matrimonio: el brillante y alegre Alfredo, que comparte aficiones deportivas con la esposa del sedentario protagonista y deja a este tan en fuera de juego como un punto de no retorno. En el segundo, "Natillas", el autor nos sitúa sin más ante la esposa que, de modo frenético, hace sus maletas mientras su pareja parece haberse vuelto un mero observador/registrador de sus movimientos. Una coreografía de los adioses hecha con palabras certeras. Todo parece poder cambiar en un instante para este matrimonio con dos hijos: "treinta segundos son insuficientes para que nadie prevea el futuro. Pero el futuro está, ahí mismo, a dos manzanas de distancia". A través de una galería de personajes compartidos, comunica esta historia con la anterior, la sutil "Two lovers", el recuerdo que asalta al narrador de una estampa suya, a los diez años, jugando y charlando con una niña alegre y traviesa en los columpios de un pueblo de Valencia. Un diálogo fugaz, lleno de encanto que arroja al escritor hacia el asunto de las trampas inesperadas de la memoria y la viveza con que algunas circunstancias de nuestra existencia reaparecen sin aviso previo. Caben en esta colección análisis de claustrofóbicas relaciones sentimentales, a veces con giros inesperados ("El huracán Camille" o "Una conversación", donde dos amantes discuten y dejan en evidencia quién gana y quién pierde en el dilema de enfrentar dos vidas tan posibles como imposibles). También parecen ir asociados, esta vez por su extrema dureza, por su tratamiento del horror, dos cuentos consecutivos: "La mirada del Basset" (retrato durísimo y deliberadamente repugnante de un pederasta cotidiano (buen padre de familia, clase media, etc.) y el terrible drama familiar de "Entre Onavas y Guaymas": también aquí en el seno de una familia "normal" aparece el terror y la tragedia extrema encarnada en el dolor de unos padres que se desvivieron por proteger a su hijo pero no consiguieron sostenerlo, ayudarlo, orientarlo o retenerlo cuando creció y decidió emprender un tortuoso y autodestructivo camino. La descorazonadora conversación telefónica del padre con el hijo, que llevaba desaparecido casi dos años, es una de las cumbres de este libro. "La vida, para mí, era una cosa más sencilla, mucho más sencilla que todo esto", lamentará el atribulado padre. En "U-Boot", un relato con aire de homenaje, reaparecerá la Escocia del cuento ya citado, en este caso para la heroica última fuga de un abuelo y un nieto: una vez más se reflexiona aquí sobre el papel de la voluntad y el destino personal, un motivo que recorre de arriba a abajo  todo el libro. Cervera traza en todos estos cuentos un mapa exhaustivo de la vida y las relaciones cotidianas, con personajes que parecen tan reales como el lector que de ellos se ocupa. No caben trampas ni trucos de taller, ni filigranas estetizantes. Son sólo relatos auténticos y puros, escritos por alguien que, más allá de corrientes, modas o escuelas, posee mundo propio, raíz y voz propias.
Clarificador, en este sentido, es el "Epílogo: una historia real", un texto acerca de las raíces y los orígenes, algo que Cervera lleva muy a gala por sentirse de verdad enraizado en la tierra en la que vive y vivieron sus antepasados. Se remonta a aquella Alhofra de la dominación árabe del siglo VIII, que devino el actual Alfafar del que Cervera procede, para homenajear a sus ancestros, especialmente a la generación de sus abuelos, e indagar acerca de las constantes reales que después han ido salpicando y conformando sus textos. Este impulso lo conduce a una hermosa reflexión y justificación de su instalación en el mundo, a los porqués de su tarea de leer y escribir. Me gustaría concluir dejando que él mismo lo explicara: "También, en mi opinión, leer es una necesidad que está ligada al organismo de idéntica manera a como lo está al espíritu. Cada uno de los libros que he leído ensambla con el anterior para conformar un vasto andamio de detalles minuciosos que integran mi naturaleza íntima. Cada una de las historias ha ido sedimentando en mi conciencia y en mi corazón, entreverando cada uno de mis sentimientos y confundiéndose con los recuerdos para adaptar a su antojo el territorio de mi existencia. Para bien o para mal, después de leer cualquier libro ya nunca he sido el mismo... Que mi vida sería totalmente distinta sin la literatura, como también lo sería sin las personas a las que aprecio y sin las que no aprecio tanto, y que soy incapaz de plantearme el mañana haciendo otra cosa que no sea escribir... Son los fantasmas que entreveran mi vida y mis relatos. No son sólo mis recuerdos, también son los recuerdos de los que me han precedido, algo que viniendo desde muy lejos me alcanza para convertirme en lo que soy, y al cabo será lo único que tenga y lo único que podré transmitir a los míos a través de las historias que escribo. He llegado a convencerme de que esa es una manera acertada de vivir, de tener esperanza en todo lo que ha de sucedernos, de creer en el futuro... No es preciso el más mínimo esfuerzo para identificar los vestigios de otros tiempos... Y es que, cuando alguien empieza a reflexionar sobre lo que es o lo que pretende ser, acaba intentando averiguar de dónde viene".

lunes, 21 de junio de 2010

Tras la Feria del Libro


Pues ahora que han pasado unos cuantos días de esta Feria del Libro 2010, en la que firmé por vez primera, con motivo de mi novela "Expuestos", ahora que ha pasado la tormenta (y nunca mejor dicho, porque ese sábado 12 aguantamos todos el tipo bajo un obstinado y sostenido diluvio), quiero dar las gracias a todos cuantos por allí pasasteis. Creo que podría recordaros uno a uno a pesar de la agitación de esas dos horas y media, y no porque fuerais pocos (tuvimos la suerte de dedicar alrededor de setenta libros entre "Expuestos", "Un mortal sin pirueta" y la antología "Siglo XXI, los nuevos nombres del cuento español actual", en la que aparezco junto a otros 35 autores), sino porque vuestra simpatía y generosidad se me quedaron de verdad grabadas. Que no os desanimara la lluvia, que a pesar de todo mantuvieseis la decisión y el deseo de acercaros hasta esa caseta 303 de Menoscuarto ediciones, y lo hicieseis además con tanta calidez y transmitiéndome tanta energía...

lunes, 7 de junio de 2010

Mi nuevo libro: "Expuestos"


