Alambicado, complejo... sólo dos adjetivos que vienen, para empezar, a la cabeza, al recordar, días después de la lectura, la gran elaboración literaria que hay en el conjunto de relatos "De mecánica y alquimia", última obra de J. J. Muñoz Rengel. Toda alquimia requiere (exige) su buen reposo, por eso yo he dejado pasar los días para ver qué dibujo final, qué impronta, dejaba en mí el preparado de este texto, la variedad y riqueza de sus muchos elementos. No quería precipitarme, por mucho que la química trate con precipitados. Diré, de inicio, que bastaba ya con echar un vistazo al anterior libro de este autor, "88 Mill Lane", para intuir algunas de sus mejores armas: la sólida creación de atmósferas, micromundos puestos en pie con la paciencia del buen artesano, en los que rige una extraña arquitectura -una lógica inquietante de figuraciones y raros vericuetos- que el lector asume y acepta, tal vez por curioso, por haber querido asomarse y franquear la puerta de cada cuento hasta enredarse ya sin remedio en la tela de araña... de Muñoz Rengel. Sí, tal vez sea por eso por lo que el lector (yo mismo, cualquiera que se interne entre estos once relatos) se sienta tan identificado con el heroico capitán de una de las piezas, "Brigada Diógenes", perdido y seducido por una amenaza que le supera, una maraña que, al tiempo, no deja de emitir extraños símbolos y mensajes cifrados que terminan siendo bellos. No es extraño, pues, salir herido de este texto, terminar, como el propio capitán, "sobrepasado por tanta expresividad". Un relato,que, por cierto, parece diseñado contra tanto maniqueo que decide por dónde pasan con exactitud los ejes del bien y del mal. Pues M. Rengel habla, de fondo, de la obsesión de los Estados por el orden y la seguridad, de las peligrosas teorías de la sospecha, que acaban devorando a sus propios hijos. Como le sucede al capitán tras su escafandra, Rengel nos enfrenta a microcosmos en los que se entra para salir por igual trastornado y recompensado. Basta, si no, internarse en la densa atmósfera londinense del poético, sobrio y eficaz "El sueño del monstruo", en su mundo híbrido humano-maquinal (como un agujero en el tiempo o convivencia del S. XIX con un futuro o quimera de ciencia-ficción), el sonido permanente de la imprenta de la Print Corporation en la casa del protagonista, refinada e implacable tortura para ese autor dolorosamente inédito. Autómatas, sueños visionarios de los ingenios que vendrán, llovizna, librería, humilde mesón de comidas, silueta de la catedral de Saint Paul, ciclos de situaciones que al protagonista le parecen ya vividas, la soledad, la mala fortuna editorial, la incompresión de quien se adelanta a su tiempo, la sensación de ser aún más irreal que los autómatas que lo rodean. La incertidumbre acerca del estatuto real de uno mismo (la duda razonable sobre la verdad de la existencia propia) se aprecia también en la figura del farero del fantasmal "El faro de las islas de Os Baixos". Su condena al ostracismo recuerda también la de "El sueño del monstruo". Visiones y visionarios medievales capaces de anticipar bombardeos, atentados modernos o vertidos tóxicos; paisajes helados, o bien tan ardientes como el infernal laboratorio del monasterio de Berre o "La maldición de los Zweiss", logrado relato acerca de la ambición y la crueldad extremas. La misma crueldad que se ejerce contra los replicantes o dobles de barro en ese gran y lírico cuento de ciencia- ficción que es "Te inventé y me mataste", paisaje Blade Runner en cuya lógica perversa cabe que un inspector de policía te tranquilice diciendo: "Su homicidio es perfectamente regular, no se preocupe". Hay decenas de constantes que el autor ha sabido repartir por el libro animando y dando vida a las extrañas criaturas que lo pueblan: pesquisas policiales (en la Taifa de Toledo o en un mundo de gólems de barro); trenes, construcciones de espejos, mecanismos de precisión, picaduras de arañas de plata, árboles metálicos, los peligros del conocimiento y los castigos por saber demasiado, dibujos esquemáticos de un extraño pájaro, metamorfosis y cambios de tamaño, búsquedas de imposibles, deseos de una existencia mejor, vertederos de chatarra, piezas musicales, inquietantes finales que nos ponen tan cara a cara con el misterio como sucede en "Pasajero 1/1". No hablemos del trillado "juego de espejos" para referirnos al efecto del conjunto de este libro, hablemos mejor de un sistema de resonancia, de una "mecánica" de asuntos y verdades compartidos. Porque estos son relatos que no se dicen -ni quieren decirse- de una vez, relatos que reparten y alargan la sombra de su significado a traves de sutiles galerías, reapareciendo, transitando, apoyándose los unos en los otros. Pues el autor, de formación filosófica, sabe bien que no es Sócrates quien dice la verdad en los Diálogos de Platón. Sabe que la verdad, si es que la hay, sólo puede darse en el espacio, en el "a través" que, entre todos los personajes, con sus palabras y actos, crean y construyen.
