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jueves, 11 de abril de 2013

Presentación de "29 cadáveres", de Pepe Cervera

Ayer presentamos (Fernando Valls y yo) en la librería Tres Rosas Amarillas el nuevo libro de Pepe Cervera. Pasaron por allí buenos amigos como Inés Mendoza, Ángel Zapata, Manu S. Vicente (Manu Espada), Juan Jacinto Muñoz Rengel, Oscar Esquivias, Miguel Ángel Zapata, Miguel Ángel Arcas, Marcelo Luján, Julio Jurado, mi hermano Alejandro...
Fernando Valls, Pepe Cervera y Ernesto Calabuig




 

lunes, 10 de octubre de 2011

Recuperando un Theroux

Aunque el título de esta entrada suene más a alegría por el regreso al museo de un lienzo robado, el asunto es muy diferente: una amiga de este blog, P. R, admiradora de Paul Theroux, tuvo la amabilidad de escribirme este fin de semana comentando mi anterior entrada y recordándome que hace unos años, en 2003, yo escribí una reseña de una obra de Paul Theroux en la revista Quimera, la Quimera de los buenos tiempos en que aún la dirigía Fernando Valls. Su interés por hacerse con ese artículo, hace que yo lo reproduzca aquí, fuera de tiempo (si es que los libros tienen tiempo o caducidad. El hecho de que desaparezcan tan rápido de las librerías no debería volverlos tan insignificantes y casi inexistentes, o hacernos comulgar con ese falso dilema: O novedad, o nada). Lo publico tal como apareció allí. Al releerlo a toda prisa, me doy cuenta de que aún no eran tiempos de blog y brevedades. Si lo comparo demasiado con la concentración narrativa a la que me he (y han) acostumbrado en los últimos años en El Cultural o Mercurio... veo que soy otro, que me he vuelto otro, que tal vez lo haría ahora de otra manera. Bueno, pero no me arrepiento. Así es el texto:

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VIAJES Y MÁS VIAJES HACIA EL AUTOR 
PAUL THEROUX

Mi otra vida

Traducción de Diego Friera y María José Díez
Seix Barral, Barcelona, 2003, 567 pp. 

            No es de extrañar que Mario Vargas Llosa reconozca que suele meter en un buen lío a los lectores cada vez que les recomienda un libro de Paul Theroux: un lío que consiste en que pocos de ellos serán capaces de dejar a medio leer cualquiera de las voluminosas obras a las que el escritor norteamericano nos tiene acostumbrados. ¿Y no parece ésta ya una gran y suficiente virtud de Paul Theroux: desafiar al lector con tan gruesas novelas y lograr, que, lejos de aburrirnos, nos enganchemos, siempre curiosos, a sus cientos y cientos de páginas? En estos tiempos de prisas y poco tiempo de ocio real, -en los que, como decía Max Horkheimer, parece que hay que correr a toda prisa para quedarnos en el mismo sitio-, hay una pregunta de principio que parece insalvable: ¿por qué recomendar a los lectores que adquieran y lean una novela como Mi otra vida –567 páginas en la edición castellana-? Se me ocurren dos buenas razones que lo justifiquen: una teórica, general, y bastante obvia: en esto ha consistido siempre el “bien-leer”, el bien-leer requiere dedicación y tiempo. Y otra razón práctica y concreta (y digámoslo, de paso, de una vez por todas): Paul Theroux tiene auténtica gracia. Es, por mencionar las palabras que su personaje Lucy Haven emplea en la página 334 para describir a Theroux: “No chistoso, sino infinitamente divertido de una extraña forma”.

