Puede que te alegres si me quedo atrás, o si desaparezco, o si me parte un rayo, o si me empujas a ese bosque oscuro de difícil salida que tú tienes poder para imponerme como si cerraras una pesada puerta, hasta que me vuelva irreconocible y nadie vuelva a saber de mí. En cierto sentido, dada mi falta de fe, eres lo más parecido a un Dios (arbitrario e inescrutable) que he visto sobre la Tierra. Se te olvida sólo que me eduqué en la repetición y la posibilidad mientras leía a Kierkegaard en una ya lejana Facultad de Filosofía allá por los noventa. Se te olvidan también mis mil carreras de mediofondo a ritmos para ti imposibles, y los dos mil kilómetros que he corrido cada año desde mis dieciséis, a través de páramos bastante kierkegaardianos donde basta el frescor de un prado o que despegue un pájaro para que el día haya merecido la pena. Se te olvidan millones y millones de frases y frases leídas por las que he pasado y que me dejaron profunda huella, como aquella de Bolaño en 2666: "“él... ya había iniciado un viaje, un viaje que no era alrededor del sepulcro de un valiente sino alrededor de una resignación, una experiencia en cierto sentido nueva, pues esta resignación no era lo que comúnmente se llama resignación, ni siquiera paciencia o conformidad, sino más bien un estado de mansedumbre, una humildad exquisita e incomprensible que lo hacía llorar sin que viniera a cuento y en donde su propia imagen, lo que Morini percibía de Morini, se iba diluyendo de forma gradual e incontenible, como un río que deja de ser río o como un árbol que se quema en el horizonte sin saber que se está quemando”.
martes, 23 de julio de 2013
domingo, 14 de julio de 2013
Figuras de la literatura alemana contemporánea. Judith Hermann
Figuras de la
literatura alemana contemporánea
JUDITH HERMANN, una
casa de verano y una tal Alice
Parece que cada vez que regreso a
Alemania, regreso también a los libros de Judith Hermann (Berlín, 1970). He
releído estos días su Sommerhaus, später
(Casa de verano, más tarde), primero de sus libros de relatos, aparecido en
1998. El verano anterior había hecho lo mismo con Alice (2010). Miro mis
notas sobre ambas obras y algunas de mis “consideraciones literarias” me recuerdan
a las de los catadores de vinos. Leo cosas como: Prosa alemana limpia y clara. Delicada y poética, pero con una dureza y
aspereza de fondo que evita cualquier tentación de cursilería. Judith Hermann
está en el mundo. De ahí su lucidez.
No sé si porque mantuve una breve
correspondencia (vía facebook) con la autora argentina Samanta Schweblin al
respecto de Hermann (ambas iban a coincidir en ciclo de conferencias en Berlín),
o simplemente porque llevaba tiempo queriendo hacerlo, intento ahora “montar” y
desarrollar esos apuntes para dar una idea de lo que me parecen las coordenadas
fundamentales en las que se mueve/escribe esta interesante autora contemporánea.
Debería empezar por destacar su
afinada capacidad de observación. Su precisión al analizar los sentimientos de
pareja, la incomunicación de fondo que se da incluso entre las personas aparentemente
más unidas, la imposibilidad última de conocerse. A veces Alice observa a Raymond (como en el
lago) con una especie de curiosidad distante de entomólogo. Son mundos tan
compartidos como separados.
En Alice, escenas aparentemente leves, se erigen de golpe y estallan
ante el lector con todo su dramatismo (como en ese fragmento en que la monja de
hospital, curiosa, pregunta a la protagonista a qué se había dedicado el
moribundo Micha, algo demasiado largo y complejo para resumírselo en unas
palabras): “Alice hatte gedacht, dass diese Nonne niemals mehr sehen würde, wie
Micha gewesen war, wie er ausgesehen, gesprochen, geflucht und gelächelt hatte,
wie er durchs Leben gegangen war. Sie sah nur den Sterbenden. Entging ihr
etwas?” (Alice había pensado que esa monja nunca vería como había sido Micha,
qué aspecto tenía, cómo hablaba, maldecía y sonreía, cómo había sido su paso
por la vida. La monja veía sólo al moribundo. Se le escapaba a ella algo?
También en la segunda historia del
libro, Conrad, aparece esa
incapacidad de describir del todo, con justicia, a quien acaba de dejarnos.