Pues esta es mi nueva criatura del 2010, Expuestos, una novela de 164 páginas que transcurre entre España y Alemania, con cuatro partes, tres personajes centrales (Jaume Climent, Anne Zieske y Rüdiger) y bastante intriga... Espero que os guste. Estaré firmándola en la Feria del Libro de El Retiro el próximo sábado 12 de junio, de 12 de la mañana a 2 de la tarde en la caseta 303 (Menoscuarto ediciones).







miércoles, 19 de mayo de 2010

Novedades de la primavera

Supongo que es una suerte que la primavera no me traiga alergias ni tristezas. Por el momento, y ya son años -aunque dicen que nunca es tarde-, no he desarrollado reacciones al bombardeo de partículas que en estos días flota en el ambiente, y sigo pasando de largo frente a la sentencia eliotiana de que abril sea el mes más cruel. La verdad es que el invierno me sienta bastante peor (no puedo con el frío y la falta de luz). Contraviniendo a los poetas lánguidos y a una amiga que tiene un blog obstinadamente contrario al deporte (cierto que identifica deporte con futbolería y estupidez de masas ciegas enardecidas capaces de devorar a un literato a dentelladas), la primavera me da ganas de escribir y de hacer kilómetros por los parques a buen ritmo. Así que ni alergias ni melancolías, y este año además hay buenas noticias: no sólo salió hace unos días la antología "Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual", donde aparezco con un relato entre otros 35 autores, sino que acabo de corregir las pruebas de mi novela "Expuestos" y estará en pocos días en la calle. En principio para firmarla en la Feria del Retiro el sábado 12 de junio (caseta de Menoscuarto Ediciones, más o menos de 12 del mediodía a 2 de la tarde). Pronto saldrá también "La noche, las luces", de Clemens Meyer, libro de relatos que traduje del alemán el verano pasado. Si las cosas de palacio -como suele decirse- van despacio, a veces la lentitud desesperante y las dificultades del publicar terminan teniendo sus compensaciones. Como uno normalmente tiene frente a sí páramo, esperas y silencio, ¿cómo no celebrar qué los vientos sean favorables y que las cosas de cuando en cuando encajen?

viernes, 16 de abril de 2010

El relato español contemporáneo



Se publica estos días, en la Editorial Menoscuarto, este "Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual", edición a cargo de Gemma Pellicer y Fernando Valls. Se trata de una selección de 35 autores en la que cada uno de ellos aporta un relato y una reflexión personal acerca de cómo entiende el género corto. Tengo la suerte de ser uno de los escritores que figuran en esta antología con Una nueva manera de mirar, uno de los cuentos de mi libro "Un mortal sin pirueta".


jueves, 18 de marzo de 2010

La poesía de María Malusardi: "Museo de postales"

(1)
Hay libros que hacen tanto ruido y están tan a la vista, que casi parecen imponerse, libros que se te presentan donde quiera que mires: mesas de novedades, escaparates, cartelones que cuelgan de fachadas, reclamos de traseras de autobuses. Otros, en cambio, da la impresión de que sólo pueden llegar hasta ti desde un origen lejano, después de haber recorrido un raro itinerario, por una vía alambicada y casi secreta, cruzando el mar... a menudo gracias al chispazo instantáneo de una causalidad. Justo una casualidad propició que hace unos meses, una tarde de sábado, estuviera yo en una reunión donde se presentaba el videoclip de un cantautor amigo. Allí conocí a una cantante y compositora argentina, Silvina Tabbusch, con quien conversé un rato largo mientras esperábamos a que el acto diera comienzo. Hablamos de una y otra cosa, y, al comentar la riqueza de la literatura hispanoamericana más actual, ella mencionó enseguida a una escritora de su país, buena amiga suya, una poetisa de quien (con gran convicción y en un par de ocasiones) dijo que no se trataba de una autora más, sino de una poeta fuera de serie: María Malusardi. Silvina quedó en enviarme uno de sus libros y también un CD propio para que escuchara su música. Los recibí a los pocos días.
(2)
Ante el fino librito verde claro: "Museo de postales" (Ediciones El suri porfiado), de María Malusardi, nacida en Buenos Aires en 1966, el mismo año en que yo nací. Curioso cómo funcionan los prejuicios iniciales que todos tenemos: dos ideas equivocadas en un primer vistazo: reconozco que me ponía un poco nervioso la idea un tanto snob de miniatura, el formato deliberado y buscado de miniatura. Pero, sobre todo, esa costumbre de algunos poetas de verter un continuo sin signos de puntuación que el lector debe ordenar y desentrañar. Dos ideas equivocadas cómo digo, falsos ídolos que ya el inicio de la lectura me empujó a desterrar. Lápiz en mano, indiqué con guiones los cortes y cesuras mientras iba leyendo... y ocurrió lo más interesante: surgió, se alzó el texto, la grandeza que se erigía tras la miniatura y el aparente ir de puntillas de María Malusardi. Entendí que tras la apariencia ligera y efímera de la cadencia de estos versos fugaces había mucha hondura, joyas como "Primera edad" que me hicieron pensar en el gran Luis Rosales y en aquella frase suya que hace años se me quedó grabada: "Era verdadero como un camino que conduce a la infancia". Malusardi dice, y parece referirse a su propia infancia:

"Se humedecen barquitos de papel en la tinaja/ circo roto o la danza última en la arena/no hay violinista ni andén ni vaca al viento/ no hay cierres ni regresos en la infancia/sino una triste continuidad en los trapos del muñeco sin escena/todo lo que flota es un juguete desamparado:/¿dónde ha quedado la niña?"


Comprendo de golpe la estructura sin cortes de "Museo de postales", la vocación de su autora para que el sentido de sus palabras quede abierto, que incluso un verso sea al tiempo comodín de líneas anteriores y posteriores y en ambas funcione. Así ocurre por ejemplo entre las líneas 5, 6 y 7 de "Descanso de nadadores". La rebelión de María Malusardi se parece a aquella que también propugnaba el filósofo, ahora ministro, Ángel Gabilondo, en su libro "Menos que palabras", donde afirmaba contra los dogmatismos: "Hay palabras que parecen empeñadas en dejarlo todo dicho... en dar en el blanco papel lo que son y que ya no haya más que hablar". Entiendo la apertura y la lectura diversa que, en su modo de presentación, proponen y posibilitan los poemas de esta colección. Quien descifra el mapa cerrado, el bosque de María Malusardi, quien se toma el esfuerzo de transitar por la maraña de sus líneas, se siente pronto acogido y reconfortado, descubre hondura e intensidad. Se sale del texto impresionado por el homenaje final a la malograda violonchelista Jacqueline Du Pré a quien no perdonó la esclerosis múltiple cuando se encontraba en lo más alto ("Mi desesperación es la vigilia/ el cierre de mi voz/ una cajita sin hijos que me sucedan/ sin sueños que me madruguen... humedezco el labio en el dulzor de la madera y duermo"). Se reconoce en este libro la verdad y la autenticidad que escasea tanto en la miriada de poetas clónicos, intercambiables, que pueblan a menudo los concursos y las escuelas de letras. ¿Y qué oficio es este que en realidad no se aprende si no lo llevas tú, si no va de antemano contigo? Reviso mis subrayados en los poemas de María Malusardi y vuelco aquí algunos de ellos para que al cerrar esta entrada suene un poco su voz, o su grafía:

"pequeño infierno de paño y cinta al viento"

"No soy ninguna de esas damas de celaje en los sombreros/ ni esas niñas/ soy una mancha del mundo/ el ahogo/ el siglo enfermo"

"Llevo el peso del bosque en mis heridas"

"Un instante de gozo/ la desdicha/ una obra del tamaño de lo efímero"

"Es raro existir/ el otoño una travesía... oscurezco antes que la noche en la rama... tres vestidos apagándonos de a poco en el camino"

"Todo morir es ocre antiguo/ música en la madriguera/ el hijo, una araña que tiembla en el error del telar"

"No hay palabras para combatir el desencuentro"

"Nadie como yo le ha sacado idioma a las heridas"

sábado, 13 de marzo de 2010

RESEÑA SOBRE PATRICIO PRON COMPLETA

Dado que mi artículo de ayer en El Cultural de "El Mundo" acerca del último libro de Patricio Pron aparecía recortado a poco más de 200 palabras (la tercera parte de su tamaño original), pongo aquí el texto completo por si os apetece leerlo.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan
PATRICIO PRON
Mondadori, Barcelona, 2010
224 páginas, 17´ 90 euros

A veces uno divisa y reconoce a un verdadero “autor-revelación” entre tanta expectativa falsa y tanto humo editorial. Leer a Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) es situarnos en las antípodas del autor clónico o producto en serie de taller literario. Lo que brilla en los dieciocho relatos de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan es ese raro don de la autenticidad, la mirada y la voz propias. Naturalmente que asoman los maestros en ese austero y preciso primer cuento de atmósfera bernhardiana que es “Las ideas”, el misterio de la desaparición del escolar Peter Möhlendorf , un texto fantasmal a caballo entre El imitador de voces , Trastorno, y el célebre Lied El rey de los Elfos, pero el lector pasa a otro relato y no tarda en comprender la variedad de registros que Pron maneja en esta colección diversa, unificada sólo por su ambientación alemana (Alemania es uno de los lugares de exilio de Pron, doctor en filología por la Universidad Georg-August de Göttingen). Por mencionar las piezas magistrales, destacaría el narrar contenido que logra conmovernos con la desvalida sirvienta de “El viaje” y la lograda figura del amable y enigmático anciano doctor Maak, la evocación y el desvelamiento de secretos familiares de “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás”, revelaciones tardías que “abren agujeros en el suelo de tu pasado” y que son como cargas de profundidad inesperadas, latentes aún en las viejas cartas y en los álbumes de fotos. Gran relato es también “Una de las últimas cosas que dijo mi padre”, panorama de la incomprensión entre un padre y un hijo y de la dificultad de reparar los actos fallidos, o siquiera encontrar las palabras apropiadas para las disculpas. Igual de impactante resulta “Dos huérfanos”, la historia del asalto en Argentina a un anciano exiliado alemán que vivió de niño el horror de los bombardeos de Dresden. A veces afloran curiosas historias cotidianas, como la de la muchacha negra de “Un cuervo sobre la nieve”, el intenso, irónico y desesperado “El estatuto particular”, el duro retrato sociológico de la vagabunda-fotógrafa de “El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan”, el buen misterio del reportero de “El mecanismo de la historia” (un relato intenso, de atmósfera densa, en la línea del mejor Juan Gabriel Vásquez), o la contundente estampa del erótico y trágico “Exploradores del abismo”. Encontramos una hermosa fantasía-homenaje a Rodrigo Fresán en el onírico “Los peces”. Me parece, en cambio, tedioso, largo y fuera del conjunto el ambicioso proyecto de un relato-diccionario del Expresionismo, que enfría y detiene el ritmo del lector, por mucho que contenga datos y detalles interesantes y que la ambientación de la primera historia, en torno al poeta Bählamm en los combates de la Primera Guerra Mundial, resulte muy impactante. Aunque nada de esto enturbia la excelencia de un libro que ahonda con sabiduría en asuntos como la revisión del pasado de Alemania, la extrañeza en el propio país o en el ajeno, el exilio, el deseo de desaparecer, borrar el origen, ser otro; los juegos de encuentros y pérdidas, suposiciones y posibilidades, el miedo a la desmemoria y al deterioro mental, la denuncia de los ambientes literarios y sus corruptelas: la trucada maquinaria que otorga becas, premios y publicaciones… Qué magnífico breve relato de cierre transcurre en la peluquería alemana de “El corte”, con esa joven exiliada a cuya vida nos asomamos y que es expresión pura de la soledad, el aislamiento y el desarraigo.
ERNESTO CALABUIG

sábado, 13 de febrero de 2010

Aramburu, o la sensatez en tiempos de crisis

Creo que, antes de ésta, han sido ya dos las ocasiones en las que he hablado en este blog del escritor Fernando Aramburu (entradas del 4 y 15 de diciembre). Qué culpa tengo yo si, aparte de ser un autor muy interesante, tiene en su poder el record mundial en la difícil y rara categoría de habla sensata, directa y clara (pan pan y vino vino) en medio de un gremio en el que estas virtudes escasean. Entrevistado esta semana por Nuria Azancot en El Cultural, con motivo de la publicación en Tusquets del nuevo y muy prometedor libro del autor, "Viaje con Clara por Alemania", tiene lugar el siguiente diálogo, que habla por sí solo (y como habla por si solo, ya me callo y me siento con vosotros a escuchar):
--¿Qué puede hacer un escritor contra la crisis económica y social que sufre el mundo?
--Lo mínimo que se puede esperar de él es que nos proporcione textos de calidad. Después, si tiene algo oportuno que decir, por mí que abra el pico en los periódicos y nos dé su aportación, a poder ser sin imponernos el fulgor de su rostro. Por último, si está en sus manos solucionar las crisis colectivas, ¿a qué coño espera?

sábado, 30 de enero de 2010

¿Tenía Salinger más que decir?