                Que los sabios debatan ahora acerca de si Theroux es, o no, un “gran escritor”. Yo confiaré entretanto, a quien haya llegado hasta aquí, esta otra convicción personal: Paul Theroux es sobre todo un “gran narrador”, capaz de tirar de nosotros a través de capítulos mejores y peores. Uno diría –exagerando- que nos arrastra, casi cuente lo que cuente. Y este hechizo sobre el lector tiene lugar incluso cuando, a lo largo de sus extensas narraciones, se muestre a menudo muy irregular y hasta nos inflija  pesados castigos (como por ejemplo soportar ¡casi en la página 400! a su  inverosímil doble, el escritor alemán Andreas Vorlaufer y un aburridísimo relato supuestamente escrito por el germano, que, cómo no, aparece también íntegro –unas 15 páginas más-). Hay muchos momentos en Mi otra vida en las que el autor nos irrita y nos hace pensar –sobre todo en la parte que transcurre en Londres- que su personaje central (él)  no es mucho más que un esteta, un snob rodeado de snobs, todos ellos sin demasiada sustancia. A veces –como en la pesada descripción de los detalles iniciales de su amistad con Anthony Burgess, que sólo gana en gracia, intensidad y sentido al final del capítulo- queremos tirar la toalla preguntándonos “¿pero adónde conduce todo esto?”. Sin embargo, el encanto, el pacto con el lector, nunca se rompe, y, a buen seguro, en páginas posteriores -bien sea por el agudo sentido del humor del escritor, tan repartido a lo largo del libro, bien sea por sus poéticas descripciones o por capítulos propios de un maestro, en los que cambia de registro hacia la gran literatura (véase por ejemplo “El día más corto del año”)- se reconcilia de sobra con nosotros. Por continuar con la referencia a Burgess, quien haya sabido esperar y mantenerse en la lectura, comprende que, sólo en las páginas finales de esa secuencia, entendemos el papel que este relato concreto desempeña: escribir en el límite de los momentos de crisis del matrimonio de Theroux mediante la descripción de los comportamientos de una cena improvisada en casa con el famoso autor de La naranja mecánica, y mostrar de paso el verdadero retrato de Anthony Burgess: a ojos de Theroux, un personaje con talento pero no genial y, por encima de todo, absolutamente cínico, snob y cruel, capaz de humillar a quien se tercie con tal de hacer una gracia, una ingeniosidad, un juego de palabras. He hablado ya de encanto, de gracia, de un pacto con el lector... y es que, sin duda, el tipo de literatura que acostumbra a hacer Theroux presupone un reino de curiosidades y curiosos (lectores). Presupone, sobre todo, que el autor se toma a sí mismo y a sus cosas tan en serio como Theroux lo hace, y que los lectores han decidido seguirle en una especie de pacto implícito. (Jose María Guelbenzu ha bromeado con cierta razón acerca del ego del autor, al decir de Mi otra vida : “es la historia de un escritor que está encantado de ser escritor y de haberse conocido”). Sea como sea, desde el momento en que, en los inicios de la narración, acompañamos a un Theroux de veintitrés años hacia el interior del África negra, huyendo de las convencionales y ordenadas ciudades del África central diseñadas por los británicos, buscando un mundo real, salvaje, inexplorado, sencillo, íntegro, en una conradiana descripción de su tren como un barco de vapor que avanza pesadamente por la selva, por unas espesura que describe como océano, sabemos que ya estamos sin remedio absolutamente atrapados, que ya estamos indefectiblemente “a bordo”. Conforme avanzamos por las páginas, nos hacemos fácilmente a un Paul Theroux narrador, testigo, espectador, tan egocéntrico como autocrítico y crítico de su sociedad (o en su caso habría que decir “sociedades”), y sobre todo nos dejamos seducir por esta especie de continuo relato del chico bueno y digno, a menudo rodeado de frívolos y malvados que, o no conocen la dignidad o hace tiempo que la perdieron. Tomamos partido por él y lo seguimos por todos esos apartados y exóticos mundos y vidas que nunca conoceríamos si dependiera sólo de nuestros escasos medios.