Judith Hermann sabe lograr intensidad
y buen suspense a partir de lo cotidiano. Mucho suspense hay en el encuentro de
hotel entre Alice y el anciano Friedrich. O bien deja lugar a lo conmovedor: el
misterioso tío Malte muere y Alice nace un mes después. Traduzco ese párrafo :
“Alice no conoció a Malte. Malte hubiera sido su tío de no haberse quitado la
vida en un día de marzo de hace cuarenta años. Alice vino al mundo en abril, a
la vida. Un mes después. Pero para entonces ya estaba Malte bajo la hierba
verde. Piedras, jazmín y rododendros sobre su tumba. Tú eres la luz en nuestra
oscuridad, había escrito la abuela de Alice, madre de Malte, en su calendario
con caligrafía clara y consciente”. Impresiona el final de ese relato, “Malte”,
donde la protagonista parece diluirse con gusto entre los pasajeros de
estación, difuminarse hasta desaparecer.
Por otro lado, es una autora que te permite
pensar, no cierra del todo lo dicho. Queda abierto un “por decir”. Lo sugerido,
lo esbozado, lo prometedor… Hay enumeraciones tan eficaces como la de la pag.
160 de la edición alemana en el cuento “Raymond”: el mundo que surge y parece regresar
y colarse en el presente a partir de una vieja chaqueta de quien ya murió. Algunas
historias sólo se apuntan desde fragmentos o se van dejando ver. El lector
puede hacerse su propia composición. No es necesario saber TODO lo que ocurrió
en esa vieja historia de amor entre Alice y Micha.
En Hermann hay destellos de Virginia
Woolf, de Ingeborg Bachmann o de Alice Munro, pero es, al mismo tiempo, “muy
personal”. Produce inesperados aciertos, sorpresas eficaces. (De verdad que la
mujer viuda que empaqueta los objetos de su marido para la Cruz Roja podría ser
un personaje de Munro). Todas las historias del libro “Alice” son un ejercicio
sobre la perplejidad de la pérdida.
Logradas son las mezclas de pasado y
futuro. Otras edades, otro tiempo. Los signos que se intercambian entre los
textos. El fértil experimento de volver ancianos a los personajes de Alice y
Raymond en el último cuento, donde exhibe un narrar sabio y reposado.
(2)
Quizá la gran experiencia de fondo en
la lectura de esta autora berlinesa consista en ese permitir asomarnos sin
ruido a una serie de vidas cotidianas y en percibir los detalles sutiles de lo
que nos ofrece. Ella no obstaculiza, no es ella
la que se presenta y vive delante de nosotros, sino sus personajes. Describe
con maestría un tipo de pareja muy alemana, pero también muy europea-contemporánea
y extendida en el mundo occidental: hombres y mujeres que conviven de uno u
otro modo, a los que ella acerca su “cámara”. Por mucho amor que haya entre
ellos, por mucha intimidad o distancia corta, son siempre entidades separadas,
incomunicables, en lo más íntimo de su ser. Pienso ahora en las historias de la
colección Sommerhaus später y
recuerdo, por ejemplo, la frialdad y pasividad extrema del amante medio ruso (y
medio pisciforme) de esa gran historia que es Rote Korallen. Como pienso en lo que, simultáneamente, sucede y no
sucede en esa isla de Hurrikan. Con
esa manera de ser tan geistesabwesend,
tan ausente en espíritu, de Christine en este relato. Porque hay una irrealidad
de fondo en todo lo que sucede en privado. De ahí que la mujer de Corales rojos
perciba cómo “Die Tage waren still und wie unter dem Wasser” (Los días
transcurrían tranquilos y como bajo el agua”) Pero, por encima de todo, el
MAGISTRAL cuento Sonja: esa criatura misteriosa y delicada (y desconocida del
todo), que está y no está, al mismo tiempo, en la vida del pintor berlinés
protagonista desde el primer momento en que se encuentran y conocen en el ICE (tren de alta velocidad), regresando
ambos de Hamburgo a Berlín. Una vez que se tratan, la atractiva pero extraña
Sonja (y la mera posibilidad de una vida futura en común) llega a inspirarle
miedo, miedo de una persona reservada que no habla apenas, que no quiere
quedarse a dormir con él, que lo mira con grandes ojos admirados en su estudio
de pintor, pero que, de algún modo, no se deja querer, o no del todo.
A veces
Hermann nos habla de mujeres jóvenes desvalidas (como en Ende von Etwas/ Final de algo) a las que les cuesta aceptar los achaques
de salud y la crueldad de una abuela en el tramo final de su vida, una abuela
que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. La historia nos llega desde una
cafetería donde la protagonista se la confía a un buen amigo.