Se comprende que es duro sacar de la chistera un artículo instantáneo cuando muere un autor o se le otorga un importante premio y las redacciones de los periódicos te buscan y esperan que se te ocurra algo y a ser posible interesante. La muerte de Salinger (1919-2010) no nos ha ahorrado toda la retahila de tópicos y chismes acerca de su persona: un autor genial, de culto, sí, pero ¿y su carácter? huraño, agresivo, celoso de su intimidad, cuídate de hacerle una foto si sale del supermercado, ogro en su cueva donde devoraba y traicionaba esposa tras esposa, jovencita tras jovencita (algunos se han referido a "nínfulas", me pregunto si alguien se ha topado por ahí de verdad con una "nínfula", la denominación es cursi, pero no inocente: trata de reforzar la monstruosidad de un escritor que se permitió el lujo de no aparecer y no exhibirse en un tiempo en el que todo y todos aparecen y se exhiben). ¿Algún otro defecto reseñable que acreciente el lado oscuro? Sí: se le tiene por simpatizante de múltiples cultos budistas o cienciológicos, tan radical que incluso practicaba algunos rituales un tanto repugnantes. Como contrapunto heroico casi todos los comentaristas han mencionado la participación del escritor en el desembarco de Normandía y el sufrimiento que le dejó esta experiencia de por vida. Muñoz Molina, en El País, se ha referido a su silencio de años y ha concluido que, después de todo, está bien callarse cuando no hay nada que decir. Parece ignorar que los cuatro libros de Salinger nunca han callado (no sólo El guardián y sus 70 millones de ejemplares vendidos), pues el autor norteamericano ha sido desde los años cincuenta el magisterio insalvable de la narrativa americana contemporánea. Se le escapa también a M. Molina que la decisión de no publicar no equivale a la ausencia de nuevas ocurrencias: Salinger siempre ha continuado escribiendo y ahora asistiremos a la disputa por la gestión de sus manuscritos inéditos. ¿Debemos deducir, en cambio, que Muñoz Molina tiene mucho que decir, sólo por la circunstancia de que en su última novela ha hecho uso de 958 páginas? Podría recordar aquí cuánto me impresionaron algunos relatos de Salinger, como su clásico "Un día perfecto para el pez plátano", pero prefiero acordarme de la huella que me dejó "El guardián entre el centeno" en su momento. (Tengo que reconocer que no he leído su novela corta "Franny y Zooey" ni otra colección de relatos que no sea sus "Nueve cuentos"). Abro ahora mi edición de Alianza de "El guardián entre el centeno" en la traducción de Carmen Criado, pensando cuál sería en mi caso un buen homenaje. Veo mis notas antiguas, allí anoté a lápiz, en la tapa interior del libro, una retahila de observaciones como: "soledad, aislamiento, desvalimiento, inteligencia, lucidez, sentido del humor, imaginación, necesidad de un héroe-tutor, alteración nerviosa, sentido de la justicia y la injusticia, la muerte de su hermano mayor Allie como lo más injusto, la triste herencia de su guante de beisbol, necesidad de permanencia de las cosas, la historia de Jane Gallaher y el juego de damas, sinceridad y autenticidad como valores, el jazz, el poder consolador de la música, lo conmovedor, la figura de la hermana pequeña en el tiovivo con su abrigo azul, la protección de la inocencia como misión, como justificación de toda una vida, ¿hubiera sido posible una gran película como "Gente corriente", la relación del padre (Donald Sutherland) y su hijo, sin El guardián?..." Recuerdo bien el libro, veo mis muchos subrayados y pienso que podría citar ahora como homenaje alguno de ellos. Podría hacerlo, pero se me ocurre de golpe que sería como entrar a saco en un libro tan conmovedor, como tirarle una molesta foto por sorpresa, como robar un fragmento para mi provecho en la misma cara de Salinger, como sacar un pobre pedazo de un gran conjunto que merece la pena respetar y, sobre todo, volver a leer.