Y es que Paul Theroux se dio a conocer como “escritor de viajes” que seguía la estela de Burgess y Naipaul, y para el gran público –tal es el misterio de la difusión de las novelas llevadas al cine- sobre todo por ser el autor de La costa de los mosquitos. En Mi otra vida el escritor es también un gran viajero. De hecho los capítulos transcurren entre los cinco continentes, y lo mismo encontramos historias de su vida en los sesenta en Malaui en el África negra –¡que incluyen hasta su conocimiento del dialecto chinyanja-, que prolongadas estancias como crítico literario y escritor en Londres, docencias en Singapur, citas en Edimburgo, anécdotas de las cárceles de Ecuador, mujeres australianas de Sidney, psicoanalistas argentino-norteamericanas, cenas privadas con la reina de Inglaterra, nostálgicos regresos a Medford, a Boston... Sin embargo, en esta obra concreta, se tiene la sensación de que lo de menos es lo pintoresco de los diferentes ambientes que nos presenta: una lección clara que se extrae de estas 567 páginas es que la lógica de Paul Theroux conduce sólo a Paul Theroux, y, más que una novela de formación, resulta un ejercicio en el que el autor, narrándonos básicamente su vida antes y después la separación de su esposa Alison y sus dos hijos, quiere explicarse a sí mismo, ponerse en claro para tratar de entenderse. En sus propias palabras, este libro son unas “memorias imaginarias”: “la historia de una vida que podría haber vivido si las cosas hubiesen sido distintas”. Sin embargo, siendo, por decirlo así, una “vida exagerada”, una “vida acelerada”, la acción transcurre tan paralela y cercana a su propia existencia real –de por sí ya suficientemente variada y extravagante- que, salvo algunas situaciones y personajes demasiado inverosímiles, casi caricaturas (y no son muchos), sentimos que, desde un principio, ha querido jugar al despiste, embaucarnos, encantarnos, y que lo que está mostrando a las claras es, básicamente, su verdadera biografía, pues tal es la “solidez de especificación” –por usar el término de Henry James- y el detalle minucioso de sus estupendamente ambientadas historias. Después de todo, confiesa en la p.366: “Trato de describir las cosas tal y como son, tal y como ocurrieron. Me enorgullezco de decir la verdad, ya que la verdad siempre es más interesante que cualquier cosa que uno pueda inventar”. Ya en la p. 346, había escrito lo siguiente para referirse a su manera de entender la escritura, haciendo de paso un guiño a la doctrina de su viejo maestro y amigo (hoy enemigo) Naipaul: “Mis libros eran la parte visible de mi mente. Y no podía separar lo que escribía de mi persona. Lo que hacía no era un trabajo, era un proceso de mi vida”.
Realmentes entonadas y llenas de fuerza están muchas de las páginas de los capítulos “Medford: próximas tres salidas” y “George y yo”, dedicados a su triste regreso a los Estados Unidos tras la separación de su esposa, su comprensión tardía y trágica de que sólo en el pasado –especialmente en sus años de matrimonio en Londres, cuando los niños aún eran pequeños y él no mucho más que un gacetillero que quería ser novelista- había sido de verdad feliz. Hace en esos pasajes una magistral descripción de su sensación de estar perdido y del extrañamiento que sufre ante su Medford natal, que ahora le parece tan cambiado y ajeno, aun cuando el bosque por el que esquiaba hace cuarenta años sea aún el mismo bosque con la misma nieve. Todo lo que él conocía (el autocine etc.) cerró hace mil años –como le hace ver la joven Weechie, que hasta parece hablar en otro idioma que Theroux-. Sólo su viejo amigo George se da, cómo él mismo, un cierto parecido al que fue, y se sienten por ello un tanto triunfantes, supervivientes y sabios, lo que resulta a la vez tan real como aparente: en los treinta y cuatro años que han estado separados les han ocurrido ya demasiadas cosas, demasiadas “otras vidas”.
Sería fácil, con todo, quedarnos en afirmar que esta novela está compuesta sólo por una colección de variopintos capítulos-retales que siguen más o menos un orden cronológico. Y sería también fácil que ese precipitado juicio nos hiciera pasar por alto el fresco completo que Theroux muestra finalmente de su tan exitosa como desdichada vida, un fresco guiado por una curiosa lógica de conjunto que él mismo parece querer explicarnos en la p. 517: “La vida carece de argumento evidente, de modo que parece más confusa que la ficción (...) Son tantas las cosas que ocurren en la vida de una persona sin previo aviso, contradictorias, aparentemente inconexas y sin un patrón determinado, que, sin una unidad perceptible, es como si en todos esos incidentes una misma persona llevara varias vidas distintas (...) No puede descifrarse a partir de lo poco que resulta visible. ¿Quién puede saber por unos cuantos cientos de yardas de carretera que esta es una autopista que va de costa a costa?”. Sólo el entramado de los hechos, sólo la sucesión, mezcla y sedimentación de las capas parece ofrecernos el esbozo de un dibujo más o menos completo. No es casual la imagen final que Theroux nos ofrece: al hacer recuento de los efectos personales que le llegan en cajas tras su divorcio, aparece un cuenco de “interminable macedonia” que, en los sesenta, cada semana, le llenaba y rellenaba -mezclando la fruta nueva y la vieja, sin tirar nunca nada- su cocinero africano Julius Magoya. Tantas vidas parecen sumar, finalmente, una vida.

