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sábado, 16 de marzo de 2019

Un mismo impulso

A mis 52, escribir, traducir, reseñar, lanzar, correr, tocar la guitarra... forman parte de un mismo impulso: la necesidad de sentirme vivo con cualquiera (o en cualquiera) de las cosas que hago mientras quede un poco de energía y de salud. No son esferas separadas ni contradictorias. Simplemente son. Todas ellas. A la vez.
Saliendo a correr en marzo de 2019, a mis 52.

martes, 23 de octubre de 2012

La obsesión de la escritura

"Creía que pretendías algo más de la vida- dijo Irene-. Eso dijiste la primera noche que nos acostamos. Dijiste que querías que la literatura fuera solamente la mitad de tu vida". Quien haya leído a Bernard Malamud, sabrá que pocas veces se ha descrito tan bien y tan terriblemente la destrucción propia y ajena a la que puede conducir la vida obsesiva de un escritor atormentado y enfangado exclusivamente en su obra. Me refiero a la novela Los inquilinos y a su protagonista, el escritor judío neoyorquino Harry Lesser, que siente que tiene entre manos una obra de primer nivel, pero, a la vez, que "escribe contra acantilados de resistencia". Las reflexiones de Malamud parecen especialmente adecuadas para todos aquellos que nos dedicamos a escribir. El protagonista de su novela se permite una mañana dar un paseo hasta el Museo de Arte Moderno, dando vueltas a sus bloqueos a la hora de avanzar en el texto ("¿Qué estoy haciendo aquí, tan lejos del libro que he de terminar?"). En un momento de lucidez, comenta: "Para espantar de su cráneo aquel pájaro vomitante, disipar el desconsuelo que le impide trabajar, no tiene más que volver a su mesa y sentarse con la pluma en la mano; sin preguntar qué le dará o le dejará de dar lo que escribe. De acuerdo, no es la totalidad de la vida, ¿pero quién es capaz de contener la totalidad de la vida entre las manos? El arte es una esencia, no la esencia de todo.... Si volvía a trabajar tranquilo, calmado, aquel misterioso final, cualquiera que fuera o pudiese ser, este llegaría solamente mientras trabajaba... Ningún ángel se introduciría volando en su habitación con un rollo de pergamino... Un día escribiría una palabra, otro otra, y al tercero, el final".
 
 
 

martes, 19 de junio de 2012

Del mentir... al escribir

Es ya un tópico literario el análisis de cómo operan lo verosímil, lo verdadero, lo inventado en parte o sólo a medias, la mezcla indiscernible de biografía y ficción... en las novelas y relatos. En la última novela del colombiano Jorge Franco, Santa Suerte, al describir a una mujer que desde niña se inventaba dolores, atracos, lesiones... y sacaba partido de ello (hasta el punto de conseguir transformarlo en una rentable forma de vida), dice el autor: "Ya había metido la cabeza por el hueco de la mentira y ahora tenía que pasar el cuerpo entero". Me pregunto si no es a eso, más o menos, a lo que nos dedicamos los escritores una vez que descubrimos esa primera fisura en la que parece caber tanto. Obtener rentabilidad, y en los tiempos que corren, ya es otro asunto. ¿Pero qué tal el premio de una buena y lograda ficción?

martes, 15 de febrero de 2011

Los que cuentan


En la novela "La piel del miedo", de Javier Vásconez, encuentro, en boca de su protagonista, una frase que podría definir todavía (más allá de los experimentos del marketing editorial y otros transgénicos) la peculiar manera de ser y estar en el mundo de cualquier escritor auténtico, o, como suele decirse, de raza: "Soy un hombre despojado de atributos que escarba sin cesar su conciencia, esa zona de oscuridad donde se ventila la escritura, un hombre dispuesto a contar con exaltación una historia".

