Qué estupenda fue la presentación del pasado martes de mis "Frágiles humanos" (Tres Hermanas Libros) en la librería Alberti. Un gran diálogo con la escritora y periodista Esther Ginés.
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jueves, 25 de noviembre de 2021
jueves, 26 de noviembre de 2020
LA PLAYA, EL TIEMPO... Y ELVIRA LINDO
Fue un placer conversar y reír con ELVIRA LINDO el pasado lunes, 23 de noviembre, en la Librería Rafael Alberti, en la presentación de mi nuevo libro "LA PLAYA Y EL TIEMPO" (Tres Hermanas Libros)
viernes, 31 de enero de 2020
"TODO ARDE"
Gran presentación ayer, en la Librería Alberti, de la novela de NURIA BARRIOS "Todo arde" (Alfaguara). Excelente el diálogo de la autora con el poeta y periodista cultural Antonio Lucas, así como la lectura dramatizada de la actriz Paula Iwasaki. Un placer asistir. (En la foto, con Nuria y con Javier Sáez de Ibarra al terminar el acto).
jueves, 15 de mayo de 2014
miércoles, 31 de octubre de 2012
De unas palabras de Landero
Uno no debería escribir "sobre temas" (el bien y el mal, o parecido) sino contar "historias". Lo decía la semana pasada LUIS LANDERO en la presentación en la librería Alberti de Argüelles, en Madrid, de su última novela, ABSOLUCIÓN. También explicó cómo no entendía ese tipo de prosa funcionarial, económica, ramplona, tan común a muchos "escritores". Se me ocurrió, y así se lo comenté, que donde uno de esos escritores descuidados o limitados diría que un adolescente "pasaba las horas aburrido tirado en la cama", el personaje de Landero pasaba las horas "abandonado a la anchura del tiempo". Landero saca partido al lenguaje castellano y, de paso, se diferencia de tanto escritor casposo-español de su generación en que además juega con el lenguaje, se divierte, sin esa solemnidad provinciana apolillada y autoconsciente de... Aunque serán esos otros los que se procurarán un Cervantes, para eso viven, para no dar nunca puntada sin hilo, ni paso atrás. Un paso atrás, ni para coger carrerilla, dice mi padre.
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jueves, 9 de febrero de 2012
Encuentro con Juan Eduardo Zúñiga
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Buscando a Heinrich Mann

Estos días atrás había empezado a leer un grueso libro de Heinrich Mann que encontramos a muy buen precio en nuestro veraneo en Berlín: "Zur Zeit von Winston Churchill" (En la época de Winston Churchill). Estaba enterándome, por ejemplo, de cómo el escritor alemán supo cuál era el momento oportuno para abandonar Berlín antes de que los nazis se le echaran encima (el embajador francés le indicó con sutileza que las puertas de su casa en la Pariser Platz estaban abiertas para cuando lo necesitara, etc. Esa misma Pariser Platz que ahora afortunadamente es centro de alegría, acogida y celebraciones). El caso es que la lectura de la exigente prosa alemana de Heinrich Mann me hizo recordar su célebre libro "El súbdito" -que leí en castellano en los tiempos de universidad en una edición de Bruguera que tenía mi hermano y entonces me impresionó mucho-. Así que decidí comprar un ejemplar (no puede uno seguir molestando a los hermanos pasados los cuarenta). Pensé que sería fácil encontrarlo, pues yo lo consideraba uno de esos clásicos que forzosamente se siguen reeditando. Después de mirar y remirar por los imposibles estantes de la Casa del Libro de Gran Vía, tiene lugar este inquietante diálogo con una dependienta de veintitantos (no puedo llamarla "librera" por lo que se verá):
--¿Por favor, tendría "El súbdito", de Heinrich Mann?
--¿Cómo es el nombre?
--Heinrich
--¿Henry?
--No. Heinrich, es alemán. Ya sabe, el hermano de Thomas Mann...
(Esta información no parece decirle gran cosa, me mira con cara de quién será ese tal Thomas). Después de asegurarle que Heinrich Mann es el autor de Profesor Unrat (El ángel azul) y de mencionarle incluso a Marlene Dietrich, le deletreo "H-e-i-n-r-i-c-h" y le indico que Mann "es con dos enes", ella corrige malhumorada sobre la marcha en la pantalla del ordenador y sentencia: "No. No existe. Descatalogado".