viernes, 25 de junio de 2010

Las premoniciones de Pepe Cervera



Una de las alegrías que acompañan al hecho feliz de que a uno lo "seleccionen" e incluyan en antologías de relato español contemporáneo (con la carga de promesa y realidad que esta circunstancia parece infundir en quienes ahí aparecemos) es ir conociendo y tratando a los diferentes compañeros de aventura literaria. Por una casualidad, el escritor valenciano Pepe Cervera y yo mismo (valenciano en otras vidas, pero ya sólo valenciano desteñido y lejano) figuramos juntos en dos recientes obras de 2010: en la nómina de 35 autores que Gemma Pellicer y Fernando Valls han elaborado para "Siglo XXI, los nuevos nombres del cuento español actual" (Menoscuarto ediciones) y en esa nave de los locos que el mismo Valls se ha dado el gusto de reunir en "Velas al viento" (Cuadernos del Vigía). De modo que, gracias a estos proyectos conjuntos y a las presentaciones públicas que llevan aparejadas, he tenido la suerte de conocer en persona a Pepe Cervera y de internarme unos días después en su obra más reciente: "Premonición" (publicada por Paréntesis editorial): 12 relatos de mucha altura, y un hondo epílogo que acaba resultando también un hermoso relato. Como en este blog no estoy sujeto a las constricciones de mi tarea de "reseñista" público (ese quitar, poner, contar y medir palabras para que quepan en la maqueta y compartan espacio con la publicidad) lo que viene a continuación no pretende ser otra cosa que mis "notas de lectura" de esta colección de relatos. Unas notas libres, como libre me pareció Pepe Cervera al conocerlo.
Desde la primera de las piezas, ese limpio y sobrio "Un feliz día de pesca en el Big Wood River", nos sentimos empujados por el gusto por contar, ambientar y detallar de Pepe Cervera, atrapados por su buen acercamiento de cámara a los personajes en los movimientos de sus vidas cotidianas. El relato acaba siendo tan certero y explosivo como la espectacular sacudida final que el autor nos reserva. En ese estado recibimos "Premonición", que da título al libro,  conmovedor gran cuento en el que el hijo, ya adulto, recuerda a un padre tan desastroso como heroico a sus ojos de crío de 15 años. Las preguntas de fondo que recorren el texto (y el conjunto del libro) aluden a cuestiones como si podemos controlar nuestro carácter y, consiguientemente, nuestro destino, o a si es posible realmente poner la desesperación personal bajo control. Emociona la figura del padre como un Moisés perdido conduciendo errante la furgoneta en la que lleva a su discutidora y crispada esposa y al impresionable e incondicional hijo tras abandonar la casa de la que acaban de ser deshauciados. Conmueve la fortaleza de ese hombre en horas bajas, su continua letanía justificativa: "Hago las cosas lo mejor que sé", la talla épica que Cervera le reserva, la reflexión sobre el esfuerzo, la casualidad, la suerte, la confianza, la memoria clara y obstinada, la imagen de la clarividencia paterna ("Como si el cristal delantero de aquella furgoneta fuera un lienzo sobre el que proyectar sus presentimientos"). A estas alturas de la lectura ya somos conscientes de la maestría de Cervera para dosificar y repartir la información a lo largo de sus historias. Un ejemplo que lo refuerza es el siguiente cuento, esa auténtica joya titulada "Tanto frío" en el que la duración de un vuelo Valencia-Prestwick (Escocia) basta para que conozcamos con