"Mosquitos en noviembre" podría ser el título de un buen relato. Lo pensaba esta madrugada a las 6 y 11 cuando ese inoportuno e insaciable insecto me ha dejado sin noche y sin descanso. (¡en noviembre!, ya no hay respeto ni valores, los atesora todos Rouco Varela, los imanta). Antes los mosquitos sólo se cebaban con uno en sitios como Gandía o Cullera y a cambio, durante el día, eras bastante feliz entre la playa y el merendero, lo uno por lo otro. Pues "Mosquitos en noviembre" podría ser un bonito cuento que incluso pudiera hablar de cualquier otra cosa (recuerdo aquel "El otoño en Pekín" de Boris Vian, que no transcurría en otoño y mucho menos en Pekín). No soy, definitivamente, capaz de escribir ese relato, pero estoy convencido de que mi hijo y mi hija (o sus amiguitos del cole) le sacarían un gran partido a la propuesta en una redacción escolar, con asociaciones de ideas deslumbrantes. De Paul Theroux no hablemos, que construyó toda una Costa de los Mosquitos. O del ocurrente mexicano Ibargüengoitia). Los editores deberían ser una especie de dioses visionarios que, sin moverse de casa (todo lo ven), premiaran al niño (o a Theroux, o a los amiguitos de Facebook) capaces de deslumbrar con una idea, y castigaran al torpe e insomne Ernesto, porque esta vez no, esta vez no... NO escribirás ese cuento. Aunque parece bastante castigo la infertilidad de uno, e incluso estas malas noches con o sin mosquitos.
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lunes, 19 de noviembre de 2012
lunes, 9 de marzo de 2009
La crítica literaria como reivindicación

El escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia
Una de las satisfacciones reales que tiene esta labor de crítico a la que me dedico, es que, de cuando en cuando, tiene uno la posibilidad de reivindicar la valía de textos de autores que hace tiempo nos dejaron, a veces de modo dolorosamente prematuro, dramático, con el silencio de un corte brusco, o con el corte brusco tras el que sólo cabe y queda silencio. Me ocurrió con Ingeborg Bachmann y Sebald (la primera, víctima de un incendio en su apartamento de Roma, el segundo, de un choque de automóvil en una carretera inglesa). También tuve esa experiencia con Haroldo Conti (secuestrado y desaparecido por los esbirros de la dictadura argentina). La pasada semana publiqué en El Cultural de "El Mundo" una reseña del autor mexicano Jorge Ibargüengoitia, que a sus 55 años era pasajero de aquel avión de Avianca que se estrelló en 1983 en su equivocada maniobra de aproximación al aeropuerto de Barajas. Este es el enlace de mi reseña (http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/24873/Revolucion_en_el_jardin ), pero en quinientas y pico palabras nunca cabe todo. La libertad de este blog, me permite ahora citar al azar algunas ocurrencias, a menudo irónicas, de su "Revolución en el jardín", compartirlas con quien por aquí se asome:
- (De un viaje a Cuba en 1964): "Cerca de la administración (del Hotel Habana Libre) había muchos intelectuales latinoamericanos discutiendo el porvenir de la humanidad, tratando de decidir a qué cabaret iban, o esperando a una señora que había ido al baño".
- (De ese mismo viaje): "Subimos al coche, que era tan largo que nunca llegué a la punta para averiguar la marca" o "Era (el viceministro) un hombre dinámico y de gran valor. Lástima que haya perdido dos horas conmigo" o "Algunas mujeres se vestían de miliciano, con camisa azul y pantalones verde olivo, con un zipper (cremallera) larguísimo en la parte de atrás. Este zipper provoca en el extranjero el deseo de bajarlo a traición, deseo que se resiste solamente al ver la pistola que generalmente lleva en el cinto la dueña de los pantalones" .
- "Tomaría precauciones para distinguir la palabra `intelectual´de la palabra `inteligente´".
- "Todo autor sabe que tiene sus enemigos. Yo me los imagino con la cara borrada y manos amarillentas que les tiemblan cuando leen mi columna".
- ¿Seré escritor de tercera o genio que está perdiendo el tiempo? Dentro de mí puedo decir: soy el escritor que estaba destinado a ser, ni mejor, ni peor".
- (Analizando "El ultimo tango en París"): "... sino que (los personajes de Brando y Maria Schneider) salen del apartamento y se meten en sus respectivas vidas, que, dicho sea de paso, resultan mucho más sórdidas que la pornografía".
- "Unos amigos míos de la infancia, de familia muy devota, tenían como argumento para demostrar la existencia de Dios el siguiente: Sé sincero -le decían al presunto ateo-. ¿Verdad que cuando llega la Navidad te sientes invadido por un calorcillo interior que te llena de felicidad completamente inexplicable? Es que es sobrenatural, Dios la ha puesto en tu corazón".
- "Me quedé pensando: el pintor, lo mismo que el escritor, no sabe lo que hizo hasta que es demasiado tarde".
- "`Al que madruga, Dios le ayuda´, que es una afirmación que carece de fundamento histórico".
- (Comparando otras profesiones con la de escritor): "Un ingeniero se pone Ing. antes del nombre, y cuando su mujer llega a la casa, le pregunta a la criada: -¿Ya llegó el Ingeniero? Ninguna esposa de escritor le ha preguntado nunca a ninguna criada si ya llegó el Escritor. Entre otras cosas, porque lo más probable es que no tenga criada. Y porque sabe que su marido no ha salido: está en su cuarto, frente a la máquina, devanándose los sesos".
- "El turista, cuando viaja, cree que está volviéndose internacional. El que lo recibe, en cambio, con sólo verlo se vuelve nacionalista".
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