viernes, 25 de junio de 2010

Las premoniciones de Pepe Cervera



Una de las alegrías que acompañan al hecho feliz de que a uno lo "seleccionen" e incluyan en antologías de relato español contemporáneo (con la carga de promesa y realidad que esta circunstancia parece infundir en quienes ahí aparecemos) es ir conociendo y tratando a los diferentes compañeros de aventura literaria. Por una casualidad, el escritor valenciano Pepe Cervera y yo mismo (valenciano en otras vidas, pero ya sólo valenciano desteñido y lejano) figuramos juntos en dos recientes obras de 2010: en la nómina de 35 autores que Gemma Pellicer y Fernando Valls han elaborado para "Siglo XXI, los nuevos nombres del cuento español actual" (Menoscuarto ediciones) y en esa nave de los locos que el mismo Valls se ha dado el gusto de reunir en "Velas al viento" (Cuadernos del Vigía). De modo que, gracias a estos proyectos conjuntos y a las presentaciones públicas que llevan aparejadas, he tenido la suerte de conocer en persona a Pepe Cervera y de internarme unos días después en su obra más reciente: "Premonición" (publicada por Paréntesis editorial): 12 relatos de mucha altura, y un hondo epílogo que acaba resultando también un hermoso relato. Como en este blog no estoy sujeto a las constricciones de mi tarea de "reseñista" público (ese quitar, poner, contar y medir palabras para que quepan en la maqueta y compartan espacio con la publicidad) lo que viene a continuación no pretende ser otra cosa que mis "notas de lectura" de esta colección de relatos. Unas notas libres, como libre me pareció Pepe Cervera al conocerlo.
Desde la primera de las piezas, ese limpio y sobrio "Un feliz día de pesca en el Big Wood River", nos sentimos empujados por el gusto por contar, ambientar y detallar de Pepe Cervera, atrapados por su buen acercamiento de cámara a los personajes en los movimientos de sus vidas cotidianas. El relato acaba siendo tan certero y explosivo como la espectacular sacudida final que el autor nos reserva. En ese estado recibimos "Premonición", que da título al libro,  conmovedor gran cuento en el que el hijo, ya adulto, recuerda a un padre tan desastroso como heroico a sus ojos de crío de 15 años. Las preguntas de fondo que recorren el texto (y el conjunto del libro) aluden a cuestiones como si podemos controlar nuestro carácter y, consiguientemente, nuestro destino, o a si es posible realmente poner la desesperación personal bajo control. Emociona la figura del padre como un Moisés perdido conduciendo errante la furgoneta en la que lleva a su discutidora y crispada esposa y al impresionable e incondicional hijo tras abandonar la casa de la que acaban de ser deshauciados. Conmueve la fortaleza de ese hombre en horas bajas, su continua letanía justificativa: "Hago las cosas lo mejor que sé", la talla épica que Cervera le reserva, la reflexión sobre el esfuerzo, la casualidad, la suerte, la confianza, la memoria clara y obstinada, la imagen de la clarividencia paterna ("Como si el cristal delantero de aquella furgoneta fuera un lienzo sobre el que proyectar sus presentimientos"). A estas alturas de la lectura ya somos conscientes de la maestría de Cervera para dosificar y repartir la información a lo largo de sus historias. Un ejemplo que lo refuerza es el siguiente cuento, esa auténtica joya titulada "Tanto frío" en el que la duración de un vuelo Valencia-Prestwick (Escocia) basta para que conozcamos con exactitud la vida y relación de un matrimonio joven (ambos científicos recién casados en su viaje de bodas). Se diría que, en los saltos atrás y adelante que da Cervera, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el cauce remozado del viejo Turia cobran también aquí solidez de personajes. La dialéctica de esta relación sentimental, los acercamientos y alejamientos entre Sebastián y Laura, sus propias percepciones, están deliberadamente descritos en términos cientificistas de reacciones, estructuras, causas, atracciones y repulsiones. No podría ser de otro modo en un relato que aborda tan en serio la cuestión del cálculo y el riesgo en las decisiones que tomamos a diario. La mirada de estos científicos traduce de este modo la figura y los movimientos de un hombre que hace tai-chi en un parque: "A media luz parecía alguien buceando en un compuesto gelatinoso". Pero la buena observación es tanto exterior como psicológica: pues cuánto sabremos ya de los recién casados  cuando al final del trayecto desciendan en el helado aeropuerto escocés (como sabremos mucho tras el día de playa de un matrimonio de pre-jubilados en "Purpurina dorada"). Y qué acierto que el autor aparezca con sus palabras en el último compás al pie de la gélida pista, como un dios ex-machina que contiene las riendas para desmetir las suposiciones del lector. De tragedias cotidianas que parecen ahogarse en un vaso de agua pero que tanto cambian y significan, tratan otras dos grandes piezas: "Una partida de parchís corriente" y "Natillas". En el primero se detalla la amenaza sorda y progresiva que representa la llegada de un tercero a un matrimonio: el brillante y alegre Alfredo, que comparte aficiones deportivas