jueves, 21 de enero de 2010

Melancolía y añoranza de pensadores certeros

¿Qué pensaríamos de un médico que, tras analizarnos a fondo, se limitara a constatar o certificar que padecemos una enfermedad y que ese es, en efecto, nuestro estado actual, nuestro "estado de cosas", sin tomar a continuación una decisión o mostrarse resuelto para remediar el mal o combatirlo? Una sensación parecida he tenido el otro día, 21 de enero de 2010, al leer en El País el artículo de Vicente Verdú "Melancolía del fin". Verdú no requiere presentación, es un periodista de prestigio y, desde hace muchos años, uno de los creadores de opinión más populares de nuestro país. No seré yo quien le reste méritos a su larga y esforzada carrera, aunque, como es natural, tengo una opinión acerca de él: creo que pertenece a esa estirpe, verdaderamente extendida en España, de los que están al tanto de lo que se cuece, de los buenos rastreadores de ideas ajenas, columnistas y ensayistas familiarizados con lo que se piensa en otros sitios (casi siempre EEUU) y que saben cómo agitar antes de usar/divulgar las investigaciones y reflexiones de quienes sí han pensado, fundamentado, y arriesgado por cuenta propia: Zygmunt Bauman, Martha Nussbaum, Hannah Arendt o las nutridas legiones de la psicología o la sociología norteamericana... Pero mi crítica al artículo "Melancolía del fin", de Verdú, no tiene que ver esta vez con el hecho de que divulgue ideas de otros (algo por otro lado muy lícito siempre que uno se moleste al menos en citar), sino con la peligrosidad de las afirmaciones que contiene: tras constatar Verdú que nos encontramos en un momento en el que los menores de 30 años no tienen interés por la lectura ni por la pintura, la música clásica, el buen cine, etc. Y decir que, lo que hasta ahora considerabamos cultura buena y valiosa, se ha vuelto sólo "un grande y pesado fardo de otros siglos", Verdú se pregunta si este fenómeno supone, después de todo, un empobrecimiento real o algo que deba lamentarse como la comida basura. Su diagnóstico es el siguiente: más nos vale comprender este nuevo paradigma, no debemos empeñarnos en combatirlo, pues no es otra cosa que el signo irreversible de los tiempos. El omniscomprensivo Verdú añade: "¿cómo no tener en cuenta que la cultura es la cultura de cada época, cambia con ella, y de ningún modo existe modelo absoluto que traspase los siglos?". El artículo es largo, pero resumiré aquí algunas de sus perlas y conclusiones: cree que no hay por qué empeñarse aún en valores como la lentitud, la reflexión. la concentración, la linealidad, la laboriosidad. Debemos aceptar y dar la bienvenida a lo veloz, emocional, complejo e interactivo. Ni nosotros, ni los maestros -carcundias del viejo paradigma-, debemos (en opinión de Verdú) levantar la voz o empeñaros de modo obstinado en que las nuevas generaciones se esfuercen aún en la lectura de Cervantes o Kafka, o aprecien la música de cámara y la pintura de Manet. Eso constituiría sólo -dice- una "marcha atrás" que los volvería "retrasados", una pretensión propia de "zombis" como nosotros, que nos aferramos a nuestra "amada descomposición", porque consideramos a los jóvenes "ignorantes" y no valoramos como es debido fenómenos como el rap, la cultura de la red y los grafitis. Bueno hasta aquí las líneas maestras de su artículo. Ahora me limitaré a enumerar o recordar algunas cuestiones con las que quiero expresar mi discrepancia: 1) Pienso que lo que los hombres, a través de los siglos, hemos acuñado y considerado como valioso, lo seguirá siendo siempre, más allá de las modas y tendencias. Por decirlo así, a Bach o a Schubert no hay quien se los salte, entre otras cosas porque no son una rémora del pasado sino un asunto aún del futuro, como lo son los verdaderos clásicos. 2) Siempre ha habido quienes leían y quienes no. En España hay más lectores de los que nunca hubo. Basta echar un vistazo a los viajeros de autobús y metro para constatarlo. Mi hijo de nueve años y sus compañeros de colegio, con los que se intercambia a menudo libros, han leído mucho más de lo que yo (y tal vez Verdú) leímos en toda la infancia y adolescencia. Por otro lado, Verdú no debería inferir que a ningún joven le gusta la pintura sólo a partir del hecho de que él no se encontrara con ninguno el día que guardaba cola en la exposición impresionista de la Fundación Mapfre. Debería informarse acerca del éxito de asistencia infantil que tienen los múltiples talleres de arte (fundación ICO etc).3) En la nueva "complejidad" veloz e interactiva a la que Verdú alude, caben, por supuesto, el rap, el grafiti y la cultura red (yo mismo me estoy comunicando ahora desde un blog), pero también una buena función de Shakespeare representada por el Bridge Project y una reposada tarde de lectura dedicada, por ejemplo, a Luis Landero o al mejor Ian McEwan. 4) La inteligencia humana es lingüística y también en este nuevo paradigma serán mejores aquellos que a través de la lectura hayan adquirido mejores niveles de vocabulario, comprensión, establecimiento de relaciones etc. Por no mencionar que la lectura seguirá abriendo nuestras mentes, llevándonos a otros mundos y constituyendo una fuente de placer. 5) Que desde Grecia sabemos que el hombre es un ser dotado de logos (lenguaje y razón) y que eso es precisamente lo que nos define y diferencia. Decir como Verdú que en estos nuevos tiempos no cabe la reflexión y el discurso estructurado linealmente es no saber en qué consiste el ser humano y su modo de estar en el mundo. 6) Constatar que los tiempos cambian no es suficiente para entregarse a ellos y volverse un mero testigo o legitimador del status quo. Todas las utopías y progresos del ser humano han sido posibles gracias a un cuestionamiento de lo establecido. 7) Decirle a los maestros y adultos que no deben empeñarse en transmitir a los jóvenes lo que siempre se ha tenido por lo más excelente y digno del ser humano, eso sí parece una verdadera "marcha atrás" y una "descomposición". 8) Horkheimer, el filósofo de la Escuela de Frankfurt, reconocía al final de su "Crítica de la razón instrumental" que a veces los pensadores pueden no disponer de la receta para mejorar el estado de cosas que acaban de analizar a conciencia, pero consideraba que al menos la denuncia y el señalamiento con el dedo hacia los errores y caminos por donde no se debe transitar (totalitarismo, nazismo, razón instrumental...) es una obligación de cualquier sociólogo. Verdú prefiere, en cambio, quedarse arrebujado en su "melancolía del fin", un fin que, con sus palabras, contribuye a dar por bueno.

martes, 29 de diciembre de 2009

2010. Propósitos para el nuevo año





No sé por qué se me quedó grabada esa expresión de la lección de un manual de inglés. Yo tenía, digamos, dieciséis o diecisiete años, y Arthur y Mary, los protagonistas de aquellos libros coloridos y llenos de talento ("Starting Out", "Getting On", "Turning Point"...) anotaban en una libreta sus "New year´s resolutions", sus propósitos para el nuevo año, cosas modestas pero luminosas, a la medida de la pareja de bibliotecarios jóvenes de Middleford que eran. Aquello eran los ochenta. Sus deseos y los nuestros, los de quienes empezábamos a cogerle gusto al inglés a través de la alegría y los aires nuevos que transmitían esos textos. Creo que hay hasta foros en internet donde el hilo conductor es algo así como "Yo aprendí inglés con Arthur Newton". Los recuerdos que tengo asociados a aquellas tardes de idioma inglés, intenté comprimirlos en mi relato "De nombre artístico Álvaro Labra", una de las piezas de mi libro "Un mortal sin pirueta". Propósitos del nuevo año. Si todo va bien, en 2010 publicaré dos libros: como autor, mi novela "Expuestos"; como traductor, la versión española de "Die Nacht, die Lichter" (La noche, las luces), de Clemens Meyer. Ambos saldrán en la editorial Menoscuarto. Sin embargo, y a pesar de la alegría por estas publicaciones, si alguien me preguntara por mis propósitos para el año 2010, serían otros dos, y no tendrían forma de libro:
1) Liberarme de la inquietud y de la ansiedad, que me vuelven a menudo tan inestable, vulnerable y desequilibrado.
2) Liberarme de los sentimientos negativos, de la agresividad, del pequeño veneno cotidiano que todo lo enrarece e impide respirar y vivir como uno debiera.
Supongo que ambos propósitos confluyen en la necesidad de ser más fuerte, pero no se trata de la fortaleza del gigante Atlas, de Mister Muscle o de un muñeco Gormiti, señor de la naturaleza. Se trata de una fortaleza diferente: una que suavice aristas, que, curiosamente, debilite, humanice, equilibre. Que nos vuelva en cierta medida más sabios o que apunte hacia el camino para serlo. Mejorar. El gran secreto. Casi nada. Pero puestos a pedir...
En el fondo ser como ese personaje del manual de inglés, alegre, optimista y despistado, el bueno de Arthur Newton.