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lunes, 2 de agosto de 2010
El mundo medievo-futurista de Juan Jacinto Muñoz Rengel
Alambicado, complejo... sólo dos adjetivos que vienen, para empezar, a la cabeza, al recordar, días después de la lectura, la gran elaboración literaria que hay en el conjunto de relatos "De mecánica y alquimia", última obra de J. J. Muñoz Rengel. Toda alquimia requiere (exige) su buen reposo, por eso yo he dejado pasar los días para ver qué dibujo final, qué impronta, dejaba en mí el preparado de este texto, la variedad y riqueza de sus muchos elementos. No quería precipitarme, por mucho que la química trate con precipitados. Diré, de inicio, que bastaba ya con echar un vistazo al anterior libro de este autor, "88 Mill Lane", para intuir algunas de sus mejores armas: la sólida creación de atmósferas, micromundos puestos en pie con la paciencia del buen artesano, en los que rige una extraña arquitectura -una lógica inquietante de figuraciones y raros vericuetos- que el lector asume y acepta, tal vez por curioso, por haber querido asomarse y franquear la puerta de cada cuento hasta enredarse ya sin remedio en la tela de araña... de Muñoz Rengel. Sí, tal vez sea por eso por lo que el lector (yo mismo, cualquiera que se interne entre estos once relatos) se sienta tan identificado con el heroico capitán de una de las piezas, "Brigada Diógenes", perdido y seducido por una amenaza que le supera, una maraña que, al tiempo, no deja de emitir extraños símbolos y mensajes cifrados que terminan siendo bellos. No es extraño, pues, salir herido de este texto, terminar, como el propio capitán, "sobrepasado por tanta expresividad". Un relato,que, por cierto, parece diseñado contra tanto maniqueo que decide por dónde pasan con exactitud los ejes del bien y del mal. Pues M. Rengel habla, de fondo, de la obsesión de los Estados por el orden y la seguridad, de las peligrosas teorías de la sospecha, que acaban devorando a sus propios hijos. Como le sucede al capitán tras su escafandra, Rengel nos enfrenta a microcosmos en los que se entra para salir por igual trastornado y recompensado. Basta, si no, internarse en la densa atmósfera londinense del poético, sobrio y eficaz "El sueño del monstruo", en su mundo híbrido humano-maquinal (como un agujero en el tiempo o convivencia del S. XIX con un futuro o quimera de ciencia-ficción), el sonido permanente de la imprenta de la Print Corporation en la casa del protagonista, refinada e implacable tortura para ese autor dolorosamente inédito. Autómatas, sueños visionarios de los ingenios que vendrán, llovizna, librería, humilde mesón de comidas, silueta de la catedral de Saint Paul, ciclos de situaciones que al protagonista le parecen ya vividas, la soledad, la mala fortuna editorial, la incompresión de quien se adelanta a su tiempo, la sensación de ser aún más irreal que los autómatas que lo rodean. La incertidumbre acerca del estatuto real de uno mismo (la duda razonable sobre la verdad de la existencia propia) se aprecia también en la figura del farero del fantasmal "El faro de las islas de Os Baixos". Su condena al ostracismo recuerda también la de "El sueño del monstruo". Visiones y visionarios medievales capaces de anticipar bombardeos, atentados modernos o vertidos tóxicos; paisajes helados, o bien tan ardientes como el infernal laboratorio del monasterio de Berre o "La maldición de los Zweiss", logrado relato acerca de la ambición y la crueldad extremas. La misma crueldad que se ejerce contra los replicantes o dobles de barro en ese gran y lírico cuento de ciencia- ficción que es "Te inventé y me mataste", paisaje Blade Runner en cuya lógica perversa cabe que un inspector de policía te tranquilice diciendo: "Su homicidio es perfectamente regular, no se preocupe". Hay decenas de constantes que el autor ha sabido repartir por el libro animando y dando vida a las extrañas criaturas que lo pueblan: pesquisas policiales (en la Taifa de Toledo o en un mundo de gólems de barro); trenes, construcciones de espejos, mecanismos de precisión, picaduras de arañas de plata, árboles metálicos, los peligros del conocimiento y los castigos por saber demasiado, dibujos esquemáticos de un extraño pájaro, metamorfosis y cambios de tamaño, búsquedas de imposibles, deseos de una existencia mejor, vertederos de chatarra, piezas musicales, inquietantes finales que nos ponen tan cara a cara con el misterio como sucede en "Pasajero 1/1". No hablemos del trillado "juego de espejos" para referirnos al efecto del conjunto de este libro, hablemos mejor de un sistema de resonancia, de una "mecánica" de asuntos y verdades compartidos. Porque estos son relatos que no se dicen -ni quieren decirse- de una vez, relatos que reparten y alargan la sombra de su significado a traves de sutiles galerías, reapareciendo, transitando, apoyándose los unos en los otros. Pues el autor, de formación filosófica, sabe bien que no es Sócrates quien dice la verdad en los Diálogos de Platón. Sabe que la verdad, si es que la hay, sólo puede darse en el espacio, en el "a través" que, entre todos los personajes, con sus palabras y actos, crean y construyen.miércoles, 21 de julio de 2010
Radiofónico "Expuestos"
Si os apetece escuchar el comienzo de mi novela "Expuestos" en la voz grave y entonada de Juan Jacinto Muñoz Rengel -autor de libros de relatos como "88 Mill Lane" o "De mecánica y alquimia", y director de la sección literaria del programa El ojo crítico (RNE 1) y del espacio Literatura en breve, de Radio Nacional de España (RNE 5)- podéis hacerlo en este enlace:
(La emisión es del sábado 3 de julio de 2010, aunque por una errata, en el documento figura 3 de abril). Juan Jacinto ya había tenido la amabilidad de ocuparse en su programa de mi primer libro de relatos "Un mortal sin pirueta" en una emisión de diciembre de 2009.
Espero que os guste.
Espero que os guste.
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martes, 15 de diciembre de 2009
Lo que el autor tiene que decir. A propósito de un espacio de radio
Con mucha frecuencia a uno le sorprende lo insuficiente que resulta un escritor al hacer declaraciones acerca de su propia obra. Tanto que llegas a preguntarte: cómo es posible que una persona aparentemente tan plana, titubeante, inestable, incluso falto de vuelo y de gracia... sea el autor del libro X que tanto nos gustó, conmovió, emocionó, dio que pensar. Me lo aplico a mí mismo y a mi extraordinario parecido con Rain Man las pocas ocasiones en las que he tenido que enfrentarme a entrevistas en las que tenía que hablar de mí y de por qué he escrito lo que he escrito. Otra cosa son los formularios que los periodistas envían por Internet, ahí el tiempo y la tranquilidad juegan a favor de uno y hasta acabas resultando algo profundo e inteligente. Javier Marías hace mucho que se refiere a un "pacto con el lector", según el cual lo que uno tenía que decir, su mejor yo, el yo literario, el que debe conocerse y tratarse, está puesto en los libros. Cualquier indagación que vaya más allá, el conocimiento directo del autor, el "abordaje" personal, puede tener serias contraindicaciones y producir una gran desilusión. Hay quien lo tiene tan claro como Fernando Aramburu, del cual hablaba el otro día en mi anterior entrada. Aramburu decía hace tiempo en El País: "Al escritor capaz de expresar la complejidad de la naturaleza humana yo le concedo un gran valor, aunque en su vida privada sea un granuja. Leo sus obras y a él que lo aguante su padre... Una vez terminada la obra, el autor es residuo, peladura, deshecho". Bueno, todas estas reflexiones previas eran sólo para contar que el sábado pasado el escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel dedicó un espacio a mi "Un mortal sin pirueta" en su programa de Radio Nacional y yo agradecí infinitamente que no se me escuchara a mí, sino a mi yo literario: Muñoz Rengel leyó con su buena voz un fragmento de mi relato "De nombre artístico Álvaro Labra", dejó que el texto sonara. Y de eso se trata. ¿No?
Este es el enlace del programa. Por si os apetece escucharlo:
Este es el enlace del programa. Por si os apetece escucharlo:
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