Hablo aliviado con libreros de verdad en la librería Alberti de Argüelles (Santi, Miguel y Lola). Santi trata de dar con una reedición en Edaf pero al cabo de unos días me confirma que "El súbdito" se ha vuelto inencontrable. A él también le sorprende que sea así. Tendré que leerlo en alemán, o molestar a mi hermano. En Alemania hasta han rodado una impresionante serie televisiva acerca de esta familia de escritores y artistas. ¿Es posible que los Mann se estén diluyendo?, ¿que estén pasando a peor vida? Camino por la calle Princesa hacia el intercambiador de la Moncloa, nueve de la noche, aire frío, pienso en las pocas librerías de verdad que van quedando en Madrid, pienso también en la dificultad de encontrar buenos CDs de música clásica, hace unos pocos años aún no era así. Pienso en las toneladas de basura televisiva que la gente traga con tanto gusto acerca de las miserias de los famosos: el clan de los no se qué, la herencia de los nosecuantos, el hijo secreto de... Me viene a la cabeza una sola palabra: empobrecimiento.
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miércoles, 4 de noviembre de 2009
Leer a Ingrid Noll

Hace algunos años, mientras trataba de mejorar mi alemán, tomé una decisión que, estoy convencido, resultó con el tiempo bastante “sabia”: entretenerme, olvidarme del rigor de las decenas de gramáticas, manuales y métodos que llenaban mis estanterías -y no paraban de recordarme cuánto me faltaba aún por saber y dominar y qué alambicadas construcciones me estarían siempre vedadas-, y lanzarme a leer en el original las novelas de una autora que parecía mezclar a partes iguales calidad literaria, diversión, intriga… Se trataba de Ingrid Noll, una escritora a la que suele definirse como la Patricia Highsmith alemana y a quien le viene pequeña la etiqueta de “novela negra” que suelen adjudicarle. Quizá le corresponda mejor eso que los alemanes llaman “Psychokrimi”, pues si algo hay en el tratamiento de sus personajes (en sus malas y malos cotidianos: sobre todo malas), es el énfasis en el refinado detalle psicológico. Pero lo que más recuerdo de mis viajes en autobús atrapado por la trama de “Selige Witwen” (Viudas dichosas) o “Der Hahn ist tot” (El gallo ha muerto) es la diversión, la guasa con la que Noll es capaz de tomarse a sí misma y al mundo que la rodea. Lo más curioso es que yo la leía pensando que, por su modo de sentir y de expresarse, se trataba de una autora joven, que como mucho andaba por los cuarenta, y descubrí después que se trataba de una mujer nacida en 1935. Aunque decidí no retirarle el calificativo de “joven”, pues sólo hay que leerla para comprobar su verdadera edad, o echar un vistazo a la manera alegre y colorista de vestir que luce en la mayor parte de las fotografías de autora que por ahí circulan. Al parecer, sólo empezó a publicar hacia 1991 cuando sus tres hijos ya se independizaron y quedó también algo más liberada de su labor de ayudante en la consulta de su marido médico. Supongo que escribo todo esto porque el otro día, en el mostrador de novedades de la Librería Rafael Alberti del barrio de Argüelles, vi por casualidad traducido el libro “Donde nada florece” (Editorial Circe) y eso me hizo recordarla (y volver a sentir ganas de releerla). En una búsqueda de Google he podido descubrir que la editorial Circe lleva traduciendo y publicando a Ingrid Noll desde hace años y que uno puede encontrar en castellano nada menos que ochos títulos: “Donde nada florece”, “Como una dama”, “Falsas lenguas”, “Malos hermanos”, “Benditas viudas”, “La rosa roja”, “El amor nunca se acaba” y “La farmacéutica”. Una buena razón para leerla o releerla, para descubrirla o volver a dejarse llevar por unas páginas que conjugan la calidad literaria, el humor, lo mejor del buen suspense y eso que suele llamarse “sabiduría de la vida”.
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viernes, 8 de mayo de 2009
La poesía de Joan Margarit

Hace justo dos semanas, tuve la suerte de asistir al recital de poesía que el poeta catalán Joan Margarit (Premio Nacional de Poesía 2008) celebró en la librería Rafael Alberti de Madrid. Margarit presentaba su nuevo libro, “Misteriosamente feliz”. Descubrí a Margarit hace unos años, en su libro “Estació de França”. De aquella colección me atrapó, sobre todo, un texto que se titula “Piscina” en el que un hijo rememora al padre que le enseñaba a nadar. Como en muchos de sus escritos, el giro inesperado, el latigazo final, aparece en los últimos versos:
No le temía al agua, sino a ti,
era tu miedo lo que yo temía,
y este lugar profundo
donde desaparecen las baldosas
Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún
la fuerza de tus brazos obligándome
mientras trataba de abrazarme a ti.
Aprendí a nadar, pero más tarde,
y olvidé muchos años aquel día.
Ahora que ya nunca nadarás,
veo a mis pies el agua azul, inmóvil.