martes, 15 de diciembre de 2009

Lo que el autor tiene que decir. A propósito de un espacio de radio


Con mucha frecuencia a uno le sorprende lo insuficiente que resulta un escritor al hacer declaraciones acerca de su propia obra. Tanto que llegas a preguntarte: cómo es posible que una persona aparentemente tan plana, titubeante, inestable, incluso falto de vuelo y de gracia... sea el autor del libro X que tanto nos gustó, conmovió, emocionó, dio que pensar. Me lo aplico a mí mismo y a mi extraordinario parecido con Rain Man las pocas ocasiones en las que he tenido que enfrentarme a entrevistas en las que tenía que hablar de mí y de por qué he escrito lo que he escrito. Otra cosa son los formularios que los periodistas envían por Internet, ahí el tiempo y la tranquilidad juegan a favor de uno y hasta acabas resultando algo profundo e inteligente. Javier Marías hace mucho que se refiere a un "pacto con el lector", según el cual lo que uno tenía que decir, su mejor yo, el yo literario, el que debe conocerse y tratarse, está puesto en los libros. Cualquier indagación que vaya más allá, el conocimiento directo del autor, el "abordaje" personal, puede tener serias contraindicaciones y producir una gran desilusión. Hay quien lo tiene tan claro como Fernando Aramburu, del cual hablaba el otro día en mi anterior entrada. Aramburu decía hace tiempo en El País: "Al escritor capaz de expresar la complejidad de la naturaleza humana yo le concedo un gran valor, aunque en su vida privada sea un granuja. Leo sus obras y a él que lo aguante su padre... Una vez terminada la obra, el autor es residuo, peladura, deshecho". Bueno, todas estas reflexiones previas eran sólo para contar que el sábado pasado el escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel dedicó un espacio a mi "Un mortal sin pirueta" en su programa de Radio Nacional y yo agradecí infinitamente que no se me escuchara a mí, sino a mi yo literario: Muñoz Rengel leyó con su buena voz un fragmento de mi relato "De nombre artístico Álvaro Labra", dejó que el texto sonara. Y de eso se trata. ¿No?
Este es el enlace del programa. Por si os apetece escucharlo:

viernes, 4 de diciembre de 2009

A propósito de Fernando Aramburu



Descubrí a Fernando Aramburu tarde -gracias a un consejo de Manuel Longares- y por la que quizá sea su obra más célebrada: "Los peces de la amargura". Recuerdo cómo me impresionó su mezcla de sobriedad, dureza, poesía, lucidez, sentido del humor, en esa galería de personajes de una sociedad vasca que él conoce tan bien, a pesar de vivir en Alemania desde 1985, donde trabaja como profesor de español. Aramburu parece directo, sólido y de una pieza, en un mundo (literario y no literario) en el que casi todos nos andamos con tantas chiquitas, disimulos y contemplaciones. Me pareció también rotunda su traducción del alemán de las obras completas de Wolfgang Borchert. No lo conozco personalmente, por mucho que seamos "colegas" de El Cultural de El Mundo y que no me perdiera una sola de sus verónicas en la sección "Pan de higo", tan clara y a pie de calle que lo mismo hubiera podido llamarse "Al pan, pan". Ahora sigo también su sección Gatos Ensartados, y en su artículo de hoy, "Gente y literatura" me parece que da una buena respuesta a algo que yo me preguntaba a menudo: ¿qué, o quién, es lo que hace grande, digna e importante a la literatura? Su reflexión es también una buena cura para aquellos escritores con éxito que a menudo, mientras levitan y se pavonean, olvidan hasta qué punto estan en deuda con sus lectores y dependen de ellos. En el artículo, Aramburu comenta una reunión literaria en torno a "Tokio blues" de Murakami a la que Aramburu asistió, cargado, por cierto, de prejuicios por lo que consideraba defectos formales del libro y del modo de escribir del escritor japonés. Pero la constatación de que la novela (más allá de sus imperfecciones estilísticas) había sido capaz de conmover, emocionar y decir tanto a algunas de las personas que se encontraban a su alrededor en aquel círculo de lectura, conduce a Aramburu a un replanteamiento de sus ideas previas y, sobre todo, a esta hermosa conclusión: "Gente desconocida y sensible dignifica la literatura. Y la hace posible".

sábado, 28 de noviembre de 2009

Memoria y escritura



De un libro que acabo de leer y que me ha impresionado mucho, "La fiesta del oso", de Jordi Soler, dejo aqui una sola frase: "Lo que puede hacerse contra el olvido es muy poco, pero es imperativo hacerlo". Una buena reflexión para el problema tan debatido de la recuperación de la "memoria histórica", pero también para la necesidad personal que todos tenemos de comprender y de contarnos nuestra propia historia: lo que somos, lo que fuimos, lo que fueron nuestros abuelos, padres... En el caso de Soler, sus antepasados catalanes republicanos que tuvieron que escapar por el Pirineo, camino del exilio, en los finales de la Guerra Civil. Leer a Soler invita a afinar en lo posible las versiones de aquello que fue, a indagar y reconstruir, si todavía se puede. Algo parecido me movió en mi galería de personajes de "Un mortal sin pirueta". Escribir cobra bastante sentido cuando se vuelve tarea de rescate y recuperación.

(P.S: Si os apetece echar un vistazo a la reseña que he publicado hoy, 11 de diciembre, acerca de "La fiesta del oso" en El Cultural de El Mundo, este es el enlace:
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26282/La_fiesta_del_oso

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Buscando a Heinrich Mann


Estos días atrás había empezado a leer un grueso libro de Heinrich Mann que encontramos a muy buen precio en nuestro veraneo en Berlín: "Zur Zeit von Winston Churchill" (En la época de Winston Churchill). Estaba enterándome, por ejemplo, de cómo el escritor alemán supo cuál era el momento oportuno para abandonar Berlín antes de que los nazis se le echaran encima (el embajador francés le indicó con sutileza que las puertas de su casa en la Pariser Platz estaban abiertas para cuando lo necesitara, etc. Esa misma Pariser Platz que ahora afortunadamente es centro de alegría, acogida y celebraciones). El caso es que la lectura de la exigente prosa alemana de Heinrich Mann me hizo recordar su célebre libro "El súbdito" -que leí en castellano en los tiempos de universidad en una edición de Bruguera que tenía mi hermano y entonces me impresionó mucho-. Así que decidí comprar un ejemplar (no puede uno seguir molestando a los hermanos pasados los cuarenta). Pensé que sería fácil encontrarlo, pues yo lo consideraba uno de esos clásicos que forzosamente se siguen reeditando. Después de mirar y remirar por los imposibles estantes de la Casa del Libro de Gran Vía, tiene lugar este inquietante diálogo con una dependienta de veintitantos (no puedo llamarla "librera" por lo que se verá):
--¿Por favor, tendría "El súbdito", de Heinrich Mann?
--¿Cómo es el nombre?
--Heinrich
--¿Henry?
--No. Heinrich, es alemán. Ya sabe, el hermano de Thomas Mann...
(Esta información no parece decirle gran cosa, me mira con cara de quién será ese tal Thomas). Después de asegurarle que Heinrich Mann es el autor de Profesor Unrat (El ángel azul) y de mencionarle incluso a Marlene Dietrich, le deletreo "H-e-i-n-r-i-c-h" y le indico que Mann "es con dos enes", ella corrige malhumorada sobre la marcha en la pantalla del ordenador y sentencia: "No. No existe. Descatalogado".
Hablo aliviado con libreros de verdad en la librería Alberti de Argüelles (Santi, Miguel y Lola). Santi trata de dar con una reedición en Edaf pero al cabo de unos días me confirma que "El súbdito" se ha vuelto inencontrable. A él también le sorprende que sea así. Tendré que leerlo en alemán, o molestar a mi hermano. En Alemania hasta han rodado una impresionante serie televisiva acerca de esta familia de escritores y artistas. ¿Es posible que los Mann se estén diluyendo?, ¿que estén pasando a peor vida? Camino por la calle Princesa hacia el intercambiador de la Moncloa, nueve de la noche, aire frío, pienso en las pocas librerías de verdad que van quedando en Madrid, pienso también en la dificultad de encontrar buenos CDs de música clásica, hace unos pocos años aún no era así. Pienso en las toneladas de basura televisiva que la gente traga con tanto gusto acerca de las miserias de los famosos: el clan de los no se qué, la herencia de los nosecuantos, el hijo secreto de... Me viene a la cabeza una sola palabra: empobrecimiento.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Leer a Ingrid Noll


Hace algunos años, mientras trataba de mejorar mi alemán, tomé una decisión que, estoy convencido, resultó con el tiempo bastante “sabia”: entretenerme, olvidarme del rigor de las decenas de gramáticas, manuales y métodos que llenaban mis estanterías -y no paraban de recordarme cuánto me faltaba aún por saber y dominar y qué alambicadas construcciones me estarían siempre vedadas-, y lanzarme a leer en el original las novelas de una autora que parecía mezclar a partes iguales calidad literaria, diversión, intriga… Se trataba de Ingrid Noll, una escritora a la que suele definirse como la Patricia Highsmith alemana y a quien le viene pequeña la etiqueta de “novela negra” que suelen adjudicarle. Quizá le corresponda mejor eso que los alemanes llaman “Psychokrimi”, pues si algo hay en el tratamiento de sus personajes (en sus malas y malos cotidianos: sobre todo malas), es el énfasis en el refinado detalle psicológico. Pero lo que más recuerdo de mis viajes en autobús atrapado por la trama de “Selige Witwen” (Viudas dichosas) o “Der Hahn ist tot” (El gallo ha muerto) es la diversión, la guasa con la que Noll es capaz de tomarse a sí misma y al mundo que la rodea. Lo más curioso es que yo la leía pensando que, por su modo de sentir y de expresarse, se trataba de una autora joven, que como mucho andaba por los cuarenta, y descubrí después que se trataba de una mujer nacida en 1935. Aunque decidí no retirarle el calificativo de “joven”, pues sólo hay que leerla para comprobar su verdadera edad, o echar un vistazo a la manera alegre y colorista de vestir que luce en la mayor parte de las fotografías de autora que por ahí circulan. Al parecer, sólo empezó a publicar hacia 1991 cuando sus tres hijos ya se independizaron y quedó también algo más liberada de su labor de ayudante en la consulta de su marido médico. Supongo que escribo todo esto porque el otro día, en el mostrador de novedades de la Librería Rafael Alberti del barrio de Argüelles, vi por casualidad traducido el libro “Donde nada florece” (Editorial Circe) y eso me hizo recordarla (y volver a sentir ganas de releerla). En una búsqueda de Google he podido descubrir que la editorial Circe lleva traduciendo y publicando a Ingrid Noll desde hace años y que uno puede encontrar en castellano nada menos que ochos títulos: “Donde nada florece”, “Como una dama”, “Falsas lenguas”, “Malos hermanos”, “Benditas viudas”, “La rosa roja”, “El amor nunca se acaba” y “La farmacéutica”. Una buena razón para leerla o releerla, para descubrirla o volver a dejarse llevar por unas páginas que conjugan la calidad literaria, el humor, lo mejor del buen suspense y eso que suele llamarse “sabiduría de la vida”.

lunes, 5 de octubre de 2009

"LA NOCHE, LAS LUCES". Clemens Meyer



Acabo de terminar la traducción del alemán de la colección de relatos "Die Nacht, die Lichter" (La noche, las luces) de Clemens Meyer, una tarea en la que he estado sumergido desde mediados de junio hasta primeros de octubre. El libro, que a mí me parece extraordinario, por lo que traducirlo ha sido una experiencia apasionante, aparecerá en unos meses en la editorial Menoscuarto. (En Alemania se publicó el año pasado en la célebre editorial Fischer). Es sabido que traducir es una tarea dura y exigente, pero se vuelve gratificante y estimulante cuando uno recorre una galería de personajes tan impactante como la que contiene esta obra. Así que ahora vivo en plena orfandad, un trastorno que podríamos llamar “el hueco o el vacío de Meyer”, la huella de un gran texto. Menos mal que este verano compré en Berlín también su novela “Als wir träumten” (Cuando soñábamos) y ya la llevo de aquí para allá en el autobús. Clemens Meyer es aún un autor desconocido en España. No así en su país, donde pasa por ser una de las voces más interesantes y prometedoras de la nueva narrativa alemana. Nació en 1977 en Halle/ Saale, población de la antigua Alemania del Este cercana a Leipzig, la ciudad en la que hoy reside. La experiencia de su niñez y adolescencia de alemán oriental determina buena parte de sus temas literarios. Tras el bachillerato trabajó en la construcción y también como empleado de mudanzas, vigilante, o conductor de carretillas elevadoras en grandes almacenes. De 1998 a 2003 alternaba estos trabajos -muchos de ellos nocturnos- con sus estudios en el Instituto de Literatura Alemana de Leipzig. En 2001 obtuvo el Premio de Literatura MDR. Su primera novela, "Cuando soñábamos" (Als wir träumten), publicada en 2006, supone todo un retrato de su generación, jóvenes marcados por el antes y después de la caída del Muro. Con esta ambiciosa obra pasó del anonimato a la celebridad, al obtener ese mismo año el Premio de Literatura Rheingau y el Premio Mara Cassens. En 2007 recibió la Beca literaria Märkisch y el galardón de promoción para el Premio Lessing, así como el prestigioso premio Clemens Brentano. Esta colección de relatos "La noche, las luces", publicada en 2008, se ha reconocido con el Premio de la Feria del Libro de Leipzig. Ina Hartwig, miembro del jurado, dijo: “Destaca por su elegancia lingüística. La noche, las luces es un libro escrito en sorprendente y conciso lenguaje que retrata las esperanzas humanas pintadas en un fondo de radical imposibilidad de cumplirse".
Os pongo aquí algunos de los elogios que la crítica le ha dedicado:
“Este tono cautiva desde el comienzo. Meyer escribe de un modo tan magistral, sabio y compasivo como ningún otro lo ha hecho desde hace largo tiempo”
(Die Zeit)

“Un libro como un puño. Semejante debut, tan poderoso y firme, no lo ha vivido la literatura alemana desde hace mucho. Un libro repleto de furia, tristeza, pathos y locura”. (Felicitas von Lovenberg. Frankfurter Allgemeine Zeitung)

“Desde luego que Meyer es increíblemente joven. Pero así es como suele ocurrir con los grandes escritores. Emergen de repente y los colegas se rascan la cabeza llena de canas preguntándose: ¿Cómo puede ya llegar tan lejos?”
Sten Nadolny
“Un libro conmovedor. El monumento a una juventud. Una pieza de magia”.
Sten Nadolny

“Meyer sabe de lo que escribe. Rara vez hubo en la literatura alemana un libro que se haya ocupado con tanta sabiduría y afecto de figuras empujadas al, así llamado, margen de la sociedad”.
Welt am Sonntag

Espero que os animéis a leerlo cuando salga y que lo disfrutéis tanto como yo, no todos los días da uno con un libro como este.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Berlín. Verano 2009


Fotografia tomada por Antonio Calabuig en lo alto de la Siegessäule (Columna de la Victoria). Berlin.

Ya de vuelta en Madrid después de dos semanas en Berlín. La última vez que había estado allí era en el verano de 1999. Así que ya diez años. En diez años una ciudad cambia tanto que hasta necesitas hacerte con una guía nueva porque la otra se ha quedado corta y desfasada, y más aún en una ciudad como esta, sometida a permanente reconstrucción, la famosa "Wiederaufbau" de los alemanes, su capacidad para levantar y levantarse una vez y otra, su necesidad de reconstruir que a veces linda con la obsesión tecnológico-innovadora. Solares que en el 99 aparecían repletos de vallas, grúas y forjados, que ahora, en 2009, son ya gigantescos centros comerciales con cines, tiendas y restaurantes, todo bajo el resguardo de la gigantesca cúpula acristalada del Sony Center de la Potsdamer Platz. La obsesión por el cristal, por esos edificios que desmienten el viejo hormigón de tiempos grises con la superposición de afiladas quillas transparentes que parecen cortar las esquinas. El enfrentamiento permanente y bien avenido de lo viejo y lo moderno. Cerca del naufragio fragmentado de la destrozada iglesia en recuerdo del emperador Guillermo (que aún parece humear por los bombardeos, mientras la gente hace sus compras en tiendas lujosas de la Ku-damm), junto al edificio de la Mercedes y su estrella giratoria, se anuncia y progresa ya un altísimo edificio futurista que será “ventana del zoo”. En diez años también tú cambias mucho, tenías 33 y has vuelto con 43, y ahora ya no vas tanto a tu aire sino que paseas a pie o en bicicleta con tus hijos de 8 y 6. Por 12 euros puedes tener tu bicicleta un día entero, hasta las ocho de la tarde, y, si es domingo, creerás a media mañana que te han dejado para ti la ciudad entera, para que la recorras de punta a punta sin cansarte o veas pasar veloz la estela de un grupo de patinadoras, zumbando inclinadas con las manos a la espalda para lograr la mejor aerodinámica, delante de ellas un coche con música y el cronómetro de carrera. Berlín es tan llana que no necesitas apenas cambiar marchas en tu bici, tal vez encuentres por casualidad una cuesta corta allá por la isla de los museos. Con los niños haces cosas que en el pasado no hiciste, recorres a la carrera lo alto de la cúpula de la Berliner Dom, vas a los parques con columpios, bomba de agua y tirolina cerca de la Savignyplatz, te haces fotografías en el Checkpoint Charlie junto a un par de tipos sonrientes, figurantes disfrazados de soldado francés y americano, compras camisetas-souvenir con la palabra Berlín o leyendas del muro, entras en tiendas de soldaditos de plomo y juguetes de madera, visitas la fortaleza de Spandau. Junto a la Puerta de Brandenburgo un anciano con casco y casaca prusianos toca un organillo y contrasta con la rubia uniformada con la que también puedes fotografiarte. Bebes de nuevo Berliner Kindl y Berliner Pilsner y tras dos semanas tienes que comprarte, como hace diez años, una maleta nueva para dar cabida a tanto libro como te has ido comprando en tu librería favorita, que no es Hugendubel, sino, como en el pasado, la Dussmann de la Friedrichstrasse. Te anima que el camarero o la señora de la marquesina del autobús elogien tu buen alemán, por el que ya has pasado tantas fases y desvelos. Muchas coincidencias parecían este verano llamar a Berlín: mi hermano Alejandro cubría allí las noticias del Mundial de atletismo para su revista Runner´s World, Joaquín Rodriguez me había enviado hace unos meses su última novela “Mediodía en Mitilene”, que tiene mucho del mundo de la antigua Alemania del Este, y precisamente yo terminaba estos días en Berlín, en nuestro piso de la Dahlmannstrasse de Charlottenburg, una reseña para El Cultural acerca del último libro de Roberto Ampuero, “El caso Neruda”, buena parte del cual transcurre también entre stasis y espías del antiguo Berlín oriental del año 73. Hay viajes que se quedan en viajes, y otros que son experiencias.