exactitud la vida y relación de un matrimonio joven (ambos científicos recién casados en su viaje de bodas). Se diría que, en los saltos atrás y adelante que da Cervera, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el cauce remozado del viejo Turia cobran también aquí solidez de personajes. La dialéctica de esta relación sentimental, los acercamientos y alejamientos entre Sebastián y Laura, sus propias percepciones, están deliberadamente descritos en términos cientificistas de reacciones, estructuras, causas, atracciones y repulsiones. No podría ser de otro modo en un relato que aborda tan en serio la cuestión del cálculo y el riesgo en las decisiones que tomamos a diario. La mirada de estos científicos traduce de este modo la figura y los movimientos de un hombre que hace tai-chi en un parque: "A media luz parecía alguien buceando en un compuesto gelatinoso". Pero la buena observación es tanto exterior como psicológica: pues cuánto sabremos ya de los recién casados  cuando al final del trayecto desciendan en el helado aeropuerto escocés (como sabremos mucho tras el día de playa de un matrimonio de pre-jubilados en "Purpurina dorada"). Y qué acierto que el autor aparezca con sus palabras en el último compás al pie de la gélida pista, como un dios ex-machina que contiene las riendas para desmetir las suposiciones del lector. De tragedias cotidianas que parecen ahogarse en un vaso de agua pero que tanto cambian y significan, tratan otras dos grandes piezas: "Una partida de parchís corriente" y "Natillas". En el primero se detalla la amenaza sorda y progresiva que representa la llegada de un tercero a un matrimonio: el brillante y alegre Alfredo, que comparte aficiones deportivas con la esposa del sedentario protagonista y deja a este tan en fuera de juego como un punto de no retorno. En el segundo, "Natillas", el autor nos sitúa sin más ante la esposa que, de modo frenético, hace sus maletas mientras su pareja parece haberse vuelto un mero observador/registrador de sus movimientos. Una coreografía de los adioses hecha con palabras certeras. Todo parece poder cambiar en un instante para este matrimonio con dos hijos: "treinta segundos son insuficientes para que nadie prevea el futuro. Pero el futuro está, ahí mismo, a dos manzanas de distancia". A través de una galería de personajes compartidos, comunica esta historia con la anterior, la sutil "Two lovers", el recuerdo que asalta al narrador de una estampa suya, a los diez años, jugando y charlando con una niña alegre y traviesa en los columpios de un pueblo de Valencia. Un diálogo fugaz, lleno de encanto que arroja al escritor hacia el asunto de las trampas inesperadas de la memoria y la viveza con que algunas circunstancias de nuestra existencia reaparecen sin aviso previo. Caben en esta colección análisis de claustrofóbicas relaciones sentimentales, a veces con giros inesperados ("El huracán Camille" o "Una conversación", donde dos amantes discuten y dejan en evidencia quién gana y quién pierde en el dilema de enfrentar dos vidas tan posibles como imposibles). También parecen ir asociados, esta vez por su extrema dureza, por su tratamiento del horror, dos cuentos consecutivos: "La mirada del Basset" (retrato durísimo y deliberadamente repugnante de un pederasta cotidiano (buen padre de familia, clase media, etc.) y el terrible drama familiar de "Entre Onavas y Guaymas": también aquí en el seno de una familia "normal" aparece el terror y la tragedia extrema encarnada en el dolor de unos padres que se desvivieron por proteger a su hijo pero no consiguieron sostenerlo, ayudarlo, orientarlo o retenerlo cuando creció y decidió emprender un tortuoso y autodestructivo camino. La descorazonadora conversación telefónica del padre con el hijo, que llevaba desaparecido casi dos años, es una de las cumbres de este libro. "La vida, para mí, era una cosa más sencilla, mucho más sencilla que todo esto", lamentará el atribulado padre. En "U-Boot", un relato con aire de homenaje, reaparecerá la Escocia del cuento ya citado, en este caso para la heroica última fuga de un abuelo y un nieto: una vez más se reflexiona aquí sobre el papel de la voluntad y el destino personal, un motivo que recorre de arriba a abajo  todo el libro. Cervera traza en todos estos cuentos un mapa exhaustivo de la vida y las relaciones cotidianas, con personajes que parecen tan reales como el lector que de ellos se ocupa. No caben trampas ni trucos de taller, ni filigranas estetizantes. Son sólo relatos auténticos y puros, escritos por alguien que, más allá de corrientes, modas o escuelas, posee mundo propio, raíz y voz propias.
Clarificador, en este sentido, es el "Epílogo: una historia real", un texto acerca de las raíces y los orígenes, algo que Cervera lleva muy a gala por sentirse de verdad enraizado en la tierra en la que vive y vivieron sus antepasados. Se remonta a aquella Alhofra de la dominación árabe del siglo VIII, que devino el actual Alfafar del que Cervera procede, para homenajear a sus ancestros, especialmente a la generación de sus abuelos, e indagar acerca de las constantes reales que después han ido salpicando y conformando sus textos. Este impulso lo conduce a una hermosa reflexión y justificación de su instalación en el mundo, a los porqués de su tarea de leer y escribir. Me gustaría concluir dejando que él mismo lo explicara: "También, en mi opinión, leer es una necesidad que está ligada al organismo de idéntica manera a como lo está al espíritu. Cada uno de los libros que he leído ensambla con el anterior para conformar un vasto andamio de detalles minuciosos que integran mi naturaleza íntima. Cada una de las historias ha ido sedimentando en mi conciencia y en mi corazón, entreverando cada uno de mis sentimientos y confundiéndose con los recuerdos para adaptar a su antojo el territorio de mi existencia. Para bien o para mal, después de leer cualquier libro ya nunca he sido el mismo... Que mi vida sería totalmente distinta sin la literatura, como también lo sería sin las personas a las que aprecio y sin las que no aprecio tanto, y que soy incapaz de plantearme el mañana haciendo otra cosa que no sea escribir... Son los fantasmas que entreveran mi vida y mis relatos. No son sólo mis recuerdos, también son los recuerdos de los que me han precedido, algo que viniendo desde muy lejos me alcanza para convertirme en lo que soy, y al cabo será lo único que tenga y lo único que podré transmitir a los míos a través de las historias que escribo. He llegado a convencerme de que esa es una manera acertada de vivir, de tener esperanza en todo lo que ha de sucedernos, de creer en el futuro... No es preciso el más mínimo esfuerzo para identificar los vestigios de otros tiempos... Y es que, cuando alguien empieza a reflexionar sobre lo que es o lo que pretende ser, acaba intentando averiguar de dónde viene".