Comprendo que eras tú quien se abrazaba
a mí para cruzar aquellos días.
Aquel libro era de 1999. Diez años después, sentado en un taburete de la librería Alberti, va “diciendo” al micrófono sus nuevos poemas. Es un hombre grande, corpulento, de 71 años. No es de esos poetas que declama sobreactuando, tampoco de aquellos otros que recita con la frialdad de quien sólo levanta escueta acta notarial de sus palabras. Joan Margarit lee sus textos con absoluta tranquilidad y voz serena, clara, sugerente, grave. Cada poema resulta una historia de la vida, su vida. Cada verso, experiencia propia. Escuchamos, pero más bien diríamos que vemos. “Misteriosamente feliz” es tan hondo, auténtico y sin pretensiones como Margarit, como su manera cercana de leer. En el turno de preguntas se lo hago ver, le agradezco la autenticidad de sus poemas y el modo también auténtico de transmitirlos. Él me agradece, a su vez, mi comentario, agradece que la figura del poeta no estorbe al ponerse delante del texto, pues hay a quien sí le molesta. Dice ser un instrumento que interpreta poemas: llegada una edad, la vida y sus vicisitudes, las penas, los dolores, van configurando un instrumento, mejor o peor, y que tampoco todos los días suena igual –aclara-. Tratándose de él, pienso en un contrabajo de la mejor de las maderas, uno que gana con el tiempo. Después tomamos algo en grupo en un bar, somos ahora ocho o diez. No he querido presentarme, por así decirlo “mostrando mis credenciales”. No he querido imponerme con un estúpido recitativo que lo fagocitara a él y deshiciera el encanto, algo como: `Verá, soy crítico de El Cultural de El Mundo y además he publicado un libro de relatos, “Un mortal sin pirueta”, que creo está en sintonía con sus propias historias y podría gustarle´. Con Margarit la vanidad hay que dejarla a un lado, Margarit es de verdad. Me alegro de haber sido uno más entre el público, uno que levanta la mano y participa, uno que en el bar pide luego una Coca-Cola. ¿Acaso es poco?
No le temía al agua, sino a ti,
era tu miedo lo que yo temía,
y este lugar profundo
donde desaparecen las baldosas
Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún
la fuerza de tus brazos obligándome
mientras trataba de abrazarme a ti.
Aprendí a nadar, pero más tarde,
y olvidé muchos años aquel día.
Ahora que ya nunca nadarás,
veo a mis pies el agua azul, inmóvil.
Comprendo que eras tú quien se abrazaba
a mí para cruzar aquellos días.
Aquel libro era de 1999. Diez años después, sentado en un taburete de la librería Alberti, va “diciendo” al micrófono sus nuevos poemas. Es un hombre grande, corpulento, de 71 años. No es de esos poetas que declama sobreactuando, tampoco de aquellos otros que recita con la frialdad de quien sólo levanta escueta acta notarial de sus palabras. Joan Margarit lee sus textos con absoluta tranquilidad y voz serena, clara, sugerente, grave. Cada poema resulta una historia de la vida, su vida. Cada verso, experiencia propia. Escuchamos, pero más bien diríamos que vemos. “Misteriosamente feliz” es tan hondo, auténtico y sin pretensiones como Margarit, como su manera cercana de leer. En el turno de preguntas se lo hago ver, le agradezco la autenticidad de sus poemas y el modo también auténtico de transmitirlos. Él me agradece, a su vez, mi comentario, agradece que la figura del poeta no estorbe al ponerse delante del texto, pues hay a quien sí le molesta. Dice ser un instrumento que interpreta poemas: llegada una edad, la vida y sus vicisitudes, las penas, los dolores, van configurando un instrumento, mejor o peor, y que tampoco todos los días suena igual –aclara-. Tratándose de él, pienso en un contrabajo de la mejor de las maderas, uno que gana con el tiempo. Después tomamos algo en grupo en un bar, somos ahora ocho o diez. No he querido presentarme, por así decirlo “mostrando mis credenciales”. No he querido imponerme con un estúpido recitativo que lo fagocitara a él y deshiciera el encanto, algo como: `Verá, soy crítico de El Cultural de El Mundo y además he publicado un libro de relatos, “Un mortal sin pirueta”, que creo está en sintonía con sus propias historias y podría gustarle´. Con Margarit la vanidad hay que dejarla a un lado, Margarit es de verdad. Me alegro de haber sido uno más entre el público, uno que levanta la mano y participa, uno que en el bar pide luego una Coca-Cola. ¿Acaso es poco?
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jueves, 29 de enero de 2009
Presentación de mis relatos en la Librería Rafael Alberti
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