En otras ocasiones la incapacidad
real de quererse y comunicarse, o el estado helado, errante y vulnerable en el
que uno queda tras la separación, se presenta al hilo del mundo superficial y
salvaje de las fiestas nocturnas del mundo cultural berlinés, entre drogas de
diseño, alcohol y sexo rápido. Es el caso de Bali-Frau, la mujer de Bali. La protagonista desea, pero ya no
puede, recuperar su relación anterior. Se deja llevar a una de esas fiestas, y,
el hecho de conocer a otros, dejarse llevar hacia una nueva relación, es algo
que uno ya haría casi sólo como autómata o fantasma. La irrealidad y el frío
recorren este hermoso y desesperado relato.
Grande y poderosa también la historia
de ese hotel-residencia de ancianos en Hunter Tompson Musik, con la compasión
tardía e ineficaz por el anciano solitario de uno de los apartamentos, pues los
muros del tiempo, la distancia con la muchacha joven, es del todo imposible de
salvar o recorrer. Hermann nos presenta todo el micromundo de ese hotel
neoyorkino venido a menos, la dialéctica feroz entre los huéspedes que lo
habitan. El regalo imposible, la comunicación imposible entre dos generaciones
tan alejadas como el anciano y la chica joven, la sensación de él de haber
quedado fuera de juego, como también le ocurre a su viejo amigo Lenny de la
tienda, con sus objetos y electrodomésticos anticuados, detenidos en otro
tiempo, que nadie ya busca (“Ich sitze hier nur noch. Ich verkaufe nichts mehr”
(Tan sólo me siento y ya no vendo nada). Cuánta intensidad en ese final, con la
espera y el “legado” del anciano a la joven en forma de viejos casetes
favoritos y una puerta entre ambos, infranqueable, hecha de lejanía y con todo
el grosor de montañas y toneladas de tiempo.
Esa misma intensidad la encontramos en la relación de la
mujer y el taxista Stein, en el cuento que da título
a la colección. Ella, su viejo amor, arrastrada (física y emocionalmente) por la agresividad y locura del
hombre (pero también por su poesía, por su fijación amorosa casi infantil). De
nuevo el invierno del corazón, el frío del exterior y del interior. Porque, tal
como se dice en el cuento Dieseits der
Oder: “En el recuerdo siempre el invierno” (In der Erinnerung immer
Winter). Dentro de ese frío también se guarda el secreto. Por eso todo el
tiempo te preguntas qué fue lo que le había hecho Anna a Koberling en el pasado,
cuál fue el origen de su trastorno, de su desinterés y casi odio, cuando ella
se presenta de visita en la casa de campo por sorpresa quince años después,
como si nada hubiese ocurrido. Porque J. Hermann sabe también bucear en aquello
que hace morbosas las relaciones sentimentales. Ese es –para terminar- el asunto
de Camera Obscura, donde nos coloca ante la fascinación (atracción-repulsión) de
la actriz Marie por un fotógrafo tan influyente y poderoso en el medio cultural,
como diminuto, feo y maltrecho. Pero sobre todo inquietante. Ahí, ser amada
parece equivaler a ser fagocitada por el pequeño monstruo, a dejarse ir hasta
convertirse en víctima del sacrificio.
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Escribir y correr
Agradecido a Javier Morales Ortiz por este interesante artículo en El Asombrario (eldiario.es), donde tiene la amabilidad y la generosidad de mencionarme.
http://elasombrario.com/2013/07/13/corredores-de-fondo/
http://elasombrario.com/2013/07/13/corredores-de-fondo/
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domingo, 23 de junio de 2013
El autor/ La obra
"Por mí no diría nada porque, para empezar, cuando tengo algo que decir, normalmente lo digo por escrito (...) Lo que uno hace, ahí está. Los libros deberían valerse por sí mismos, como sucedió durante siglos. La gente sabía apenas nada de los escritores; ni conocía sus caras". (Javier Marías, en el ABC Cultural del 15 de junio de 2013).
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sábado, 15 de junio de 2013
Panorama
En caso de rodarse una película en torno a las intrigas palaciegas literarias españolas, luchas de facciones, parroquias y bandos, grupitos, géneros, talleres X, Y, Z... escuelas, premios, enanos dándose bastonazos, dentelladas por una parcelita de poder que permita favorecer o zancadillear, tomar decisiones a favor y en contra de este o aquel... sin duda el título apropiado para esa aburrida peli tendría que ser EL PLANETA DE LOS NIMIOS
viernes, 14 de junio de 2013
La "Hannah Arendt" de Margarethe von Trotta
Ayer por la tarde me "escapé" al 15º Festival de cine alemán, para ver en el Palafox la película "Hannah Arendt", de Margarethe von Trotta. Tenía dudas acerca de sí quería o no ir a este estreno. Tengo mi propia imagen de Arendt desde los tiempos en los que leía y estudiaba sus obras en la Facultad de Filosofía. Me daba un poco de miedo saber qué clase de película se podía hacer acerca de una pensadora tan monumental. Mereció la pena. Más allá de la excelente actuación de Barbara Sukowa (otra de las musas de Fassbinder, como Schygulla o la propia directora, Margarethe von Trotta), creo que el ángulo era el correcto: en lugar de contar "biográficamente" la vida de Hannah Arendt, se eligen esos años del juicio de Eichmann en Jesusalén -al que la filósofa asiste-, sus artículos peligrosamente polémicos en New Yorker, su círculo de amistades y enemistades neoyorkinas y algunos medidos saltos atrás para dar cuenta de su relación con Heidegger (en los tiempos en que él era su profesor en Alemania, y también tras la guerra, cuando el filósofo ya es anciano y ella lo visita). El asunto de "la banalidad del mal", el asunto de qué ocurre si los seres humanos corrientes renuncian a pensar (a su conciencia y a su "razonamiento moral") y obedecen sólo la ley imperante o las medidas de sistema, recorre toda la película, que a mí me pareció extraordinaria.
miércoles, 5 de junio de 2013
"No es cuento". Marcelo Luján
Descubro la nuevo editorial Unomasuno con uno de sus títulos, "Charco negro", que lleva por subtítulo Relatos de las dos orillas. Se trata de veinte textos "policiales" de autores argentinos y españoles... Lo que quería en realidad contar es que acabo de leer la pieza de MARCELO LUJÁN, de quien había leído y reseñado sólo su espléndida/bárbara novela "Moravia". Cuánto partido y qué aire negro le saca Marcelo a ese encuentro casual en un bar del Barrio de Salamanca con una tipa bastante pirada, de nombre Gloria. El título del relato es "No es cuento" y otro de sus logros es esa capacidad que tiene el autor para tomarse a sí mismo bastante en broma una vez que se ha convertido en personaje que se ve arrastrado por una inesperada corriente
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Literatura y vida literaria
Enrique Vila-Matas en una entrevista de Bruno Villar en Letras Libres: "Mis escritores favoritos son aquellos que hicieron de la escritura un destino... aquellos para los que la vida apenas era concebible fuera de la literatura, que hicieron con sus vidas literatura; cosa que, conviene recordar, está en las antípodas de la vida literaria (...) Durante mucho tiempo no entendía nada de la vida gracias a que estaba metido en ella... Cuando me retiré de la vida literaria (la vida social con los otros escritores y los editores y todo eso) entendí demasiado bien la vida y también la suerte de poder escribir sobre ella sin tener que ir a un cóctel"
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miércoles, 22 de mayo de 2013
Acerca de la monumental "Stoner", de John Williams
Acostumbrados
a ver desfilar ante nuestros ojos una sucesión de libros olvidables,
pre-fabricados como cócteles de temas y asuntos variados capaces de “encontrar
su público”, hay editoriales “modestas” que se toman la molestia de rescatar
grandes novelas de la literatura contemporánea en las que uno (re)encuentra la
sobriedad y la honestidad de la gran literatura. Es el caso de la editorial
Baile del Sol y su apuesta por el Stoner
de John Williams. Casi por fe en las informaciones de solapa debe uno creer que
esta novela tan hipermoderna se publicara allá por 1965 en los Estados
Unidos y que John Williams (1922-1994)
sea ya un autor fallecido. Algo semejante nos ocurre con la lectura de otro
escritor clásico norteamericano, Bernard Malamud. Tal vez John Williams viviera
como escribía, con humildad, sin
aparente ruido y sacando adelante obras grandiosas y monumentales como Stoner, en la que la esforzada y digna existencia
de un profesor universitario de la Universidad de Missouri, un hombre procedente del
campo, que progresa en la vida pero hace un mal matrimonio, es casi el único
tema de la narración. Cuánto y de qué forma nos cuenta, sin embargo, John
Williams desde ese microcosmos y a partir de una sólo aparente y engañosa sencillez.
Inicialmente, los acontecimientos se van encadenando en la vida de Stoner casi dentro
de la irrealidad y sin concurso de sus decisiones, o sólo con breves instantes
de iluminación que parecen revelaciones. Una de ellas, en su tiempo de
estudiante, coincidir con el profesor/mentor Archer Sloane. Un soneto de
Shakespeare puede atravesar trescientos años y abrir las puertas de la
percepción de quien fuera un humilde y reservado niño de granja, que trabajaba,
literalmente, hasta caer rendido. El mundo ya no será, para él, el mismo. El
gran tema de Stoner es la aceptación
consciente y estoica del destino. Sorprende esa especie de “santidad” laica que
hay en el personaje, su búsqueda de equilibrio a pesar de todos los reveses y
contratiempos familiares y profesionales que padece. Conmueve también la
fortaleza y la superación en el trance de alguien tan aparentemente frágil,
especialmente cuando todo parece confabularse -en todo tiempo- para arrebatarle
lo que más quiere (sus alumnos y clases, su hija Grace, la increíble profesora
Katherine Driscoll –inmenso y definido personaje-). La crueldad de su esposa,
Edith, o el odio implacable del jefe de departamento, Lomax, los horrores de la Primera y Segunda Guerra
mundiales, el mismísimo infierno en el mundo y en casa… pero Stoner está hecho
de una integridad personal mil veces puesta a prueba, y ni siquiera lamenta o
protesta contra su mala fortuna, contra esa “enormidad” (p. 110) que cae sobre
él en repetidas ocasiones. Naturalmente que William Stoner no es un superhéroe,
sino sólo un hombre que puede romperse. De ahí que este sea también un libro
acerca de cómo unas personas trastornan (y hacen infelices) a otras, de modo
consciente o inconsciente. Stoner es, y no es, una dura roca. Los golpes que
recibe y recibimos largo tiempo pueden volvernos ya sólo espectadores pasivos
de las caídas propias y ajenas. El autor no elude la desesperanza y la pregunta
acerca de la falta de fundamento. Pero la recompensa que nos brinda John
Williams -sin moralejas ni moralinas que acompañen o edulcoren lo escrito- es aproximarnos ante lo que es, o debería
ser, un ser humano, o mejor: un Ser Humano.
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martes, 14 de mayo de 2013
De bar en bar con nuestra música
El pasado domingo, en una entrevista de Luis Hidalgo en El País, Manu Chao contaba que ya no quería hacer más discos, ni saber de la industria discográfica, que prefería tocar de bar en bar con su guitarra. "De momento prefiero tocar en bares. Llego a menos gente pero se crean ambientes mágicos. La vida real es fabulosa". Ojalá que los escritores pudiéramos también ir de bar en bar con nuestros textos, estar en la vida real, sin necesidad de nuestras particulares "discográficas". A veces uno lee en público y la gente se emociona, y debe ser lo más cercano a la experiencia directa y mágica de Manu Chao. Pero la nuestra es otra música.
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domingo, 5 de mayo de 2013
Una frase certera
Parece que, a veces, los libros nos hablan justo en el momento preciso. Hace pocos días perdimos a una buena amiga de los tiempos de la Facultad de Filosofía. Leo en una novela del argentino ALAN PAULS, un par de días después, esta frase, que conecta tan bien con la ausencia inexplicable y heladora de quienes nos dejan: "La posibilidad de la supresión, que un segundo antes nos parecía inimaginable. Porque era lo contrario mismo del mundo".
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miércoles, 24 de abril de 2013
Resaca tras el Día del Libro
¿Y si la mejor novela que uno pueda leer en los últimos tiempos, la más intensa y repleta de hallazgos verbales fuera la reciente "La transmigración de los cuerpos" de Yuri Herrera (Ed. Periférica). De ella no he escuchado hablar ayer en los telediarios españoles, donde un marciano de paso creería que la literatura la hacen y representan un tal Zafón, un tal Falcones, una tal María Dueñas... Ya dijo Heidegger, al final de su vida, que sólo un dios puede salvarnos. Y en los últimos tiempos va siendo urgente. Ah... Los "grandes grupos". Pero de la corrupción análoga en muchas de las pequeñas editoriales. Oh sí... esas que "van de limpias" y son proclives a las lecciones morales, puedo hablar un ratito, pero otro día. Que uno va conociendo esos mundillos. Y arrestos -como a los logrados personajes de Yuri Herrera- no me faltan.
jueves, 11 de abril de 2013
Presentación de "29 cadáveres", de Pepe Cervera
Ayer presentamos (Fernando Valls y yo) en la librería Tres Rosas Amarillas el nuevo libro de Pepe Cervera. Pasaron por allí buenos amigos como Inés Mendoza, Ángel Zapata, Manu S. Vicente (Manu Espada), Juan Jacinto Muñoz Rengel, Oscar Esquivias, Miguel Ángel Zapata, Miguel Ángel Arcas, Marcelo Luján, Julio Jurado, mi hermano Alejandro...
| Fernando Valls, Pepe Cervera y Ernesto Calabuig |
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miércoles, 10 de abril de 2013
Ciudad y objetos. Dos extrañezas en palabras de Chejfec
Leo y reseño para El Cultural de El Mundo la última novela del argentino SERGIO CHEJFEC ("La experiencia dramática" Candaya, 2013). Dejo reposar el libro y, al hojearlo ahora, descubro estas dos extrañezas entre mis subrayados. (La primera me hace pensar, no sé por qué, en la aurora de Nueva York de Lorca. La segunda, en seres queridos que ya se marcharon):
Acerca de LA CIUDAD:
"Pero en esta ocasión a Rose se le ocurre pensar que el ruido de la ciudad no parece un rumor sino un gemido. El gemido ambiguo de un individuo, humano o no, que ha enloquecido o está desesperado, pero que sabe disimular el canto, de advertencia o de arrepentimiento, o acaso los dos a la vez, que profiere" (p. 146)
Acerca de los OBJETOS de quienes ya fallecieron:
"Todos estos objetos son pruebas de lo sucedido, pero por algún motivo no testimonian ya la vida de la que provienen" (p. 115)
Acerca de LA CIUDAD:
"Pero en esta ocasión a Rose se le ocurre pensar que el ruido de la ciudad no parece un rumor sino un gemido. El gemido ambiguo de un individuo, humano o no, que ha enloquecido o está desesperado, pero que sabe disimular el canto, de advertencia o de arrepentimiento, o acaso los dos a la vez, que profiere" (p. 146)
Acerca de los OBJETOS de quienes ya fallecieron:
"Todos estos objetos son pruebas de lo sucedido, pero por algún motivo no testimonian ya la vida de la que provienen" (p. 115)
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martes, 26 de marzo de 2013
Palabras que acompañan
Quedé finalista del Premio Ribera del Duero con mis Caminos Anfibios, aunque en última instancia no lo gané. Hay algunas citas que podría llamar "antisufrimiento". Es el consuelo de la literatura que acompaña, incluso, o especialmente, en momentos en que las cosas no salieron como tú esperabas. Palabras que acompañan como aquellas de "En casa", de Marilynne Robinson, donde el padre anciano, pastor religioso, le comenta a ese hijo pródigo que ha regresado a casa después de años y años: "Debes dejar a Dios la decisión de qué mereces. Piensas demasiado en ello, en qué mereces. Creo que una parte del problema está ahí... Nadie se merece nada, bueno o malo. Todo es gracia. Si aceptas eso, quizá puedas tranquilizarte un poco".
viernes, 15 de marzo de 2013
Los relatos de Javier Morales Ortiz: "LISBOA"
Me llega estos días la noticia de que pronto aparecerá un nuevo libro de JAVIER MORALES ORTIZ (Plasencia, 1968), será la novela Pequeñas biografías por encargo. Precisamente esta semana leía yo, con retraso, su colección de relatos Lisboa, publicada en 2011 por la Editora Regional de Extremadura. Se trata de una obra breve, que apenas llega a las cien páginas, compuesta por cinco narraciones:
"Todo lo que sé de William Faulkner", "Reiki", "Fecundación", "Queen" y "Lisboa".
La breve extensión, el ligero formato, podrían contribuir a la falsa impresión de que sea un libro menor, una especie de pincelada de autor para darnos el gusto o la muestra de sus cuentos. Como en este blog no estoy sujeto a las constricciones de mi tarea "oficial" de crítico, diré primero lo que tal vez reservaría, en otro espacio, para las conclusiones: Javier Morales Ortiz es un escritor que no busca ni necesita artificios o préstamos de escuela o taller. Es deliberadamente austero, conciso, pero, sobre todo, auténtico: posee la autenticidad de quien no está pendiente de su insaciable ego de autor, sino de aquello que de verdad es importante: contar historias que merezcan la pena y hacerlo desde el buen ángulo que cada una de ellas requiera.
La breve extensión, el ligero formato, podrían contribuir a la falsa impresión de que sea un libro menor, una especie de pincelada de autor para darnos el gusto o la muestra de sus cuentos. Como en este blog no estoy sujeto a las constricciones de mi tarea "oficial" de crítico, diré primero lo que tal vez reservaría, en otro espacio, para las conclusiones: Javier Morales Ortiz es un escritor que no busca ni necesita artificios o préstamos de escuela o taller. Es deliberadamente austero, conciso, pero, sobre todo, auténtico: posee la autenticidad de quien no está pendiente de su insaciable ego de autor, sino de aquello que de verdad es importante: contar historias que merezcan la pena y hacerlo desde el buen ángulo que cada una de ellas requiera.
Arranca esta colección con la agilidad de género negro de las primeras frases de Todo lo que sé de William Faulkner. Notas de humor e ironía... y pronto estamos envueltos, seducidos, por esta historia de la periodista Laura y el fotógrafo que la acompaña, de nombre !William Faulkner! El autor muestra su talento para la peripecia. Un viaje que parece misión. Estamos en Oviedo, descendemos a las profundidades de unas minas, malestar social, retratos de la injusticia... Se cierne sobre la pareja el destello de un idilio fugaz que parece caer por su propio peso y que es también infidelidad matrimonial de Laura. Disfrutamos de la escritura cuidada, directa, de la eficacia narrativa de Javier Morales Ortiz, de una prosa veloz que casi bordea la precipitación sin que sepamos que quiere hacerlo saltar todo por los aires, porque a menudo en la vida todo salta por los aires y esta historia bien planteada, que empezaba a prometer como el amor de la pareja, ya no podrá ser novela sino relato breve y casi truncado, que ya concluye. Reiki es una historia de verdad hermosa y sabiamente planteada. Conocemos de inicio al protagonista, Jorge. O más bien su situación vital presente: abandonado por Sara y aquejado de vértigos que le hacen la vida bastante imposible. Apreciamos la soltura y la comodidad de un narrador que desgrana con gusto la peripecia. Jorge es una vida dañada, un hombre vacío y sin fuerzas, que busca sanarse: primero la medicina tradicional. Luego el Reiki: la profesora de Reiki con la intimidad que propicia y que el lector agradece: "Jorge pensó en su nuca como en una tierra cuarteada y seca, igual que su corazón, y se convenció de que el calor de las manos de ella atraía una lluvia ligera y constante". El autor nos permite transitar por un texto poético y hermoso, y al tiempo nos enfrenta, casi acostumbra, a la brusquedad de otro corte final, como la vida misma, al paso exacto de la propia vida.
Y hablábamos de vidas dañadas y no son otra cosa Ruth y Manuel, personajes de Fecundación, tercero de los cuentos, ella guionista, él publicista. Desabrida Ruth, con sus imprevisibles, insoportables, injustos, estados de ánimo. El deseo de ser padres como límite lejano que tal vez salve un matrimonio que hace aguas ("No estaban enfadados, pero parecía que cada uno viera en el otro la causa de la derrota"). Porque este es el análisis, la exposición sin adornos ni moralinas, de lo que puede separar a una pareja. Un paisaje nevado final que es metáfora y hiela el alma.
En Queen, una muchacha de servicio peruana y un portero de urbanización residencial, dan pie a que Morales Ortiz nos haga ver su talento para la buena observación sociológica y hasta qué punto es un narrador que quiere y sabe contar teniendo los pies bien asentados sobre la tierra y el mundo contemporáneo. Por eso nos parecerá aún más doloroso un final que deja en evidencia el destello sólo breve, provisional y casi inmerecido de la felicidad. Para algunos la alegría sólo parece posible de modo hilvanado, clandestino, amenazado. De nuevo un corte brusco, el de las vidas y los proyectos truncados. Ese será también el aire de la quinta y última pieza, Lisboa, con ese matrimonio alemán de Walter y Hannah afincados en Madrid y la necesidad de una escapada, la de ella, en auto-stop, buscando Lisboa o una idea de Lisboa, un resquicio de luz, un aire respirable. Como en los otros cuentos, se trata de parejas desgastadas, que ya no se entienden o que se malentienden. La velocidad de los automóviles en la autopista, la velocidad a la que transcurre la propia vida. Confidencias, proyectos. Otro corte seco. El último ya de estas cinco logradas historias.
En Queen, una muchacha de servicio peruana y un portero de urbanización residencial, dan pie a que Morales Ortiz nos haga ver su talento para la buena observación sociológica y hasta qué punto es un narrador que quiere y sabe contar teniendo los pies bien asentados sobre la tierra y el mundo contemporáneo. Por eso nos parecerá aún más doloroso un final que deja en evidencia el destello sólo breve, provisional y casi inmerecido de la felicidad. Para algunos la alegría sólo parece posible de modo hilvanado, clandestino, amenazado. De nuevo un corte brusco, el de las vidas y los proyectos truncados. Ese será también el aire de la quinta y última pieza, Lisboa, con ese matrimonio alemán de Walter y Hannah afincados en Madrid y la necesidad de una escapada, la de ella, en auto-stop, buscando Lisboa o una idea de Lisboa, un resquicio de luz, un aire respirable. Como en los otros cuentos, se trata de parejas desgastadas, que ya no se entienden o que se malentienden. La velocidad de los automóviles en la autopista, la velocidad a la que transcurre la propia vida. Confidencias, proyectos. Otro corte seco. El último ya de estas cinco logradas historias.
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miércoles, 6 de marzo de 2013
Acerca de los libros propios como desafío
| Ilmpark. Weimar |
Sólo desde la conciencia de que puedes y debes superar tus libros anteriores es posible una evolución o un salto de calidad. Y, a la vez, es tan difícil desapegarse de lo ya hecho, abandonarlo. Escribí "Un mortal sin pirueta", luego "Expuestos", ahora "Caminos anfibios"... Con perspectiva veo un progreso, una evolución que me hace mirar con ojos menos benevolentes mis comienzos. "Caminos anfibios" es lo mejor que he escrito y me apego a él pensando que no seré capaz de sacar de mí un futuro libro que lo deje atrás o sea más poderoso. Quizá sea sólo cuestión de tiempo y de un nuevo estado mental que me proporcione una nueva visión de conjunto. Es un paisaje de montañas y de cumbres que has ido lentamente conquistando y llegas arriba feliz, pero desfondado y vacío. Abrazas tu última conquista, te resguardas en ella, te proporciona calor y te cuesta creer que serás capaz de un nuevo y mayor reto. Feliz e infeliz, lleno y vacío, me siento precisamente ahora. Esto debería ser contradictorio o no caber en el mismo cuerpo.
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lunes, 25 de febrero de 2013
El "lugar en el mundo" de los personajes de ficción
Se ha escrito mucho acerca del modo tan peculiar de existencia que tienen los personajes de ficción. Sin existencia real y, al mismo tiempo, cuando resultan logrados, hablamos de ellos y de sus peripecias, elecciones, errores trágicos, maneras de ver el mundo... como si estuviesen entre nosotros y hubieran "tomado cuerpo". Algunos se quedan, de hecho, con nosotros para siempre o pasan como herencia entre generaciones. En el final del relato "El Ruletista", de Mircea Cartarescu, el autor sale por un momento de la historia que cuenta para considerar esta misma cuestión respecto de su protagonista. Cartarescu comenta:
"A pesar del hecho de que era imposible que él existiera, lo cierto es que ha existido. Hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura. Allí las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura (...) Los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo es ´leído´. Aunque jamás consiga besar a su amada, el pastor pintado en una urna griega sabe al menos que la va a contemplar eternamente. Esta es mi apuesta y mi esperanza".
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martes, 19 de febrero de 2013
Teólogos y escritores
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| Bruno Ganz en "El cielo sobre Berlín" de Wim Wenders, 1987 |
Los teólogos inventando ángeles y considerando sus jerarquías, su materia y su forma, su manera de estar-en-el mundo.
Los escritores inventando personajes de ficción. Considerando sus jerarquías, su materia y su forma, su manera de estar-en-el-mundo.
Los escritores inventando personajes de ficción. Considerando sus jerarquías, su materia y su forma, su manera de estar-en-el-mundo.
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domingo, 17 de febrero de 2013
El recorrido de nuestras historias
De Mircea Cartarescu, "Nostalgia":
"Querrías sacudir el corazón del lector, pero, ¿qué hace él? A las tres termina tu libro y a las cuatro empieza con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos". Desolador, y, a la vez, en cierta medida, justo. Salvo que te creas el centro del universo o pienses que tu "gran contar" no es una de las muchas maneras de decir.
"Querrías sacudir el corazón del lector, pero, ¿qué hace él? A las tres termina tu libro y a las cuatro empieza con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos". Desolador, y, a la vez, en cierta medida, justo. Salvo que te creas el centro del universo o pienses que tu "gran contar" no es una de las muchas maneras de decir.
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