viernes, 16 de abril de 2010

El relato español contemporáneo



Se publica estos días, en la Editorial Menoscuarto, este "Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual", edición a cargo de Gemma Pellicer y Fernando Valls. Se trata de una selección de 35 autores en la que cada uno de ellos aporta un relato y una reflexión personal acerca de cómo entiende el género corto. Tengo la suerte de ser uno de los escritores que figuran en esta antología con Una nueva manera de mirar, uno de los cuentos de mi libro "Un mortal sin pirueta".


lunes, 8 de junio de 2009

Salir del mundo... literario

Juan Eduardo Zúñiga
"Romanticismo"
Manuel Longares

Siempre me chocó la expresión "salir del mundo" referida a la actitud de los monjes medievales que (convencidos de la maldad intrínseca de un mundo repleto de pecados) decidían apartarse, recluirse, retirarse de la compañía de sus semejantes. Creo que se decía también "salir del siglo". Ahora he vuelto a recordar estas expresiones, quizá porque la semana pasada, el jueves 4 de junio de 2009, asistí en la Biblioteca Nacional al homenaje al, ya octogenario, Juan Eduardo Zúñiga, organizado por el profesor Fernando Valls (director de la colección en la que publiqué mi Un mortal sin pirueta) y que contó con la participación -en la mesa de ponentes- de Gonzalo Sobejano, Santos Sanz Villanueva, Ricardo Menéndez Salmón, Alfons Cervera y Manuel Rico. "Salir del mundo" y "salir del siglo", podrían aplicársele a un Juan Eduardo Zúñiga que siempre cosechó fama de apartado y reservado, de escritor que desempeña su tarea con humildad y en silencio. El propio Fernando Valls escribe de él para el homenaje: "Hay escritores que están ya en la historia literaria, sin hacer ruido, sin haber tenido apenas reconocimiento público (...) con la más absoluta discreción ha ido componiendo, a lo largo de seis décadas, entre susurros, una obra literaria que perdurará más allá de nuestro tiempo". Recuerdo a otro hombre discreto entre los discretos, el novelista, cuentista y cronista de esta villa Manuel Longares, cuyo libro "La ciudad sentida" contiene una emocionante breve semblanza de Juan Eduardo Zúñiga en cuyas últimas líneas se lee: "y cultiva la escritura en una soledad radical (...) con la humildad del que ejerce una tarea indiferente para los demás, pero tan entrañada en su vida que renunciará a lo que le impida desarrollarla. De esta manera, con la tenacidad de la hormiga por no abandonar su surco, Juan Eduardo Zúñiga levanta su obra". Curioso que, a su vez, de Manuel Longares escriba Juan Carlos Peinado, en la introducción a Romanticismo que ha publicado Cátedra: "escritor curtido en el apartamiento (...) reivindicación del silencio y de la renuncia ascética (...) dedicación a la escritura en régimen de reservado sacerdocio". Se trata de un "encierro" muy diferente del de, digamos, Álvaro Pombo, autor también de interiores y guaridas, que aparece en público en contadas, elegidas ocasiones, pero sabe hacerlo con gran efecto combinado de tsunami y chispeante nit del foc, castillo de fuegos y traca pombiana inolvidable. Longares, en cambio, más zuñiguiano, entiende la literatura como "una apuesta en el tiempo que suele implicar una falta de respuesta en vida". El escritor es para él "un asceta que sacrifica su presente por una ilusión de futuro". Pienso en estas cosas, en estas "salidas del mundo" (Luis Landero sería otro ejemplo) y no cuestiono si son actitudes auténticas, esto no lo pongo en duda. Lo que me asombra es el grado de dificultad que entrañan y si es posible vivirlas con tanta conformidad e incluso alegría, sin desfallecer o lamentar no haber corrido mejor suerte. Porque todo el que está en esto de la escritura, sabe que pocas cosas duelen más que la sensación de ser invisible, insignificante, que nos invade cuando aún no hemos publicado o cuando, habiéndolo hecho, disfrutamos de una dimensión y promoción modestas. Quizá Zúñiga y Longares hayan conseguido, después de todo, perfeccionar una tarea heroica: aquella que Rilke elogiaba en su Requiem por una pintora muerta: "Und wolltest nichts, als eine lange Arbeit" ("Y no querías nada salvo una larga obra").

martes, 24 de febrero de 2009

Un cuénto inédito en "La nave de los locos"




Ayer, 23 de febrero, apareció en La nave de los locos (el blog literario del profesor, crítico y editor Fernando Valls) un breve cuento mío inédito, que yo había dejado fuera de "Un mortal sin pirueta" y que ahora me alegra ver amablemente publicado aquí. Al parecer aún le quedaba vida a este relato, a pesar del desdén y la falta de tacto con que yo lo había tratado a la hora de la "gran selección".
Su título es "Malsueño". Su subtítulo, de tenerlo, sería algo así como "El viajante varado".
Ojalá os guste.
El enlace de mi cuento es:
Y el general del blog de Fernando Valls: