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martes, 2 de junio de 2015

ASOCIACIONES DE IDEAS

ASOCIACIONES DE IDEAS. Por un asunto que aquí no viene el caso, estaba diciéndole por escrito a mi hermano esta frase: "Pero lo importante es lo que llevamos en la memoria". Entonces me he acordado de algo (muy hermoso) que le leí al poeta granadino Miguel Ángel Arcas el otro día: "Lo que no está en tu memoria no es. Porque no fue, o no fue suficiente, o no quiso ser para ti". Lo curioso es que, él mismo, es capaz de decir unas páginas más adelante: "Un recuerdo, árbol entre la niebla". Y ese árbol entre la niebla, no sé por qué, me ha llevado a uno de los textos que más me impresionaron a lo largo de mi vida, uno de Roberto Bolaño, de 2666, donde el inválido profesor Morini sabe que no podrá acompañar a sus colegas hasta México (tendrá que aguardar en su casa de Turín) y cobra conciencia de cómo será su desaparición, como un árbol en la lejanía: "él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”. Y entonces estoy yo en 2011 caminando por el parque del Retiro en estas fechas, charlando en alemán con Clemens Meyer, que ha venido desde Leipzig a presentar su libro, el libro que yo he traducido al español. Hemos tomado unas cervezas antes de dialogar en el Pabellón de Alemania del Paseo de Coches hacia el que nos encaminamos. Es un tipo duro y tatuado, ha hecho de todo en la vida, pero hablamos de 2666 y a los dos nos asoman lágrimas o me lo parece. Y así, asociando ideas, se me puede ir una mañana, sin reseñar, sin traducir, sin escribir nada nuevo o ser persona de provecho, y luego tal vez me pongo una gorra y salgo a correr a más de treinta grados sin que me importe que la gente más bien se cobije a la sombra.

viernes, 15 de agosto de 2014

BOLAÑO y su "Estrella distante"


 
Me gustaría decir que “releo” la Estrella distante de Bolaño, pero en realidad esta es mi primera -y muy tardía- lectura. Por mucho que uno lea, siempre llega tarde a la cita con libros importantes. La suerte es que este tipo de obras saben esperarnos y no nos reprochan la demora, siguen intactas, disponibles, dispuestas para recibirnos. En el caso de Estrella distante, queriendo brillar para hacernos partícipes, desde las primeras páginas, del emerger de la figura diabólica del supuesto poeta autodidacta Ruiz-Tagle (Carlos Wieder) en tiempos de pre-golpe chileno, de los destellos crecientes del monstruo, del torturador disfrazado en aquel entonces aún de joven artista. No tarda en llegar la densidad narrativa que siempre logra Bolaño (sí, sigue logrando, no cabe aquí el pretérito imperfecto), su misterioso talento sobreabundante que desborda los límites de sus historias como si le faltara espacio y, sobre todo, tiempo. Porque la de Bolaño –después supimos- era una carrera veloz, agónica, para darlo todo, para expresar pronto, como si lo volcara, lo mucho que tenía dentro. Pero  estamos en medio de unos talleres de poesía. Es 1973. Y en medio del grupo –entre gente libre y llena de sueños, gente capaz de amar- crece entre palabras la sombra del teniente-aviador Carlos Wieder, de la Fuerza Aérea Chilena. El supuesto aviador-poeta. Pronto llegará el Golpe. Años después, la búsqueda emprendida por el amigo Bibiano, su seguir las pistas de Juan Stein y de Soto en el exilio (poetas profesores de aquellos talleres), recuerda en la lejanía a otra desesperada búsqueda, la del escurridizo/fantasmal Archimboldi en 2666. Cómo explicar todo lo que Roberto Bolaño va abriendo frente a tus ojos, y en tu mente, mientras lo lees, ese despliegue a la vez humano y sobrehumano, contingente y necesario. A veces los monstruos son capaces de inquietar y superar a sus propios hermanos de armas y sangre. Así Wieder –tras la exhibición aérea por el cielo de Santiago entre nubes de tormenta- con su macabra exposición fotográfica en una pequeña sala donde se entra en fila de uno: el puro horror fotografiado, la constancia seriada de lo inhumano. Y Bolaño encaminándonos hacia el giro final: dar con el paradero del criminal Carlos Wieder una vez que aparece esa figura necesaria, Romero, el sagaz ex policía en otro tiempo condecorado por Allende. Cuando ya piensas que Bolaño se ha perdido por digresiones acerca del submundo del cine porno y una profusa relación de revistas literarias de la extrema derecha… de nuevo te ves en la persecución del macabro Wieder y ya nada va a distraerte. Han pasado veinte años de la barbarie, pero los verdugos siguen teniendo sus horas de tomar café por mucho que se encuentren bien lejos. Y todo tenía y tiene, pues, sentido en la narración, y ya no parece haber una palabra de más ni de menos: nada falta, nada sobra, porque ese tramo final es simplemente adecuado, justo, perfecto.

miércoles, 23 de julio de 2014

Teoría de la supercompensación

Cuando yo era un joven atleta, corredor de mediofondo, tuve un entrenador, Antonio Postigo, que estaba absolutamente obsesionado por la "teoría de la supercompensación". Básicamente significa no conformarse con entrenar suave, sino, al contrario, sobrecargar el cuerpo, exigirse. La teoría es: el que entrena lento se queda lento. El que entrena a ritmo duro recibe, en cambio, la recompensa de un cuerpo veloz, preparado para sorpresas de cambios de ritmo en la competición, etc. Con aquellos entrenamientos salvajes, progresábamos deprisa, pero también muchos se quedaban, o nos quedábamos, por el camino (o llegabas a fin de temporada roto). Me pregunto qué será en literatura algo parecido a la supercompensación. Es obvio que no se trata de escribir una novela o dos al año por una suerte de inercia de "escritor profesional" (eso ya lo hacen Pombo, Reverte, Luis Mateo Díez... y tantos otros grafómanos que cumplen su contrato editorial incluso sin tener mucho o nada nuevo por decir). Como dijo Eliot, One can write too much. Creo que la supercompensación literaria tiene más que ver con no soltar el hueso de la creación, con ser un instrumento abierto y afinado, y un lector voraz, casi enfermo, como lo era Bolaño.

miércoles, 15 de julio de 2009

Del escribir interior. A propósito de Bolaño



Si uno no anda con cuidado, después de publicar un libro, al nivel que sea, puedes volverte un completo idiota que pasa el día esperando e-mails o alertas de Google en las que se te nombre o se te reconozca (y, como dice la gente, hablo “por experiencia propia”, por mi experiencia tras la publicación de Un mortal sin pirueta). En aquella película de Fassbinder era el miedo el que devoraba el alma, pero qué decir de la ansiedad, la preocupación excesiva por la promoción, las ventas, las opiniones de unos y otros, las comparaciones con este u otro autor... todas esas cosas que pueden hacer que olvides y desatiendas justo lo esencial: eres un escritor que tiene que vérselas a solas (en un interior) con los textos. Con ansiedad no puedes escribir ni de la ansiedad. Y qué alegría recuperar la calma, la tranquilidad necesaria para seguir progresando y trabajando en un nuevo texto sin medirte con nadie, ni con nada más que tu propio escrito y sus evoluciones. En eso trato de estar ahora, en el buen y único camino, en lo único de verdad literario. Enlazando con mi entrada anterior (“Salir del mundo... literario”), se trata de un logro de algo parecido a la humildad, parecido a una disolución del yo, un quitarse de en medio, una renuncia natural que, al llevarla a cabo, casi ni importa, relaja, es un dejarse caer. Tal vez Roberto Bolaño lo expresó como pocos en “2666” cuando su personaje del profesor inválido Morini se queda en la casa de Turín y no puede acompañar a México a sus tres compañeros (Liz Norton, Pelletier y Espinoza). Bolaño escribe: “él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”.