con la esposa del sedentario protagonista y deja a este tan en fuera de juego como un punto de no retorno. En el segundo, "Natillas", el autor nos sitúa sin más ante la esposa que, de modo frenético, hace sus maletas mientras su pareja parece haberse vuelto un mero observador/registrador de sus movimientos. Una coreografía de los adioses hecha con palabras certeras. Todo parece poder cambiar en un instante para este matrimonio con dos hijos: "treinta segundos son insuficientes para que nadie prevea el futuro. Pero el futuro está, ahí mismo, a dos manzanas de distancia". A través de una galería de personajes compartidos, comunica esta historia con la anterior, la sutil "Two lovers", el recuerdo que asalta al narrador de una estampa suya, a los diez años, jugando y charlando con una niña alegre y traviesa en los columpios de un pueblo de Valencia. Un diálogo fugaz, lleno de encanto que arroja al escritor hacia el asunto de las trampas inesperadas de la memoria y la viveza con que algunas circunstancias de nuestra existencia reaparecen sin aviso previo. Caben en esta colección análisis de claustrofóbicas relaciones sentimentales, a veces con giros inesperados ("El huracán Camille" o "Una conversación", donde dos amantes discuten y dejan en evidencia quién gana y quién pierde en el dilema de enfrentar dos vidas tan posibles como imposibles). También parecen ir asociados, esta vez por su extrema dureza, por su tratamiento del horror, dos cuentos consecutivos: "La mirada del Basset" (retrato durísimo y deliberadamente repugnante de un pederasta cotidiano (buen padre de familia, clase media, etc.) y el terrible drama familiar de "Entre Onavas y Guaymas": también aquí en el seno de una familia "normal" aparece el terror y la tragedia extrema encarnada en el dolor de unos padres que se desvivieron por proteger a su hijo pero no consiguieron sostenerlo, ayudarlo, orientarlo o retenerlo cuando creció y decidió emprender un tortuoso y autodestructivo camino. La descorazonadora conversación telefónica del padre con el hijo, que llevaba desaparecido casi dos años, es una de las cumbres de este libro. "La vida, para mí, era una cosa más sencilla, mucho más sencilla que todo esto", lamentará el atribulado padre. En "U-Boot", un relato con aire de homenaje, reaparecerá la Escocia del cuento ya citado, en este caso para la heroica última fuga de un abuelo y un nieto: una vez más se reflexiona aquí sobre el papel de la voluntad y el destino personal, un motivo que recorre de arriba a abajo  todo el libro. Cervera traza en todos estos cuentos un mapa exhaustivo de la vida y las relaciones cotidianas, con personajes que parecen tan reales como el lector que de ellos se ocupa. No caben trampas ni trucos de taller, ni filigranas estetizantes. Son sólo relatos auténticos y puros, escritos por alguien que, más allá de corrientes, modas o escuelas, posee mundo propio, raíz y voz propias.
Clarificador, en este sentido, es el "Epílogo: una historia real", un texto acerca de las raíces y los orígenes, algo que Cervera lleva muy a gala por sentirse de verdad enraizado en la tierra en la que vive y vivieron sus antepasados. Se remonta a aquella Alhofra de la dominación árabe del siglo VIII, que devino el actual Alfafar del que Cervera procede, para homenajear a sus ancestros, especialmente a la generación de sus abuelos, e indagar acerca de las constantes reales que después han ido salpicando y conformando sus textos. Este impulso lo conduce a una hermosa reflexión y justificación de su instalación en el mundo, a los porqués de su tarea de leer y escribir. Me gustaría concluir dejando que él mismo lo explicara: "También, en mi opinión, leer es una necesidad que está ligada al organismo de idéntica manera a como lo está al espíritu. Cada uno de los libros que he leído ensambla con el anterior para conformar un vasto andamio de detalles minuciosos que integran mi naturaleza íntima. Cada una de las historias ha ido sedimentando en mi conciencia y en mi corazón, entreverando cada uno de mis sentimientos y confundiéndose con los recuerdos para adaptar a su antojo el territorio de mi existencia. Para bien o para mal, después de leer cualquier libro ya nunca he sido el mismo... Que mi vida sería totalmente distinta sin la literatura, como también lo sería sin las personas a las que aprecio y sin las que no aprecio tanto, y que soy incapaz de plantearme el mañana haciendo otra cosa que no sea escribir... Son los fantasmas que entreveran mi vida y mis relatos. No son sólo mis recuerdos, también son los recuerdos de los que me han precedido, algo que viniendo desde muy lejos me alcanza para convertirme en lo que soy, y al cabo será lo único que tenga y lo único que podré transmitir a los míos a través de las historias que escribo. He llegado a convencerme de que esa es una manera acertada de vivir, de tener esperanza en todo lo que ha de sucedernos, de creer en el futuro... No es preciso el más mínimo esfuerzo para identificar los vestigios de otros tiempos... Y es que, cuando alguien empieza a reflexionar sobre lo que es o lo que pretende ser, acaba intentando averiguar de dónde viene".

sábado, 28 de noviembre de 2009

Memoria y escritura



De un libro que acabo de leer y que me ha impresionado mucho, "La fiesta del oso", de Jordi Soler, dejo aqui una sola frase: "Lo que puede hacerse contra el olvido es muy poco, pero es imperativo hacerlo". Una buena reflexión para el problema tan debatido de la recuperación de la "memoria histórica", pero también para la necesidad personal que todos tenemos de comprender y de contarnos nuestra propia historia: lo que somos, lo que fuimos, lo que fueron nuestros abuelos, padres... En el caso de Soler, sus antepasados catalanes republicanos que tuvieron que escapar por el Pirineo, camino del exilio, en los finales de la Guerra Civil. Leer a Soler invita a afinar en lo posible las versiones de aquello que fue, a indagar y reconstruir, si todavía se puede. Algo parecido me movió en mi galería de personajes de "Un mortal sin pirueta". Escribir cobra bastante sentido cuando se vuelve tarea de rescate y recuperación.

(P.S: Si os apetece echar un vistazo a la reseña que he publicado hoy, 11 de diciembre, acerca de "La fiesta del oso" en El Cultural de El Mundo, este es el enlace:
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26282/La_fiesta_del_oso

miércoles, 15 de julio de 2009

Del escribir interior. A propósito de Bolaño



Si uno no anda con cuidado, después de publicar un libro, al nivel que sea, puedes volverte un completo idiota que pasa el día esperando e-mails o alertas de Google en las que se te nombre o se te reconozca (y, como dice la gente, hablo “por experiencia propia”, por mi experiencia tras la publicación de Un mortal sin pirueta). En aquella película de Fassbinder era el miedo el que devoraba el alma, pero qué decir de la ansiedad, la preocupación excesiva por la promoción, las ventas, las opiniones de unos y otros, las comparaciones con este u otro autor... todas esas cosas que pueden hacer que olvides y desatiendas justo lo esencial: eres un escritor que tiene que vérselas a solas (en un interior) con los textos. Con ansiedad no puedes escribir ni de la ansiedad. Y qué alegría recuperar la calma, la tranquilidad necesaria para seguir progresando y trabajando en un nuevo texto sin medirte con nadie, ni con nada más que tu propio escrito y sus evoluciones. En eso trato de estar ahora, en el buen y único camino, en lo único de verdad literario. Enlazando con mi entrada anterior (“Salir del mundo... literario”), se trata de un logro de algo parecido a la humildad, parecido a una disolución del yo, un quitarse de en medio, una renuncia natural que, al llevarla a cabo, casi ni importa, relaja, es un dejarse caer. Tal vez Roberto Bolaño lo expresó como pocos en “2666” cuando su personaje del profesor inválido Morini se queda en la casa de Turín y no puede acompañar a México a sus tres compañeros (Liz Norton, Pelletier y Espinoza). Bolaño escribe: “él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”.

domingo, 14 de diciembre de 2008

El privilegio de ser leído




No sé cómo se llegará al estado mental de algunos escritores consagrados que dicen no necesitar de sus lectores o que consideran una carga comentar sus obras, hacer lecturas, participar en coloquios, dedicar libros, etc. Por un lado, es obvio que no hay supervivencia del escritor sin lectores, por otro, ¿se puede perder de vista que uno escribe para compartir su mundo y comunicarse con otros? ¿Qué otra cosa sino sentirse conmovido y agradecido porque alguien se desplace en un día de lluvia hasta una librería para encargar o comprar tu libro (precisamente tu libro entre cientos de ellos)? ¿O que te dedique buena parte de su fin de semana, las idas y venidas al trabajo, en metro o autobús, sólo para leerte a ti, pequeño mortal... sin pirueta?

lunes, 1 de diciembre de 2008

Blog Ernesto Calabuig




Empezar un blog, ¿para qué? No puede obedecer sólo a un arrebato vanidoso o egocéntrico. ¿A quién puede interesarle verme en una foto poniendo cara de escritor interesante, como aquí, entre los árboles del jardín, o que deje cada día una pincelada de impresiones pasajeras, pensamientos de ida y venida en autobús, ocurrencias light. En principio sólo quiero poner un poco de orden entre mis cosas: proporcionar, p. ej, direcciones de artículos o reseñas que he ido publicando, hablar quizá de cómo le está yendo ahí afuera -a la intemperie- a mi primer libro de relatos publicado, "Un mortal sin pirueta": si gusta, si atrapa, si es capaz, ojalá, de emocionar... Si tiene lugar el sueño del escritor: que, más allá de estrategias comerciales, "funcione el boca a boca" ¿O era el boca-oreja?